sábado, 27 de septiembre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (Alberto Rodríguez, 2014)


 
LA ISLA MINIMA (Alberto Rodríguez, 2014)
 

Sin preámbulos, “La isla mínima” es una gran película, no sólo tiene todo para atraer al público a las salas, sino que, además, cuenta con un trasfondo que engrandece el relato literal y acerca nuestra actualidad a sus orígenes miserables.
 
 
 

Me alegra enormemente que el director haya conseguido un relato tan redondo, unas actuaciones tan convincentes, un clima de inmoralidad e insano como pocos, un espacio tan personal y distinto situado en nuestro sur, y me alegra doblemente, no sólo por disfrutar, como hacía mucho, de una película española de relumbrón, sino por la remontada que supone para Alberto Rodríguez en mi propia escala de valores cinéfilos, porque soy de los que consideran “Grupo 7” un intento fallido de gran película, un conjunto de tópicos rodeado de actores muy limitados en muchos casos, pero es posible que las irregularidades y fallos o esquematismos de “Grupo 7” hayan permitido la grandeza de “La isla mínima”, que en su género, iguala la grandiosidad de otra película precedente de este director, “After”, otro retrato, en esta ocasión generacional, de un país de perdedores nato.
 
 
 

Ya sé que el director reniega públicamente de las comparaciones, odiosas, entre su película y un referente muy cercano como es una de las series del año, “True detective”, pese a que aboga por afirmar que su rodaje es anterior a la serie americana y que su referente más cercano es “Memories for murder”, la excepcional película coreana de Joon-ho Bong, a quien este año la Seminci dedica un espacio especial con sus películas, sus debilidades y con contacto directo con el público y la crítica y del que este año hemos visto otra gran película, “Rompenieves”, yo no puedo olvidar determinadas concomitancias entre la película y la serie, pero ¿sería importante de ser cierto?. Si hay casualidades o espionaje industrial, tan habitual en el mundo del cine, no hay que preocuparse, la serie es muy grande, pero la película también lo es, y ya me repito, con el añadido subliminal de explicarnos de donde proceden muchos de nuestros males sociales y políticos. La ambientación en terrenos pantanosos, una pareja de policías problemática y que no congenia, obligados a colaborar por necesidad, planos aéreos surreales de una belleza enigmática, todo ello se da en las dos producciones, pero en ambas con entidad propia.


 

Una de las debilidades de “Grupo 7” queda perfectamente solventada en “La isla mínima”, no hay ni un pero que poner al elenco de actores, no hay personajes creados a brochazos, no hay malas interpretaciones, nada desentona y todo encaja, y por encima de todo una pareja de actores en estado de gracia, de esas parejas que pasarían a la historia del cine si no se tratara de una película española, un Javier Gutiérrez y un Raúl Arévalo enormes, incandescentes en cada escena, convencidos de encontrarse ante una gran oportunidad que no puede desaprovecharse. Dos personajes que resultan un caramelo para cualquier actor con carácter y con tablas, y los dos las tienen, quizás sin grandes películas en su haber pero una enorme filmografía en ambos casos y un reconocido valor como actor teatral en el caso de Javier tras su paso por Animalario.
 
 
 

No estamos ante una “buddy movie”, ni mucho menos, hay de todo menos compañerismo en esta pareja tan distante, estamos ante dos policías de inicios de los 80, en la Andalucía profunda de las marismas del Guadalquivir, los retratos de Franco y los crucifijos son habituales en los edificios oficiales, en la Guardia Civil y hasta Juzgados, no digamos de los cuarteles, donde el testamento de Franco permaneció colgado de sus paredes durante lustros pese a gobernar el PSOE de González. La opresión del obrero, en este caso del jornalero, el recorte de salarios y jornadas es uno de los decorados que sobrevuelan la historia criminal, algo que nada nos extraña pues es el pan nuestro de cada día, la droga que entra por esa zona tampoco ha sido erradicada pese al transcurso del tiempo, que las fuerzas del orden y las autoridades judiciales teman más al poderoso económico y político que a su conciencia tampoco nos sorprende, es portada de periódico día tras día, y si no es portada de periódico no hay más que darse un paseo por las redes sociales para comprobar qué opinión tiene la ciudadanía de la policía y los jueces cuando hay un político o un empresario por medio.
 
 
 

España pasó de la dictadura a la democracia en una noche, a cambio la meritada reconciliación, la bendita transición pacífica, la renuncia a la ruptura democrática con el pasado, dejó al gusano bien anclado en el corazón de la manzana, y ya se sabe que, tarde o temprano, fruta con bicho termina pudriéndose. No hubo depuración policial, ni militar, ni judicial, la política fue aparente, nada impidió a los representantes del orden viejo seguir en el pedestal cambiando de chaqueta, aquellos que siguieron vociferando las excelencias de la dictadura sí que quedaron como un residuo del pasado, pero aquellos otros que siempre han mandado y van a continuar mandando solamente tuvieron que dar un paso atrás, colocarse en un discreto segundo plano para esperar el momento de volver a reverdecer con más fuerza y morder con más saña el cuello de los que siempre han sido apaleados en tiempos de crisis.
 
 

Esta es la grandeza de “La isla mínima”, colocarse y colocarnos frente al espejo de nuestro pasado reciente, señalarnos con el dedo y decirnos a la cara ¿qué has hecho para que esto fuera un estado democrático? ¿qué responsabilidades has exigido? ¿con qué te has conformado? ¿Fue por miedo o por conveniencia? ¿Te bastaron unas vacaciones y una hipoteca para no pensar ni preguntar de dónde venía tanto lujo y despilfarro? Pues aquí lo tenemos. En la España de los 80 desaparecían chicas jóvenes, en la España del siglo XXI siguen desapareciendo, de vez en cuando aparece la noticia macabra del hallazgo de un cuerpo joven de mujer mutilado, violado, torturado en alguna marisma, río, acequia, mujeres sin nombre y apellido, extranjeras sin papeles o jóvenes olvidadas por sus familias, en todo caso, combustible para que la maquinaria del poderoso funcione y satisfaga sus más abyectas necesidades, y siempre con la complicidad de algún que otro paria que, recogiendo las migajas del vicio del rico, tiene bastante para considerarse afortunado y envidiado en el entorno enfermo por el que se mueve.
 
 

“La isla mínima” es cine negro, de muchos quilates, pero no se dejen engañar por lo externo, buceen en las corrientes internas y en las ocultas, no traten de buscar respuestas a lo evidente, la película se las va a resolver, pregúntense el porqué, el hasta cuándo, y sobre todo, pregúntense qué le pasó al cacique del pueblo cuando las desapariciones fueron esclarecidas, porque en esa pregunta se encuentran la inmensidad de nuestros males.