sábado, 13 de septiembre de 2014

EL FANTASMA Y LA SEÑORA MUIR (J.L.Mankiewicz, 1947)


 


 

Pero soy real. Estoy aquí porque usted quiere creerlo así. Siga creyendo en mí y seguiré siendo una realidad”. Capitán Daniel Gregg a Lucy Muir
 
 


Creo recordar que era la primera vez que veía a Gene Tierney en pantalla grande, el shock fue inmediato, es posible que ya hubiera visto “Laura” en TV, pero en una sala llena de público, en un estado de emoción intenso, recuperando películas muy difíciles de ver hace 25 años y en pleno festival de Valladolid, el rostro de Gene Tierney invitaba a soñar. Al día siguiente el festival, dentro del ciclo Mankiewicz, proyectó “Dragonwick”, y otra vez pude contemplar esa perfección de rostro y la imposibilidad de eliminar esa imagen en mi memoria de cinéfilo. Aquel ciclo marcó un punto y aparte en mi historia del festival, me permitió conocer a otro de los grandes, Mankiewicz, del que sólo conocía “Eva al desnudo” y quizás, “la condesa descalza” (¿se acuerdan de que estas películas se reestrenaban en las salas periódicamente y los espectadores asistíamos con mayor ansiedad que a los estrenos de turno?), recuerdo haber visto alguna película a pelo, sin saber inglés, por el solo placer de ver algún clásico difícil de reencontrar, y cómo disfruté con Mason en Operación Cicerón, con Cary Grant en People will talk, con Ava y Humphrey en La condesa descalza, con Lawrence Olivier y Michael Caine en La huella, con Kirk Douglas y Henry Fonda en El día de los tramposos, con el Ronald Colman de George Appley, o el Douglas y las tres esposas de Carta a tres esposas………pero si alguien me mienta a Mankiewicz mi primer recuerdo es Gene Tierney.
 


Mankiewicz a la dirección, guión de Mankiewicz con Philipp Dunne, música de Bernard Herrman, fotografía de Charles Lang e interpretada por Gene Tierney, Rex Harrison, George Sanders y Edna Best. Con este plantel parece imposible hacer una mala película, y así es, se trata de una auténtica maravilla de la historia del cine, la sublimación del romanticismo y el amor más allá de la muerte. Dudo que quien lea sobre cine en plataformas digitales no haya visto la película, o no la recuerde, no es posible haber visto esta perfecta maquinaria romántica llena de sentimiento, de deseo insatisfecho, de elegancia, y no recordarla. Lucy Muir es una joven viuda, que no ha conocido el amor verdadero, pero que decide mudarse, abandonar el frío y la ciudad para pasar a vivir en la costa, con las vistas de esas interminables playas británicas, en las que el sol no es lo que predomina, pero si el paisaje y la sensación de libertad, de esa manera podrá separarse de la presencia asfixiante de la cuñada y la suegra, viviendo con apreturas de las rentas de unas acciones dejadas por su marido.
 
 


Hay un tono irónico en el envoltorio de la película, socarrón, con un punto de mala leche benévolo, una condescendencia generalizada hacia la joven y hermosa viuda, una representación de la mujer como un ser necesitado de amparo y que no puede valerse por si sola en un mundo hostil, pero la fuerza de Lucy es la que consigue vencer la resistencia de los demás, su tozudez, que no inconsciencia, la que determine que, por encima de todo, quiere alquilar la casa con fantasma en vez de otras posibilidades, sobre todo porque el precio es muy interesante, aunque con ello tenga que asumir el reto de descubrir lo que el fantasma quiere. El fantasma, Capitán Daniel Gregg, no es otro que un descomunal Rex Harrison, una imagen perfecta de marino, arrogante, faltón, burlón, desconsiderado, y al tiempo, un caballero. La leyenda cuenta que el marino se suicidó en la casa y desde entonces atormenta a los visitantes e impide cualquier intento de venta o alquiler, y así se manifiesta inicialmente ante la visita de Lucy. Sin embargo Lucy decide plantarle cara y conocer las razones de Gregg para comportarse así, y sobre todo luchar, porque es una luchadora, por vivir donde quiere sin imposiciones ni coacciones.
 


Ese es el modo en que Lucy y Gregg entran en contacto y empiezan a conocerse, ambos llegan a un pacto de no agresión, Gregg no quiere incomodar a la dama pero no quiere que la casa se ocupe porque desea que se convierta en una residencia de marinos retirados, además la muerte del marino fue un accidente y no un suicidio romántico o por despecho, circunstancia que no debe conocerse para no acabar con el mito del valiente y alerta capitán. El pacto entre la mujer y el fantasma se concreta en que sólo se aparecerá en el dormitorio donde tendrá que estar colgado su retrato. Comienza así una relación de amistad y camaradería que parte de una primera conversación que ha atraído mutuamente a los dos. La primera aparición del fantasma anticipa que el personaje de Rex Harrison ha quedado impresionado por la belleza de la mujer dormida en el sillón, esa silueta recortada en negro, reflejando sólo la espalda y la cabeza del fantasma que se inclina sobre Lucy advierte que ya no hay intención de comportarse mal con ella, de hecho Lucy no será molestada en su siesta, señal inequívoca de que el fantasma no es tan fiero como le pintan.
 
