viernes, 29 de agosto de 2014

LES ANGES EXTERMINATEURS (Jean Claude Brisseau, 2006)



 


En 2005 un tribunal correccional de París condenó a Brisseau a un año de cárcel por acoso sexual y 15000 € de indemnización durante la preparación del rodaje de “Choses secretes”. En 2006 Brisseau realiza y estrena, con pase en la Quincena de Realizadores de Cannes, “Les anges exterminateurs”, película de connotación manifiestamente autobiográfica sobre ese suceso y mucho más. En la dualidad de sexos y las confrontaciones y diferencias entre hombres y mujeres, Brisseau, a través de su alter ego Frederic (Frederic van den Driessche) se propone filmar una historia en la que se refleje la sublimación del éxtasis femenino, la culminación del placer desde lo prohibido, lo socialmente desaconsejado, desde el tabú que no nos atrevemos a pedir o a hacer pero que si lo lleváramos a cabo con libertad, permitiría reflejar “la grace de leur plaisir”, eso sí, sólo desde el punto de vista femenino.
 
 


Realidad y ficción, lo terrenal y lo sobrenatural, tienen cabida en el cine de Brisseau, como en otras de sus historias, aportando un halo místico, una simbología ritual de religiosidad pagana, a las manifestaciones sexuales de las mujeres seleccionadas en el casting en una habitación de hotel que asemeja a una capilla del placer, a un templo donde el cineasta observa y adora los iconos que se manifiestan libremente delante de él y de la cámara. Brisseau pretende alcanzar a conocer ese culmen del placer femenino mediante la observación, eludiendo el contacto con las actrices pero actuando, o eso cree él, como demiurgo que libera la sensualidad potencial de toda mujer dispuesta a dejarse filmar en su explosión de intimidad.
 
 


Vista la película conociendo el prólogo de la vida real del director, el alcance de la propuesta puede entenderse como un alegato de autodefensa, como la formulación de un recurso judicial fuera de plazo pero destinado al mundo que le juzga más ferozmente, el del cine. Estamos ante la versión y visión unilateral del director mostrando su propósito y cómo todo se desencadenó al final, cómo las advertencias y las precauciones que su esposa le pidió fueron insuficientes, cómo lo grabado se volvió contra él, cómo se convirtió en un apestado, ilustre, pero apestado en el mundo de la filmación, cómo se arruinó su vida personal y cómo su vida fílmica pasó a equipararse a la vida diaria de un discapacitado.
 
 


La aniquilación viene determinada desde el principio, las apariciones fantasmales de los ángeles exterminadores encarnados en dos mujeres, se materializan en el trío de actrices dispuestas a rodar la película de Frederic tras superar notablemente las pruebas. Que la productora de Brisseau se llame “La sorciére rouge” no es extraño cuando el personaje del director va enredándose en el ambiente creado por las tres mujeres, de tal manera que va quedando embrujado y enganchado a esa relación erótica-profesional que excita, no sólo a las actrices, sino al propio director. La iconografía de Brisseau mezcla realidad, deseo y lo extrasensorial, filma sus fantasmas, los fantasmas que nublan todas nuestras vidas, marcándolas y reflejando los miedos interiores, los deseos insatisfechos o las ausencias irremplazables.
 

 
 

En la proposición de Brisseau, su película pretende introducir la trama sexual en medio de una historia policial, el director propone y la obra se triplica, el propósito se materializa en la vida del director fuera del rodaje, rodando, probando y aceptando el juego erótico propuesto por las mujeres aunque el director crea ser quien maneja los hilos, el cerco policial y el chantaje o coacción a los que se ve dirigido el director introducen ese elemento criminal en la ficción, pero es que, además, es el retrato de lo sucedido en la vida real de Brisseau, creador que participa realmente en la película y no sólo a través del actor que encarna al director, sino mediante una aparición fugaz y mediante su propia voz cuando el “off” entra en acción mediante unas misteriosas emisiones radiofónicas que remontan al “Orfeo” de Cocteau. Sexo y cine quedan interrelacionados en la película, el control y dominio que el director aparenta mantener sobre todas las situaciones no es más que otro fantasma de su propio “voyeurismo”, “el deseo masculino medio no es más que voyeurismo primario y fantasmas de telefilm erótico” dice el director a propósito de su película, y según va desarrollándose la acción el papel del director demuestra una absoluta pérdida de objetivo, como si satisfecha su curiosidad lúbrica el rodaje de la película resultara algo suplementario, artificial, innecesario para el fín inicial, es como si estuviéramos ante el “making off” del “making off”.
 
