sábado, 9 de agosto de 2014

NYMPHOMANIAC, VOLUMEN 2 (Lars von Trier, 2013)


 
La síntesis alma-cuerpo está proyectada en todo hombre hacia el espíritu; tal es el edificio humano. El hombre, sin embargo, prefiere permanecer en su sótano, es decir, prefiere seguir dominado por la sensualidad.

 S. Kierkegaard, La enfermedad mortal
  


Con ocasión del comentario sobre la primera entrega de esta película ya expresé mi desagrado por la forma de exhibir la historia, eminentemente lastrada por incontestables razones industriales, el hecho de hacer un troceo de la historia no sólo rompe la necesaria unidad de acto de una obra artística, provocando lagunas o vacíos generados por la pérdida de memoria entre la visión de la primera y segunda parte, sino que influye necesariamente en la valoración de la película como un todo global porque ya no coinciden las componentes subjetivas con  las que uno mismo afronta cada parte, eso que era un “prejuicio”, una valoración apriorística pensada desde la experiencia, se confirma tras visionar la segunda entrega de lo que no es más que un coito interrumpido sin justificación, salvo la negativa de la industria a asumir un resultado negativo en taquilla por exhibir una película de 4 horas, o la pretendida versión final que amenaza desde hace tiempo con difundir el propio director con una hora más.
 
 


Sí que existe una unidad temática, un discurso coherente y una finalidad en las 4 horas completas de película, pero ¿para este camino se necesitaban tantas alforjas? La pregunta es obligada y la respuesta es incierta, ¿hay que ser muy danés para comprender el mensaje o es todo mucho más simple pese a la apabullante propuesta? ¿hay que tener un poso de educación luterano-calvinista para alcanzar todos los recovecos, que no parecen tales, en la obra? Y es que analizando la globalidad de la película la conclusión primera es que, lo que se ha publicitado como una historia sobre el sexo femenino, o de una mujer, o sobre las distorsiones vitales que provoca el sexo, no deja de ser una película de alcance religioso, mitad mística, mitad onanista, dispuesta a empequeñecerte desde el bombardeo de erudición impostada y lanzada con vocación de abrumar como si quien la recibe aprendiera algo, en vez de demostrar que el conocimiento expuesto debe estar dirigido a un fin, y no a usar el relato para provocar la aparición forzada de datos científicos. Viendo esta denominada como componente de la trilogía de la depresión (como si alguna película de Trier nadara en la abundancia de felicidad o en el optimismo desaforado) he sentido lo mismo que leyendo “El péndulo de Foucault” de Eco, el autor como dominador y dispuesto a todo para que el espectador, o el lector, se pierda por el camino.
 


Al final, la historia de Joe ( interpretada con solvencia y naturalidad por Stacey Martin y más forzadamente por Charlotte Gainsbourg) se resume en culpa, pecado y expiación, o en intento de expiación por un pecado que no es tal sino en la mente de la protagonista,  un relato en el que, como en unas mil y una noches modernizadas, el personaje de Joe cuenta a Seligman (Stellan Skarsgard) a lo largo de una larga noche, todo un largo catálogo de experiencias sexuales en un intento de ser escuchada y obtener el perdón por ser como es, y esa historia que va perdiendo frescura e interés conforme avanza, también va desinflando los diálogos ingeniosos y contrapuestos entre narradora y analista. En la búsqueda del placer perdido con el sexo, Joe va superando etapas que no provocan excitación alguna en el espectador, al tiempo que ella va sufriendo por su anosgarmia. Tampoco esto queda muy bien resuelto por el director porque su búsqueda de sexo compulsiva no está huérfana de satisfacción, o eso es lo que vemos durante la primera parte, y sin embargo, al comienzo de la segunda parte nuestro personaje principal hace una revelación que trastoca gran parte de lo visto anteriormente y hace dudar de la verdad de lo que se cuenta. Joe habla de un orgasmo espontáneo a los 12 años que vive como una especie de revelación mística con levitación a lo Teresa de Jesús. Escena que, si no fuera von Trier, rozaría la vergüenza ajena en relación con el conjunto, iconografía mística que Seligman interpreta desde la blasfemia y desde la interpretación histórica de los verdaderos personajes que Joe vió en ese momento, ni más ni menos que Mesalina y la puta de Babilonia, que parecen ser las ángeles de la guarda que esperaban a Joe en su madurez, de tal manera que el personaje de Joe aparece marcado, desde su adolescencia, por la idea de la suciedad y perversión que genera el sexo.



