martes, 12 de agosto de 2014

ALL THAT JAZZ (Bob Fosse, 1979)



 
 


La catarsis del musical o como entre los antiguos griegos, la purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza, la agonía como catarsis.

 

All that jazz (en España, Empieza el espectáculo) es el antimusical, en una época en que el cine buscaba nuevas fórmulas para reinventar un género con cosas como “Fame”, “Footlose”, “Xanadú” de gran taquilla pero escaso recorrido en el tiempo, “All that jazz”, naciendo como algo ya viejo y visto, se transforma en un producto imperecedero al introducir la muerte como objetivo del espectáculo. Ese cine setentero y ochentero tan identificable por lo que hoy diríamos escasa calidad de la imagen, planos copiados de la televisión, peinados y hombreras imposiblesm trajes de corte más que discutible, de la mano de Joe Gideon se convierte en algo vivo, en algo latente, en algo bullicioso y dispuesto a perdurar, a que el latido de ese corazón no se apague y siga creando pese a entrar en parada, queremos golpear ese pecho al ritmo de las últimas notas del famoso número final para que la sangre continúe circulando. “On Broadway” resuena y asistimos a la selección de bailarines para un nuevo espectáculo, todos en el mostrador, hasta quien no sabe de baile descartaría inmediatamente al 90 %, Gideon tiene que hacerlo con el 99,9 %, el papel principal corresponde a su exmujer, ahora hay que escoger al elenco.
 
 


El argumento es muy sencillo, es la crónica de una muerte anunciada, desde el primer despertar al ritmo acelerado del concierto alla rustica RV 151 de Antonio Vivaldi y con el regusto amargo del consumo de anfetaminas para resistir una vida agotadora, buscada de propósito por el coreógrafo Gideon. El proceso de creación a contrarreloj de la última coreografía da pie al repaso de todo el catálogo de éxitos, fracasos, amantes, traiciones, ruinas, desilusiones que se acumulan en una vida. La música alcanza al concepto de ópera omnia, de testamento vital consentido al que Gideon opone sus ganas de vivir eternas.


Muchas veces se ha dicho que la película contiene mucho de autobiográfico del director y coreógrafo Fosse, el retrato del mundo de la producción, ese momento canalla en que los productores comprueban que si Gideon muere en determinado momento el espectáculo ganará dinero incluso sin estrenarse, la verdadera falta de libertad artística del creador cuando impera el veto o censura antes que valorar el verdadero valor de la composición aunque ésta sea más o menos explícita en lo sexual, los celos, el efecto del paso del tiempo……..la película es una despedida, tanto la del actor en la ficción como la del director en la vida real, quien ya sentía el aliento frío en la nuca que demoró su llegada pocos años más.





 
 
 
Y esa despedida moderniza la partida de ajedrez de “El séptimo sello”, sin apuestas y sin aplazamientos, la muerte viene a por nosotros sin conceder moratorias, solamente nos va avisando, se nos muestra, resulta tan atractiva que no podemos cambiar el ritmo de vida para evitarla, y cada mañana reproduciremos el sobreesfuerzo a base de química y alcohol, con un permanente cigarrillo entre los labios, golpeando el corazón tan duro como el ritmo de la cuerdas en el infernal arranque de la pieza musical, porque en el fondo, morirse es una putada, pero ¿y si al final nos espera Jessica Lange con 35 años menos? “it,s show time, folks” es la hora del espectáculo, la vida como un mostrador en el que exponer toda tu libertad, toda tu intimidad, tanto que incluso hasta tu muerte puede ser rentable.
 
 
 


Gideon nos enseña su alma de modo literal, la operación a corazón abierto es el símbolo de la película, no hay nada que esconder porque todo forma parte del espectáculo, nada queda oculto cuando hay que rendir cuentas y valorar para qué ha servido vivir, desde reconocer que has escogido bailarinas porque su cuerpo era lo suficientemente atractivo como para despedirlas sin pasar por tu cama, hasta pretender acostarte con las enfermeras de la uvi, en una carrera cuyo final es definitivo, ¿para que alargar las distancias si puedes vivir rápido, disfrutar hasta el final y morir deprisa? Si vas a morir que sea con un vaso en una mano y un cuerpo en la otra.

 

Gideon es capaz de engañarse, la preparación del espectáculo final no es más que la preparación de lo que le gustaría que fuera su propio funeral, la verdadera coreografía definitiva, con todas las personas que han supuesto algo en algún momento de tu vida aplaudiendo un final apoteósico, un contrapunto, si se quiere, ingenuo y hasta contradictorio con la realidad de la muerte. Y el himno gozoso que suponen las frases de la canción final “adiós vida, adiós felicidad, hola soledad, creo que me muero” se enfrenta con la realidad más verdadera, la de que tras la muerte nos espera una bolsa de plástico con cremallera y no una luz blanca en la que al final del túnel se encuentra una deslumbrante mujer dispuesta a besarnos.