sábado, 23 de agosto de 2014

LE PASSÉ (Asghar Fahradi, El pasado, 2013)



Marie Anne, Marianne, es la protagonista femenina de esta opresiva historia, Marianne es el símbolo de la Francia republicana, laica, liberal, “liberté, egalité, fraternité”, y en esa Francia actual, o bajo el manto de la Francia republicana las nuevas generaciones han sufrido cambios culturales, ideológicos, religiosos, raciales,….. y la comprensión y convivencia se vuelven difíciles. Francia no son sólo personas de raza blanca, Francia como lugar libre de dictaduras y que, con todos sus defectos, es una democracia en un país de ciegos, absorbe a quien tiene algo que ofrecer y se convierte en lugar de acogida para una inmensa cantidad de personas, de origen francófono o no, que huyen de sus guerras, sus miserias, sus dictaduras, buscando el amparo de la metrópoli. Marianne representa el símbolo republicano, pero la república ya no llega a todo, incluso la república está ausente y superada, como el personaje interpretado por Berenice Bejo en la última película de Fahradi (“A propósito de Elly”, “Nader y Simin”), la madre Francia está superada y ha descarrilado, sobrevive a duras penas, apenas puede cuidar de sus hijos como para hacerse cargo de los nuevos franceses, madre de dos hijas “europeas” con un primer marido belga, casada de segundas con un iraní, y conviviendo con un francés de origen magrebí (Tahar Rahim, el colosal intérprete de “Un profeta” y que va encasillándose en el papel de francés de origen magrebí un tanto fuera de juego en la sociedad francesa, como en Grand Central, como en Perder la razón) Samir.
 
 

A Marie Anne la situación le ha superado por todos los frentes, casada aún con su marido iraní, a quien pide el divorcio de mutuo acuerdo, razón por la que Ahmad viaja a Paris, embarazada de Samir, con la mujer de Samir en coma por un intento de suicidio, con dos hijas de un primer matrimonio, de las que la mayor, Lucie, ha emprendido una campaña de desobediencia activa desde que Samir y su hijo Fourad viven en la casa con ellas. A Marianne las dudas le asaltan , ¿porqué su hija actúa así?, ¿porqué Fourad mira con miedo a Marie? ¿porqué Fourad reacciona huidizamente ante cualquiera? ¿porqué recurre al marido iraní, Ahmad, para saber qué pasa con Lucie? ¿Samir ha buscado en ella una sustituta de su mujer, ella misma solo llena el hueco dejado por Ahmad? El Mc Guffin de Fahradi está servido, el comportamiento de todos parecería estar vinculado al intento de suicidio de la mujer de Samir, comportamiento que todos, íntimamente, piensan que vino provocado por la relación que mantenían furtivamente Marianne y Samir, aunque para justificarse buscan en un incidente con una clienta y en su depresión permanente la causa del intento.
 
 
 

La película utiliza esa trama psicológica que atenaza a los personajes para descargar la tensión real en esa justificación paralela que hace obviar, si no se está atento, la verdadera realidad de la situación. Esa situación no es otra que el enorme peso que el pasado tiene en la vida de cualquiera, cerrar el libro, pasar página, mirar adelante, el tiempo todo lo cura ….son coletillas de psicología barata pensadas para superar lo insuperable. Todos ellos, menos la pequeña Lea, cargan con el peso del pasado y de las culpas que arrastra. Incluso Lea empieza a pensar las razones por las que su padre se ha ido a Bélgica y las ha abandonado, porqué Ahmad se marchó a Irán, porqué se intentó suicidar la mujer de Samir, madre de Fourad, pero aún no tiene edad para comprender el alcance de ese conjunto de situaciones, algo que Lucie, en plena adolescencia , no sólo comprende sino que somatiza, buscando permanentemente las razones por las que su madre, con su comportamiento, ha provocado ese intento de suicidio hasta conseguir convencerse de que la culpable fue ella al remitir a la mujer de Samir los emails que Samir y Marianne se cruzaban, contando su relación, y pensando que esa filtración fue la causa de que Samir y Fourad sean personas tristes buscando llenar un vacío, algo que la imposibilita compartir techo con los dos viendo su tristeza permanente.
 
 

El pasado, y el dolor que genera, también planea, y de qué manera, sobre Ahmad y Marie Anne, casados y separados de hecho desde hace cuatro años, Ahmad, de buena fe, vuelve a Paris para conceder ese último deseo a su esposa, divorciarse civilizadamente, ver a las niñas y poder cerrar una puerta que ha quedado abierta al haber roto la relación sin explicar las razones, algo que saltará hecho añicos porque el escenario que se proyecta sobre Ahmad no es el que imaginaba, aterriza en Paris en pleno campo de batalla, llega sin saber que su mujer tiene una nueva relación, Marie Anne le hace pernoctar en su casa, compartiéndola con Samir, y habitación con Fourad, Lucie no quiere hablar con su madre y se escapa continuamente y la única persona en la que confía es en Ahmad, por otro lado choca con Samir al comprobar éste que existe una conexión que no se ha roto entre Marie Anne y Ahmad, el día del divorcio Marie Anne le revela que está embarazada de Samir, circunstancias por las que Ahmad piensa que la petición de aquélla no ha sido leal, sino un intento de venganza, de humillación por lo que pasara cuatro años antes.
 