 
 
 
La vida de Joe parece conducirse hacia la búsqueda de ese árbol del alma que le haga entender cómo es ella misma siguiendo las enseñanzas de su padre, y hasta encontrar (bella imagen, por cierto) su árbol, viejo, torcido, deforme, solitario y aislado por un vacío a su alrededor, su búsqueda sexual se irá haciendo más depravada, más sórdida, más brutal. Desde la inocente colegiala, la joven promiscua y provocadora, la mujer casada con nihil obstat marital (de boquilla) para buscar amantes que satisfagan sus necesidades, la nueva Justine o la nueva Venus de las pieles, el final de la película aparenta pérdida absoluta del discurso, ausencia de coherencia con todo lo anterior, desvío absoluto de la mirada sin explicación. Si Trier pretende ser feminista equivoca el disparo, si quiere ser reivindicativo de la sexualidad libre obviamente no lo consigue pues para Joe se convierte en esclavitud, y al final, en violencia, mensaje claramente ultramontano y desquiciante. En ocasiones se vende el comportamiento de Joe como ninfómana en el sentido convencional del término, el del propio diccionario, la búsqueda y consecución del placer que termina convirtiendo al sexo en obsesión pero no por no conseguir placer, sino por no poder dejar de sentirlo, pero en otras se vende como exceso sexual porque no consigue llegar al orgasmo identificando placer sexual y orgasmo, y al final, se olvida de ese “pequeño” detalle porque recuperando Joe el orgasmo ya no sabemos porqué sigue buscando experiencias más allá de la violencia que, al final, es la que proporciona el verdadero placer. Lo más perturbador, sin duda, es esa relación que von Trier establece entre sexo y violencia, y es tanto más perturbadora porque todo el largo final se desarrolla en esa dualidad hermanada.



Empezar follando con un mecánico de motos y terminar queriendo asesinar no parece obedecer a un discurso muy razonado o muy lógico, es obvio que la mente humana carece de lógica la mayor parte de las veces, pero afirmar que tras cuatro horas de proyección, el director se ha perdido por las ramas y ha dejado pasar la ocasión de explicar mejor lo que pretendía es muestra del error de la propuesta. Quedan tantas incógnitas por resolver al final de la historia, resulta tan exagerado e impostado el final, tan vergonzante que la última humillación la reciba de una mujer que no deja de ser su sucesora, como si Joe se transformara en el ángel caído abandonado por el sumo sacerdote del mal, que recomendaría al espectador que se limitara a ver el primer volumen y guardar el buen recuerdo que deja con el paso del tiempo la presentación de la neura de Joe y sus primeras andanzas sexuales, porque al final, el segundo volumen va a provocar una especie de insatisfacción que se vuelve contra el conjunto de la obra.
 
 

Y podrá afirmarse, sin negar lo anterior, que la película contiene pasajes sobresalientes (la inmensa mayoría en el primer y prometedor volumen), que la imagen tiene la fuerza propia del director y su sello personal, que la oscuridad va adueñándose del relato conforme avanza la noche y empieza el amanecer, que el final de la historia vuelve al inicio y cierra el círculo, pero la fábula moralista que concluye con un final de opereta arremete de manera indigna e injusta contra el personaje de Seligman, que termina apareciendo como representante de los “hombres” como género, frente a la Joe femenina, y es que el colofón que von Trier parece querer vender “todos los hombres son iguales”, por su reduccionismo y generalización choca frontalmente con la individualidad y especificidad del personaje de Joe, lo que había sido un diálogo entre iguales, por mor de cerrar el relato, Trier lo transforma en simpleza absoluta. Frente a la brillantez con la que en la primera parte une la música de Bach con el acto sexual en función del amante que acompaña a Joe, ese final con fundido a negro para demostrarnos que a Joe sólo le queda la oscuridad, la soledad y la ausencia de compañía no es el final que merecía una historia compleja, de presentación interesante y profundas ramificaciones psicológicas, pero artificialmente alargada, insuficientemente explicada, y perdiéndose por las ramas sin atacar la raíz no duda, en el colmo del egocentrismo, usar su propio cine como referencia plagiándose a si mismo tomando como base “Anticristo”, puede ser el fino sentido del humor de Trier, pero realmente, a mi ni (con perdón) puta gracia me hace esa autoreferencia ¿paródica? ni la escena del trío con los dos negros.
 
 
 

Vistas las dos partes también reafirmo la opinión que tuve con la primera, ahora multiplicado por dos,  el craso error de casting incrementa la decadencia de la segunda parte provocada por la presencia en bastantes escenas de dos actores que no han nacido para interpretar a los personajes de Trier, los dos muy blanditos y nada dotados para actuar como “deus ex machina” del comportamiento de Joe en sus respectivos capítulos, Shia Laboeuf y Jaime Bell.
 
 


“Físicamente, como mujer, ella me odia, como mujer espiritual me teme, pero en su mente debe amarme. Yo mismo provoqué esa lucha en su alma. Mi altivez, mi desdén, mi despiadada ironía la atraen, pero no al amor, porque aún no alimenta ese sentimiento y menos hacia mí. Conmigo preferiría luchar; y me envidia la orgullosa independencia frente a los hombres, la arrogante independencia, ¡la libertad del árabe del desierto!” Kierkegaard, Diario de un seductor.