 


Versión elegante y refinada de “el roce hace el cariño”, Lucy y Gregg comienzan a actuar como una pareja bien avenida, conscientes de que la dimensión espacio-tiempo no juega a su favor, que la corporeidad de una y la extracorporeidad del otro impide pensar en enamoramientos, Gregg intenta convertirse en el guardián de la mujer, en una especie de ángel de la guarda para evitar peligros y riesgos innecesarios, mientras que Lucy necesita vivir, salir de las paredes de la mansión y disfrutar de la vida, así conoce, o es cortejada, por un pintor aficionado, literato infantil interpretado a la perfección por George Sanders. El fantasma es celoso, pero respeta la decisión de la mujer, ¿qué puede ofrecer a cambio para que reconsidere su intención de casarse? ¿cómo convencer a Lucy de que su consejo no es sólo fruto de la envidia y los celos sino de la experiencia y el propio conocimiento del género humano?
 


Daniel, me parece que nos hemos metido en un lio tremendo,ésta es la confesión de Lucy cuando es evidente que entre ambos existe una connivencia más allá de la de unos simples conocidos, pero ese ambiente de sinceridad y complicidad no es más real ni más asible que un paisaje rodeado de niebla, o tan sutil como el movimiento de una cortina movida por el aire o por el paso del fantasma cuando desaparece, la vida real exige arriesgarse y probar con ese nuevo hombre que no sabemos si sólo busca saciar su apetito sexual o si realmente quiere a Lucy.
 


Para aprender perder, el riesgo se transforma en decepción con la persona del petrimete encarnado por George Sanders, pagado de si mismo, fatuo y meloso, pero conocedor del punto débil de Lucy, que no es otro que la soledad y no haber conocido el amor ni tan siquiera cuando estuvo casada. El papel de Sanders recuerda, no muy lejanamente, a los que encarnó después en Eva al desnudo o en Viaggio in Italia, ese punto de petulancia y soberbia que en las películas provocaba su soledad y hasta su desprecio, y que en la vida real determinó su suicidio, solo y alcoholizado en un hotel de Casteldefells. La decepción amorosa de Lucy, engañada, como tantas otras por el escritor de cuentos infantiles que representa Sanders, provoca su refugio y encierro definitivo en la casa costera.
”.

 

 
A partir de aquí el romanticismo de la película se desboca, Lucy desea la reaparición del fantasma, necesita algo más que el recuerdo de sus conversaciones, recuerdo que viene empañado por la duda sobre si fue realidad o sueño, algo que resuelve su hija al reconocer que aquel primer año de estancia en la casa hablaba con el capitán (papel interpretado, el de la niña, por la incipiente Natalie Word). El fantasma decidió abandonar sus apariciones, respetar la decisión de Lucy y desaparecer del lugar, fue la última renuncia del capitán para no interferir en la vida real de Lucy, el deseo de Lucy no se materializa, esperar a las 4 de la tarde, sentarse en el sillón, cubrirse con la manta y mirar al ventanal que da sobre el mar no será suficiente para que aquella aparición se repita, ni mucho menos. El tiempo del hombre no es el del fantasma y Lucy tendrá que contentarse con el recuerdo del capitán. Probablemente ese recuerdo se magnificará, se idealizará, como una relación mantenida en la distancia y nunca consumada, como ese enamoramiento prolongado que ni avanza ni retrocede hasta que se rompe definitivamente. Lucy sabe que, en otro tiempo y lugar, Gregg hubiera sido el hombre de su vida, o lo intuye. El brillo en la mirada de ambos, cómo Lucy se arregla cada día sin esperar visitas ni tener que salir de casa porque tiene su cita interna diaria con el capitán, las conversaciones amistosas llenas de confianza y confidencia en las que el capitán relata su vida para que Lucy pueda vender un libro que garantice su estabilidad económica, algo que no es sino una forma de que Lucy conozca al capitán y su forma de ser, la ironía del capitán sabedor de que muchos de sus comentarios van a sonrojar a la mujer recatada no son sino un flirteo imposible, un romance arriesgado por la imposibilidad de ser satisfactorio.
 
 


Una vez que el fantasma desaparece y Lucy vuelve a su retiro, la película avanza rapidísimamente hacia su desenlace, 30 ó 40 años de vida se llenan en apenas 10 minutos, un maquillaje espléndido avejenta a Lucy hasta el momento previo a su muerte. En entonces, en el famoso sillón, con una manta sobre las rodillas y en el momento de fallecer Lucy cuando Gregg regresa, ahora sí, da lo mismo dónde y en qué dimensión se produzca, ahora si que son iguales, ahora si que el amor triunfa, un poco tarde, pero esa mano fuerte y vigorosa que, con delicadeza agarra al espíritu de Lucy, transforma la tragedia de una muerte en el goce definitivo de una pareja que, por fín, se encuentra y puede tocarse y besarse.
 
 


Fantasía, humor, inteligencia, refinamiento, elegancia, clase, amor, romanticismo, vida, una película espléndida en la que la Sra. Muir triunfa, su valentía le proporciona instantes de satisfacción que, de otra manera, no hubiera tenido, la valentía de quien siente miedo y sabe a lo que se expone, pero que quiere vivir.
 


¡Cómo te hubiera gustado el Cabo Norte! ¡Y los fiordos al sol de medianoche! ¡Cruzar los arrecifes de Barbados donde el agua azul se vuelve verde! ¡Las Falkland, donde la galerna del sur hace que el mar se ponga blanco de espuma! ¡Cuántas cosas nos perdimos, Lucy! ¡Cuántas cosas nos perdimos!... Adiós, mi amor.”