martes, 19 de agosto de 2014

LA FILLE DE NULLE PART (Jean Claude Brisseau, 2012)



 
 


« La vejez es una masacre » Philip Roth
 


El cine de Brisseau es un completo « inconnu » para los distribuidores españoles, ni en salas, ni en dvd, ni en plataformas digitales su cine puede encontrarse, así que, salvo festivales y locales culturales fuera de circuito, o se pone uno un parche en el ojo o, si tiene la suerte de conocer algún idioma que no sea la lengua del imperio, recurre al mercado internacional, claro que hasta en su propio país es un apestado, un outsider, pese a los encendidos elogios que le profesó Eric Rohmer. Ganar en Locarno no es mérito suficiente para ser exhibido en España, lo saben hasta los propios directores españoles, pero esta “fille de nulle part” contiene méritos más que suficientes para haber conseguido mayor atención. Coincide prácticamente en el tiempo con otras dos producciones de temática similar, nunca idéntica, porque la película de Brisseau es mucho más compleja, como son “Amour” de Haneke y “La lapidation de Saint Etienne” de Pau Vila, películas sobre el fín de una vida, un fin conocido, sentido como cercano y, en cierto modo, asumido, aunque no deseado.
 
 
 
 
 


La fille de nulle part es una película terminal, pero también es una película filosófica, y una película fantástica (de género, no de calidad, que también), es una película terminal en cuanto que su protagonista (el propio Brisseau), Michel Devilliers, sobrevive a la depresión de la edad y la soledad en un piso burgués del 10ème trabajando en un tratado filosófico, la torpeza y decadencia del personaje se camufla en el interior de la vivienda, pero queda de manifiesto su fragilidad y endeblez en las pocas ocasiones en que nuestro profesor sale a la calle y se enfrenta a la vida cotidiana. Es una película porque los diálogos entre el profesor y su discípula sobrevenida, que aparece de repente en su vida fruto del ¿azar? o ¿será del propio pathos del autor?, entran de lleno en el núcleo de las creencias, en el mantenimiento artificial de los mitos para preservar el estado de las cosas sin cuestionamiento alguno, ya sean religiones o costumbres paganas ancestrales, “el sueño es para los que sueñan” comienza la película, y en el fondo se reivindica el sueño, la imaginación, la ensoñación como una droga necesaria y nunca suficiente para soportar el peso de la vida, pero asume del fantástico el contrapunto sobrenatural que emana de la aparición de la joven Dora (Virginia Legeay) y las manifestaciones que comienzan a producirse en la casa, ruidos, ahogados rugidos, puertas que se abren, manifestaciones paranormales en progresión hasta el desenlace, confundiendo realidad e irrealidad, el mundo de lo asible y el mundo de lo soñado, de lo mítico, de lo que no se puede probar sino asumir como tal.
 
 
 


La aparición de Dora, refugiada en casa del profesor tras ser brutalmente atacada en la escalera, aporta una nota erótica y onírica a la vida del viejo filósofo y matemático, la presencia de un cuerpo femenino joven en su casa le recuerda, inevitablemente, a su esposa fallecida, incorporando a su mente la ensoñación de la reencarnación de la misma en el cuerpo de esta joven. El juego del tiempo y el espacio choca con la mentalidad racional y empírica del profesor, quien, a cambio de su propia estabilidad emocional, considera aceptable cualquier situación que le haga más ligera la losa de la soledad y la decrepitud de la vejez próxima a la muerte, muerte sobre la que habla y que asume como cercana, pero con ese toque de distanciamiento de quien, en realidad, tampoco desea morir de esa manera, solo y olvidado, sino, al menos, con el grato recuerdo de una presencia no asible pero si deseable. Por otro lado la presencia de la joven,  con sus apariciones y desapariciones y su sexto sentido que le anuncia el peligro que corre Michel, aporta el contrapunto irracional, el ser sensible y sensitivo, el alejado de empirismo y teorías, quizás porque ni tan siquiera sea real. Podría ser Dora una ensoñación del profesor, quien reconoce su locura tras 29 años de soledad, algo que repite en varias ocasiones, un intento de recrear desde la propia imaginación, esas ideas que está analizando en su ensayo, esas ideas que generan corrientes religiosas, políticas, sustentándose en meros dogmas indemostrables, así el propio protagonista imaginándose reiteradamente lo que quiere o desea para el final de sus días, lo consigue.
 
