lunes, 25 de agosto de 2014

LEVIATHAN (Lucien Castaing-Taylor, Verena Paravel, 2012)


 

 ¿Sacarás tu al leviatán con anzuelo,

o con cuerda que le eches en su lengua? Job, 41,1

 


Cine extremadamente físico y extremadamente naturalístico, las entrañas de un barco pesquero en la costa cercana a New Bedford, la cámara tan cerca, y tan lejos, que nunca se tuvo la sensación de ir a bordo como ese plano al inicio de la película, de 6 ó 7 minutos, en el que el barco, en plena noche, iluminado por los focos, suelta las redes y se apresta a recoger el cargamento que emerge de las profundidades, con un balanceo sostenido en el que el trabajo físico se hace doblemente duro, y nuestro propio sentido del equilibrio va mermando hasta sentirnos a disgusto y físicamente afectados, imagen y sonido mezclados para crear vértigo y desazón.
 


“Leviatán” ha sido múltiplemente premiado a lo largo de 2012, 2013 y 2014, ha pasado por decenas de festivales y la crítica especializada ha escrito y narrado maravillas sobre esta película, razón ultrapoderosa para que la distribución piense que una cosa es la taquilla y otra la crítica y los festivales, por lo que conseguir acceder a esta obra es mezcla de suerte y perseverancia, en mi caso de ambas cosas, dos años buscando por las redes hasta encontrar el enlace y poder verla rápidamente antes de que desaparezca, como esos restos de la pesca que son arrojados por la borda o arrastrados por el agua que recorre la cubierta.
 
 


Nunca he ido en barco pesquero ni creo que lo haga, pero la sensación de realidad que invade a la totalidad de las imágenes es absoluta, la incomodidad que transmite la vida a bordo, la sensación de desagrado al comprobar cómo se pesca, qué se pesca y cuánto se destruye pescando, la alienación de la tripulación en jornadas de trabajo agotadoras similares a cadenas de montaje sin tiempo para nada porque en cuanto acabes de preparar una remesa las redes descargarán la siguiente, el agotamiento que invade permanentemente a la figura del patrón, la amenazadora presencia de las gaviotas acompañando continuamente al barco conocedoras de  la facilidad que supone para obtener comida sin esfuerzo……..”Leviatán” se transforma en el documental de la extenuación y en la crónica de una muerte anunciada, la de nuestro entorno natural.
 
 


Izar la red, abrirla y que entre las conchas de una especie de vieiras que se extraen, se desperdicien centenares de otros moluscos, o aparezcan latas de cerveza, o que para aprovechar las aletas de las rayas deseches centenares de peces torpedo, y que las rayas, todavía vivas sean amputadas de sus aletas y arrojado el cuerpo por la borda muestra, en imágenes, la crueldad absoluta del género humano. El Leviatán se asocia al monstruo marino, de resonancias talmúdicas y biblicas, engendro de pesadilla destinado a atormentar al viajero y al navegante, reflejo del mal absoluto, y aunque nadie puede descartar la existencia de peces abisales de apariencia feroz y monstruosa o de tamaño inimaginable, todavía no ha aparecido sobre la superficie del mar animal más grande que la ballena, y porqué no decirlo, más pacífico, a excepción de nuestra adorada Moby Dick de Melville. De ahí que el Leviatán del título tanto puede referirse a la posibilidad de que esas redes, un día u otro despierten a la bestia como a que la bestia somos, verdaderamente, nosotros, capaces de crear verdaderas maquinarias de destrucción ajenas al mal que se causa para el rendimiento que se obtiene.



 
 
Como cine experimental que no deja de ser, Leviatán juega con  la imagen, con el sonido, con las perspectivas imposibles, te transformas en marinero, desde luego, pero también en pez atrapado en la red, en estrella de mar arrancada del fondo y que queda vagando y flotando en la corriente hasta que vuelve a caer una vez desprendida del amasijo de conchas, cáscaras, piedras y vegetación que el arrastre del barco propicia, y te transformas en pez agonizante, ese pez que espera en cubierta a ser despedazado y eviscerado, o que en el interior de la propia red donde se esta asfixiando todavía tiene tiempo de intentar comerse al compañero de presidio más pequeño, muriendo a medio camino, y también te transformas en gaviota y vuelas con ellas mientras esperan que vaya cayendo el despojo del pesquero o te sientes amenazado si fueras pez y nadaras cerca del barco viendo cómo una y otra vez se zambullen a tu alrededor, o como si fueras protagonista de la película de Hitchcock y permanentemente, día y noche, fueras seguido por una estela  de aves dispuestas a aprovechar tu cadáver en cuanto caigas por la borda y te ahogues.
 
 


Impacta la hemorragia visual con la que Paravel y Chastaing recrean, fuera de campo, la sangría que sufren los peces al ser decapitados y amputados, el agua que barre la cubierta, en un plano lateral desde la proa del barco y al nivel de la borda, sale por las portas de desagüe, inicialmente limpia y poco a poco va sonrojándose hasta que aparece un chorro violento de sangre, una y otra vez, o como la imagen de esa cabeza de pescado que se mueve por cubierta al ritmo de las olas y esperando su turno para desaparecer por el agujero de la borda, pero que parece mirarnos y decir ¿qué me ha pasado? ¿dónde me perdí?
 
 


Sientes desasosiego por la vida a bordo, animales enjaulados en espacios minúsculos, cubiertos de sangre y vísceras durante horas, apestando a pescado, soportando frío y humedad continua, acarreando grandes pesos, trabajando a contrarreloj porque cuanto mayor sea el rendimiento más veces podrá descargarse la red plena de destrucción. Descargar la red implica redoblar el esfuerzo, largas horas abriendo conchas para extraer el molusco, o jornadas nocturnas cortando cabezas y sacando tripas de bacalaos…….por eso un plano que, aparentemente, no dice nada, se transforma en grandeza cuando se mantiene durante 5 minutos, el patrón, después de haber comido, en el comedor del barco, viendo la televisión, va sucumbiendo poco a poco a la fatiga hasta quedar dormido, previamente le hemos visto dirigiendo las operaciones del barco con unas ojeras impresionantes. El moderno Leviatán es el propio barco, que acaba con el mar pero también con sus tripulantes, una ola de tensión, de fragor, de movimiento y furia que parece calmarse cuando la cámara se sumerge unos centímetros en el agua y el sonido parece calmarte aunque a tu alrededor floten los restos de la pesca.