domingo, 31 de agosto de 2014

NIÑAS (Gonzalo García Pelayo, 2014)


 
La edad de la inocencia.



Místicamente profana, religiosamente atea, maduramente inocente, musicalmente silente……..”Niñas” alcanza la profundidad desde la sencillez inatacable de su factura y de su concepción. Cine hecho en familia con un propósito universal, hablar de categorías sin dictar sentencias, dejar a los personajes que se expresen con absoluta libertad para llegar a lo esencial, al absoluto respeto por la femeneidad y por lo femenino.

 

No hay dos películas de Gonzalo iguales, aunque ésta aparente ser la menos “igual” de todas ellas. Partiendo de una aparente improvisación, una cámara grabando conversaciones espontáneas de un grupo de niñas, todas ellas emparentadas entre sí, la improvisación no es tal porque existe un propósito narrativo claro conseguido a la perfección, mostrar a la mujer en todas sus fases de la vida, la infancia, la adolescencia, la juventud, la madurez y hasta la cercanía de la vejez. Descubrimientos, aficiones, anécdotas, primeros amores, esperanzas, anhelos e instintos van apareciendo en los personajes.

 
 

El naturalismo de la propuesta es patente, basta una cámara, un primer plano y una niña en su espontaneidad. Olvidando la presencia de la cámara y el equipo de rodaje, las niñas entran en diálogo permanente con las artes, las propias y las aprendidas, el juego como aprendizaje y socialización, la enseñanza como educación y forma de potenciar las habilidades y las inquietudes, las hermanas y primas pequeñas aprendiendo de las mayores, las jóvenes de las maduras, las maduras escuchando a las abuelas, todo es aprendizaje continuo.

 

Cuando digo que es la “menos igual” de las películas de Gonzalo lo digo desde el elogio a quien es capaz de cambiar de registro y hasta de lenguaje con tanta facilidad, de eliminar cualquier pesimismo en la narración, de evitar la mala leche o el humor ácido, de obviar la realidad que nos rodea para centrarse en la esencia de la persona. Optando por el lado humanista del individuo como persona buena, naturalmente alegre y vital, alejado del perfil lockiano o hobbesiano que tanto tenemos que sufrir y aceptar como inevitable, Gonzalo destina la película a reflejar que existe inocencia, que existe solidaridad, que existe sociedad, que la familia es un núcleo irrepetible y puede funcionar sin fisuras.

 

Para todos el recuerdo de los veranos de infancia suele ser excepcional, nunca fueron tan largos ni tan divertidos, nunca tan compartidos ni excitantes, nunca tan inabordables ni tan deseados. Y el recuerdo de esos veranos lo plasma la película en un verano eterno, si comprobamos la presunta duración del relato y la estación en que éste se desarrolla, la edad del verano es perpetua, la edad del buen recuerdo, de las puestas de sol, de los parques disfrutables, de las mañanas agradables, de los juegos en la calle, el verano y la infancia, hasta los recuerdos de las niñas se refieren muchas veces al mar, a los cangrejos, a las flores, a los barcos, el momento de los juegos y de generar recuerdos, a ambientes cálidos y de vacaciones, no estamos en momento de obligaciones ni cargas.

 

Y sin diálogos escritos ni memorizadosel resultado de “Niñas” es totalmente poético, evocador, fragante, libérrimo, dice la R.A.E. que la poesía es la manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, quizás una visión muy limitada de lo que realmente es poesía, pero también admite la acepción de poesía como idealidad, lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza, manifiesta o no por medio del lenguaje, y es en este lenguaje fílmico absolutamente dominado por el director, complementado por la labor perfecta de fotografía de José Enrique Izquierdo, donde el lirismo y el sentimiento hondo de belleza alcanza su máximo esplendor, porque en el reconocimiento a las etapas de la mujer, la belleza es permanente expresión poética en la película, la belleza de un rostro, de una mirada, de un cuerpo, de una risa, de una música, de una ventana, de una puesta de sol, de un baile o de una representación teatral con Fedra como protagonista.