 
 


O podría tratarse del ángel de la muerte, el anunciador del fín, un anunciador, al menos, al gusto del destinatario. Cuanto más evidente se vuelve el peligro al que está sometido el protagonista, más cercana y cálida se vuelve la relación entre el hombre viejo y la joven mujer. El ángel de la muerte tiene una raigambre religiosa que enlazaría con uno de los subtemas de la película, el tránsito hacia otra vida, y en su versión optimista, este ángel de la muerte se encarga de hacer llevadero y ligero ese final, algo que Dora consigue, al menos esa colaboración en la redacción del tratado, esas charlas mitad filosóficas mitad reflexiones de una vida, han devuelto a Michel un cierto sentido en su vida. El personaje de Dora pasa de representarse desnudo, carnal, lascivo, en una reproducción más onírica aún si cabe que el cuadro de Dalí, “Sueño producido por el vuelo de una abeja….”   a aparecer vestida de negro en una fiesta surrealista previa a la muerte del protagonista, acogiendo una de la simbologías contra las que clama el tratado que acaban de concluir, pero que asume la realidad de transformar lo imaginario en inatacable. Es esa ideación sublimadora que entronca con la conversación mantenida con su amigo el médico, “los médicos no sirven para nada”, reflexión que abarca más la enfermedad del alma que la enfermedad física, para Michel la vejez es el fin y la aparición de Dora un estímulo para asumir el final, como dice el amigo, la vejez es eso, señalando a dos mujeres jóvenes que se asoman a uno de los muelles del Sena mientras el viento mueve sus faldas y deja entrever sus muslos, el fin de la posibilidad de satisfacer un deseo, con o sin vigor, has quedado “fuera de mercado” y la visión de un cuerpo joven y bonito ya no es suficiente, sino la muestra inexorable del final, de lo que ya no puedes alcanzar y de lo que no se va a fijar en ti.
 
 
 
 


En este juego de película, los géneros se superponen y responden hasta con sentido del humor a las provocaciones, si Dora tiene algo de sobrenatural e inicialmente puede aparentar un peligro para quien la acoge, al final es quien vigila, el ojo alerta que Michel ya no quiere ni puede mantener. Michel mantiene su forma de pensar enfrentándose a lo oculto y a lo misterioso con la valentía de quien no puede creer en fantasmas ni seres de otro mundo,  o bien se imagina en plan caballeresco enfrentándose sin miedo a lo desconocido, su racionalismo queda completado con el conocimiento de Dora, Michel no duda en enfrentarse a los fantasmas, los peligrosos que le atacan y los de su pasado que no terminan de irse, el de su mujer. El humor entra en escena cuando más inquietante es la situación, el matarratas se llama Lucifer, la silla voladora lanzada por el espíritu arremete contra su colección de videos exclusivamente, y contra un espejo, el cristal, la lente, como diciendo “esto es lo que hago con tu cine”. La tensión la consigue Brisseau con  el fuera de campo, en el fondo lo espiritual no es lo esencial para Michel, así que todo aquello que no ve no es trascendente para él, y cuando ha de enfrentarse a lo extrasensorial se comportará como si de humanos se tratara. La muerte va anunciando su llegada con elementos cada vez más poderosos, un fantasma pequeño con un cuchillo, una pareja de mujeres fantasma, su mujer amando a la joven en una visión de un sueño irrealizable en el que ambas mujeres pasan a ser una, una rabiosa aparición completamente de negro de un fantasma enrabietado y por fin, la muerte acompañando a su ejecutor y cerrando el círculo.

 
 
 
 
 


Película casera, una cámara y tu propia residencia, el director haciendo de protagonista sin ningún interés en hacerse actor del “método”, un espacio invadido por el cine, por viejos VHS, por dvd,s, por televisiones, aparatos de reproducción de imágenes, un espacio ausente de vida y lleno de vacío, asistimos a sesiones de proyección casera viendo la mirada sin ver lo visto, de tal manera que compartimos el efecto de la visión pero nunca la imagen, vemos lo real, lo tangible, no lo imaginado en la imagen. Película alejada de cualquier comercialidad, como el ensayo que escribe Michel y que sólo le sirve para mantenerse vivo, ¿será la película otro puñetazo que necesita el director para seguir levantándose cada mañana?