 


No podemos obviar que Brisseau ha sentenciado al propio Brisseau al inicio de la película, la serie de catastróficas desdichas que se acumulan sobre el director ficticio y sobre el real, planean a la hora de encaminar el desenlace de la historia. De la inicial idea del director manipulador, omnisciente, se pasa a la inevitable revelación de que quien dirige es dirigido, de que quien pretende sugerir es sugerido y de que quien ha intentado manipular la sensualidad ajena termina manipulado y atrapado en la tela de araña de seducción y coacción dispuesta por las actrices, cada una con sus objetivos, pero todos ellos inadvertidos por el director hasta que resultan inabordables. La enfermiza relación director-actor da una vuelta de tuerca en la película de Brisseau dado que al rodaje se le une el componente de dominación sexual, sexo y cine imbricados de tal manera que quien cree predeterminar es quien está siendo manipulado, que quien cree dirigir el comportamiento sexual de las actrices para filmar “su gracia”, está siendo encaminado al rodaje de su propio “infierno”.

 
 
 
 


La estética visual de las escenas eróticas es esencial en el propósito del director, no son simples escenas encaminadas a la excitación sexual del espectador (sea éste el director o cualquiera de nosotros) sino verdaderos estudios de composición destinados a mostrar el goce femenino, si esa composición es un cliché meramente masculino o propia de las mujeres que hacen la escena es algo que escapa a quien comenta, lo que si se advierte es una estética distinta en las escenas que no son rodadas por la cámara de las pruebas, en ese sentido Brisseau parece querer decir que una cosa es el cine y lo que se hace para el cine y otra lo que se desarrolla en la intimidad de la antesala de la habitación del hotel o en el restaurante, en los que la idea visual es más propia del thriller erótico que de una idea “elevada” de poder retratar el goce femenino en su máxima expresión, como nada tiene que ver esa cámara rodando con la escena de sexo marital, escena con gran significado en tanto que demuestra que el director no es ajeno a lo que su ojo acaba de ver con las dos mujeres que van a participar en su película, reflejando, o pretendiendo reflejar la sexualidad femenina, lo que si retrata es la sexualidad masculina, el uso del propio voyeurismo para desahogarse en casa, algo que también acarreará consecuencias posteriores, la búsqueda del placer femenino absoluto desemboca en la inevitable excitación de quien lo ve. Es como si cuando son las mujeres las que tienen el control de la situación ésta resultara sorprendente e inabordable para el ojo masculino que las ve, y cuando es el director quien, fuera de esa cámara, ordena y dirige, todo lo sexual se vuelve más predecible, más encorsetado, más “humano”.
 
 


Jugador o juguete, Brisseau presenta la película como un homenaje explícito al cuerpo femenino, al cuerpo bello hay que decirlo, al momento de su orgasmo, al de máxima excitación que entiende el de la máxima belleza, el ojo fílmico quiere ser neutral y objetivo, rehuye del propósito del cine porno y rueda los cuerpos con distancia pero en ambientes absolutamente cálidos y sensuales, aunque si Frederic-Brisseau hubiera atendido a lo que la actriz porno le cuenta tras la prueba, de no haber estado convencido de desentrañar su búsqueda en la confianza mutua de quien habla y quien escucha, podría haber llegado a la conclusión de que en la excitación femenina, en la prolongación del placer y en las curvas de un torso que se estira también la mente femenina juega con ventaja, la de saber cómo la mente masculina se representa ese momento, y por lo tanto, es fácilmente manipulable la figura del director y la del hombre en general. Frederic lo dice, quisiera rodar lo que hay dentro de esas mentes y no mis fantasmas, al rodar fantasmas la realidad es manipulable y el cine no deja de ser ficción.
 
 


Los ángeles exterminadores, finalmente, conceden una prórroga de último momento, el sufrimiento y derrota del director no será definitiva, los fantasmas no deciden acabar con la vida del director y le permiten seguir rodando y haciendo cine, eso si, disminuido, limitado, derrotado, pero con posibilidad de seguir contando sus historias, condenado por la justicia y condenado por el sistema, su cárcel interior le representará en una silla de ruedas y privado de movimiento, la sentencia se ha extendido hacia el futuro y ha determinado la culpabilidad de Brisseau no solo como persona, sino como director de cine, se acabó su libertad total y le cortaron las alas los propios ángeles que, en el último momento decidieron perdonar su vida, sólo que minusválido, aún puede rodar, y filmando alcanzar la libertad de contar.