 

Hay una conseguida captación del espíritu inocente de la infancia, en este caso de las niñas, su capacidad de sorpresa, de fabulación, de imaginación, de mirada limpia y sonrisa franca. El uso del primer plano y esas caras expresivas de las niñas consiguen hacerte pensar en lo que eras y en lo que te has convertido, en como todo se contamina con el paso del tiempo, y Gonzalo lo advierte en uno de esos momentos de ruptura que engrandecen el relato, el cambio que se va a producir en esa niña se anuncia tapando su historia con una voz en off, el cambio que llegará con su crecimiento, en su madurez, pero siempre desde el respeto optimista a la grandeza de la mujer, ahí donde la película entronca con algo mítico y casi sacerdotal, la gracia que García-Pelayo reconoce en la mujer, que se entiende por su capacidad creadora, como transmitente de culturas y valores. Hay mucha nostalgia en el contenido de tanta alegría y tanto juego infantil, hay una mirada vieja y sabia retratando lo sencillo, hay un aviso de cómo todo se desarrollará, nada volverá a ser igual que ese momento, pero todos podremos disfrutar de él con las nuevas generaciones.

 

La película va encaminada a un encuentro final atemporal, el del instinto y el de la naturaleza, el ciclo que continúa tras un baile desgarrado, potente, hasta desesperado de una mujer que representa a todo el género (a cargo de Vanessa García Pelayo, ya he dicho que la película es un ejemplo de trabajo en familia), una moderna Fedra destinada a seducir y ser seducida para que el mundo no se pare. Las niñas, apenas asomadas al balcón, aprenden de las generaciones que les preceden, el juego y el divertimento adquieren así, un alcance iniciático, los misterios de la vida al descubierto, como antes han aprendido a bailar sevillanas en una fiesta familiar, todo es enseñar y aprender, y todo en manos de mujeres.

 

Que la fotografía es un logro de la película es algo que salta a la vista, la nitidez, la calidez, el primer plano como reflejo de que nada hay que ocultar en el rostro de esas niñas, plano que se abre y toma más distancia en los personajes de más edad, maliciados por la experiencia su mirada no pued , ni debe, ser tan limpia. Ocultarse bajo una sábana que hace de tienda de campaña, iluminadas por una linterna, el mito de la caverna, las musas de las artes, la plasmación de la música, la pintura, la literatura oral, el cine, la arquitectura, el diseño de la naturaleza, todas las manifestaciones corresponden a esas niñas cuya expresión es captada en imágenes y luz de manera ejemplar.

 

Y una película breve e intensa, en otro giro argumental, se atreve a introducir una película dentro de la película. Un corto que, rodado antes que la propia película por otro miembro de la familia, juega su papel presentando la realidad de la mujer en su juventud, el inicio de la atracción sexual y las primeras decepciones, el círculo que hay que romper para no perder la libertad.

 

La música compone otro personaje esencial en la historia, la música aporta un elemento sobrenatural y extrasensorial a la película, el choque entre imagen y música alcanza tal profundidad en ocasiones que produce la sensación de incorporeidad, de misticismo acompañando el desarrollo de las niñas, o el silencio, como en esa preciosa escena de yoga en un parque madrileño, con una joven madre rodeada de niñas que observan a dos primas ejercitándose, la belleza serena de la maternidad, como la de la tía embarazada con su pequeña hija a cuestas, aprendiendo sin parar, una de la otra, todo hay que decirlo.

 

Que el leit motiv que más se repita sea un pasaje del “Stabat mater” de Bononcini refuerza la idea de que estamos ante una película que glosa la maternidad, en este caso excluyendo esa idea trágica de todo “stábat mater”, pues la cita religiosa continua con un “dolorosa”, mientras que aquí asistimos a la felicidad de la maternidad y a la transmisión, no sólo de la vida, sino de la capacidad para disfrutarla. También suenan músicas de Weber, de Scarlatti, de Verdi en la conclusión de la historia, música tradicional balinesa y sevillanas. Al indiscutible dominio y conocimiento musical de García Pelayo se le une su dominio a la hora de insertar la música en las imágenes, proporcionando un valor distinto a lo que se ve o a lo que se oye, el juego infantil puede resultar perturbador si lo que suena de fondo es música contemporánea, o el relato infantil atípico si viene enmarcado con música balinesa, del mismo modo que el misterio envuelve la escena si a un simple apagón le sucede una de las jóvenes cantando un aria de Scarlatti.

 

Poesía en imágenes, una sacralización pagana de la figura de la mujer como sujeto insustituible en la vida de tod@s, no solo por darnos la vida, sino por ser el vehículo transmisor de cómo somos o cómo aprendemos, una obra pequeña y sencilla, tanto, que sorprende por su carga de profundidad humanista, un guiño de esperanza para los que pensamos que todo hace tiempo que está perdido.