 

Uno de los mayores logros de la película es el salto de uno a otro de los protagonistas adultos, transmitiendo perfectamente la idea de que estamos ante personas aisladas, todas sufren por razón de las demás, pero realmente la comunicación entre ellos es débil, son relaciones basadas en la desesperanza, en la necesidad de agarrarse a algo que permita sobrevivir y cooperar, pero la empatía, pareja a pareja, se advierte desaparecida, por ello Fahradi los analiza por separado, sin romper el devenir temporal lógico, pero actuando cada uno a su manera y en su ámbito, manteniendo escasos momentos de contacto, de hecho el contacto físico es prácticamente inexistente entre los adultos, y la escena inicial es antológica para demostrarnos esa incomunicación, que se repite de alguna otra manera a lo largo de la película, dos personas hablándose frente a frente pero separados por el cristal que divide la zona de espera de la de salida de un aeropuerto, todos sabemos que es imposible oírse, pero ellos hablan.
 
 

En el desarrollo del macguffin Fahradi introduce giros y nuevas circunstancias que, no liberando a los protagonistas, introducen ejemplos de maldad humana, de maldad comprensible pero sin calibrar las consecuencias posteriores, del silencio de los hombres como forma de protección y del dolor que produce enfrentarse a la verdad y ser capaz de asumirla. En esta guerra larvada, subterránea, el peor parado es Ahmad, quien arrastra un pasado que no conoceremos pero del que advertimos un lastre imposible de soltar, un lastre que motivó su huida a Irán para no poner fin a su vida, y el único intento de explicarse es atajado de raíz por Marie Anne, su pensamiento de liberarse de esa carga, que transmite como enseñanza a la joven Lucie para que la misma no mantenga un silencio hasta el fin de sus días haciéndose cada vez más y más insoportable, no puede llevarlo a cabo, teniendo que regresar a su país sin poder compartir el dolor, la frustración, la pena que lleva dentro, a Ahmad le está negado el perdón propio y el desahogo de la confesión.
 
 

El pasado nos marca a fuego rápido, tanto como el que produce una quemadura, pero a diferencia de las cicatrices, que están ahí para recordarnos un peligro, las cicatrices del pasado hablan más de cómo eres, de cómo haces mal las cosas, o cómo no sabes asumirlas, para, de tiempo en tiempo, machacarte, hundirte, doblarte por dentro agarrándote del corazón y tirando de ti hacia lo peor de uno mismo. Los personajes de “El pasado” no van a sobrevivir al pasado, ni lo van a olvidar, de hecho va a estar más presente cuanto más tiempo pase, y los hijos comunes, los nietos que lleguen, los momentos felices conjuntos, no van a hacer olvidar esos momentos en que se actuó mal, se actuó por egoísmo, por cobardía, porque algo te va a acompañar de tal manera que, cuando tengas la guardia baja, te cortará la respiración y te hará perder el color de la cara.
 
 

Marianne, Samir y Ahmad están perdidos, arrastrarán un peso de tal magnitud que su vida futura oscilará entre la rabia, la depresión y la atonía, lo peor es que el peso del pasado de los mayores se ha transmitido a los pequeños, a Lucie que, tratando de impedir que su madre volviera a casarse para no tener que sufrir otra vez cuando el hombre decidiera marcharse y dejarlas solas, puso en marcha un mecanismo cruel que, aunque ella no sabe que no tuvo el efecto pretendido, asume la maldad inserta en el mismo, y a Fourad, el pequeño que vió a su madre beberse un bote de detergente industrial a la puerta de la lavandería familiar el día después de que Lucie reenviara los correos. No luce el sol en esta película, más bien lo que abunda es la lluvia, esa lluvia que empapa continuamente a los personajes proporcionándoles un aspecto frágil, derrotado, tampoco los personajes se sienten liberados en espacios abiertos, muy al contrario Samir, Ahmad y Marie Anne se ven casi siempre en lugares oscuros, enmarcados por estrechas puertas, por ventanas, reflejados en espejos que nos devuelven su mirada triste y deprimida, con necesidad de abrir puertas que permitan circular el aire ya que lo que les falta a todos ellos es la capacidad de respirar a fondo ya que su diafragma está oprimido por la angustia.