miércoles, 6 de agosto de 2014

LOCKE (Steven Knight, 2013)

LOCKE. Contar la verdad sale caro

 

 
¿Y si una noche decidieras hacer lo que debes, cueste lo que cueste? La propuesta formal es arriesgada, un actor, un coche y un trayecto de alrededor de hora y media con el manos libres del coche echando humo, mientras todo lo que creías sólido va desmoronándose. Iván Locke es nuestro protagonista en esta fría, lluviosa y hasta nevada, noche de autopista británica camino de Londres desde Birmingham, pero Iván Locke podría ser la reencarnación de John Locke, el filósofo que situó a la experiencia como fuente de conocimiento, y al tiempo defensor y partícipe de la corriente empírica de la filosofía. A Iván la experiencia de esa noche le va a dar el conocimiento de lo que va a suceder, no valen categorías apriorísticas que le otorguen ventaja y le permitan adivinar lo que ocurrirá o lo que los demás decidirán en función de su decisión personal.
 
 


“Puesto que todo hombre es consciente de sí mismo, de que piensa; y, siendo aquello en que, al pensar, su mente se ocupa de las ideas que están allí, no hay duda de que los hombres tienen en su mente ideas diversas, como aquellas que se expresan por las palabras blancura, dureza, dulzura, pensar, movimiento, hombre, elefante, ejército, embriaguez, etc. Así, pues, lo primero que hay que averiguar es cómo llega a tenerlas”, esto dijo el filósofo, y nuestro conductor nocturno tiene sus ideas, aunque no se pare a pensar cómo las ha generado, lo cierto es que, acomodado en un puesto de trabajo de enorme responsabilidad como jefe de obra de la mayor edificación civil de la historia, la noche anterior al momento más delicado en la fase de construcción, donde toda la responsabilidad recae sobre Locke, éste decide marcharse, ha recibido una llamada en la que una mujer con la que se acostó una fría noche de invierno le anuncia que el embarazo, que ya conocía el propio Locke, ha concluido y el parto se ha adelantado, que está sola y asustada y quiere que alguien la acompañe.
 
 
 


En el trabajo todos esperan que a las 5,30 horas el solvente capataz esté presente para dirigir el vertido de hormigón y cemento, en su casa le esperan su mujer y sus hijos para ver el partido del año, en Londres una mujer desesperada, a la que no ama ni odia porque no conoce, le pide que acuda al hospital. A Locke la situación de esa mujer y ese niño a punto de nacer le toca muy de cerca, él mismo nació sin que su padre quisiera aparecer por el hospital, y quizás sea ésta la parte más débil, más forzada, más impostada, del relato pero también necesaria, porque en las imaginarias conversaciones con el padre odiado mientras conduce, Iván trata de demostrar que no es un Locke más, sino que tiene que asumir sus responsabilidades cuesten lo que cuesten, afrontar la verdad, contar lo sucedido y esperar que todo siga fluyendo con normalidad, justo lo que su padre no se atrevió nunca a hacer, lo que ocurre es que la rotunda veracidad del relato, sin que el protagonista piense en voz alta o una voz en off nos aporte lo que el creador es incapaz de mostrar en imágenes en otras obras, con estas imaginarias conversaciones al vacío la apuesta formal salta por los aires, es evidente que sin ese recurso, malo y hueco, el simple espacio del vehículo en marcha y un teléfono impedía conocer el pasado de Locke, pero ¿realmente era importante el pasado para su decisión? ¿no hubiera quedado mucho más brillante la opción manteniendo en todo momento el diálogo en la realidad de la línea telefónica y en el rostro del actor sin obligarle a mantener esas conversaciones-discusiones con un padre imaginario?



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Obviamente la idea que uno se hace no tiene porqué coincidir con la que los demás se creen, y a partir de la revelación que Locke va haciendo a través del teléfono, sus intentos de que todo se solucione como si sus actos personales o laborales no fueran a provocar una reacción en cadena no son sino la plasmación de esa idea predeterminada por la que siempre pensamos que somos capaces de controlar todo, y Locke se equivoca, porque hará lo que cree que tiene que hacer, que es presentarse en ese hospital, decir a la mujer que ni la quiere ni la va a querer, aceptar que es de nuevo padre de un nuevo hijo, asumir sus responsabilidades como padre y esperar. Lo único que está en su mano es lo que acabo de decir, lo demás, su trabajo, su matrimonio, su futuro, ya no depende de él sino de la idea que los demás se formen sobre Locke, puede haber sido un trabajador formidable y un esposo magnífico, pero “una vez” no es lo  mismo que “nunca”.







 
 

 
Una historia en tiempo real, un actor físicamente en pantalla todo el tiempo y un puñado de voces de enorme credibilidad, un ambiente claustrofóbico que impide a Iván Locke escapar de su destino y una conclusión brillante, los actos producen consecuencias, y no siempre las deseadas ni las queridas. Inmolación de un individuo, prólogo a un renacimiento en el sentido de una  nueva experiencia vital, algo distinto a que vaya a ser mejor o más placentera. Muy recomendable película que, nuevamente, llega con un año de retraso, pasó fuera de concurso por Venecia 2013, un año después, a finales de agosto de 2014, se estrena, o así está programado, en nuestras pantallas, quien todavía no la haya visto tiene su oportunidad.