miércoles, 24 de septiembre de 2014

JERSEY BOYS (Clint Eastwood, 2014)


JERSEY BOYS (Clint Eastwood, 2014)
 

Me asomo con recelo a esta película, mal preámbulo del que nadie tiene la culpa más que yo, pero noto cierto acartonamiento en el cine de Eastwood desde su historia de vida más allá de la muerte, y tras la epopeya rugbística de Pinnear y Mandela, o el cansino biopic de Hoover, uno siente que la chispa que alumbró tantas maravillas se va agotando, y que el artista rueda para sentirse y mantenerse vivo, pero que su bagaje de historias está marchito y que lo que cuenta, o intenta contar, ha dejado de interesarme.
 
 

Y en cuanto empieza la película sientes, no se si como homenaje o como copia, una scorsesiana obsesión de Eastwood por hacer un musical con el material con el que Scorsese se movió en “Uno de los nuestros”, y más allá del guiño cinéfilo, hace la justa gracia. Piensas que qué necesidad puede tener un personaje como Eastwood de embarcarse en una película de encargo sobre un grupo cuya música está en las antípodas estéticas de sus bandas sonoras, y añoras el tratamiento que hizo de Charlie Parker en “Bird”.
 
 

Redunda en un error que ya cometió en “J.Edgar” y es el de utilizar a un mismo actor para contar una historia que se prolonga durante 40 años, sin dudar de las dotes musicales o de baile del actor que encarna a Frankie Valli, sus capacidades actorales son muy limitadas, creyéndose la reencarnación de De Niro en New Jersey, utiliza sus mismos gestos de manos y expresiones faciales durante un buen trozo de película, lo que en, en vez de sintonizar con la historia, te hace recordar y añorar nuevamente las grandes epopeyas de Scorsese, pero es que además no resulta nada creíble enfrentarse con un actor que pasa de los 16 a los 65 años nada más que a costa de maquillaje, maquillaje “cantarín” en el que se aprecia que esa persona no tiene la edad que quiere representar. Hay varios momentos desopilantes en la película, pero aquél en el que el matrimonio de Valli se rompe y se despide de sus hijas es extravagante, en vez de sus hijas parecen sus hermanas mayores, porque la cara del chaval que tenía 16 años sigue siendo la misma que la del hombre cercano a los 40, y así hasta el homenaje final en los 90 en el Hall de la fama, donde cuatro envejecidos cantantes a fuerza de kilos de maquillaje aparentan ancianos de carnaval.
 
 
 

Pero este detalle de mayor o menor importancia, resulta irrelevante si se compara con la inanidad de lo que se cuenta, no es menor el hecho de que productores de la película son el propio Frankie Valli y otro de los miembros del grupo “Four Seasons”, de tal manera que el relato edulcorado por un tipo de música pegadiza no apto para diabéticos funciona exclusivamente como excusa para ofrecer una sucesión de canciones. Ni importa la evolución del grupo (si es que la tuvo musicalmente), ni la psicología de los personajes, simples arquetipos resueltos a brochazos y que son idénticos desde el principio hasta el final de la película. Para contar lo que Eastwood no sabe cómo ofrecer como imágenes, los personajes se dirigen al público como si se tratara de miembros de una tragedia griega, expresando en voz alta las corrientes ocultas o sensaciones personales de cada uno de los miembros del grupo, algo que al principio de la película retrotrae nuevamente al estilo Scorsese, pero que a fuerza de repetirse, se transforma en una solución de muy baja altura. El pretendido héroe es Frankie Valli y toda la obsesión de la película es mostrarle como un resistente que no cayó en las garras de la mafia a la que estaba avocado por origen y residencia.
 
 
 
 

Dos momentos me parecen especialmente brillantes y dignos de Eastwood, el plano ascendente a lo largo de la fachada de un rascacielos lleno de productoras musicales en el que a través de las ventanas vamos apreciando diferentes estilos musicales y diferentes sueños por cumplir, y el apoteosis final en el que todo el reparto coincide en un número musical estilo años 50 por el que desfilan todos y cada uno de los actores, incluido un acartonado Christopher Walken en plan Corleone-Soprano que seguirá frotándose los ojos pensando en el porqué y en el cómo de su actuación.
 
 
 

Es una película más, del montón, que puede verse hasta con cierto agrado, pero de la categoría de vista y fácilmente olvidable, y si, confieso, no te gustan las canciones de los Four seasons, puede convertirse en una tortura de dos horas interminables. Porqué Eastwood opta por retratar esta música en el momento de nacimiento del rock y porqué opta por un estilo de música que, conforme al tipo de público que se ve durante la película, representa lo más conservador del american way of life son cuestiones que me interesaría saber, pero es una pena apreciar que la fuerza de Million Dollar Baby, Sin perdón, Cartas desde Iwo Jima o Mistic River brilla por su ausencia en esta última película del maestro.