jueves, 10 de julio de 2014

THE ARBOR (Clio Barnard, 2010)



Siendo la segunda película que veo de esta directora (la más reciente la avasalladora “The selfish giant”) me atrevo a decir que las historias de Ken Loach se convierten en cine para todos los públicos al lado del retrato crudo y descarnado de las clases populares pre y post-tacherismo en el Reino Unido. No hay humor posible que pula las aristas del dolor, del abandono, de la soledad, de la ruina que acompaña a la gente con mala suerte o con mal ambiente en el que crecer.
 
 
 

“The arbor” habla de cuatro generaciones, fundamentalmente mujeres, a raíz de un personaje efímero y de gloria limitada y maldita, hija de un matrimonio en el filo de la quiebra permanente, clase obrera de la que se dice ya no existe, Andrea Dunbar hizo fiel el lema de vive joven y muere joven, aunque no tuvo el éxito suficiente para convertirse en un mito, sí que consiguió estrenar un par de obras de teatro con apenas veinte años en Londres, y firmar un guión de cine con éxito underground. Al tiempo era madre de dos hijas y posteriormente de un tercero, cada uno de un padre distinto, dos rubios, una de padre paquistaní, lo que va a marcar su futuro. Andrea muere una noche, alcoholizada, drogadicta, con sus hijos en estado de desamparo, retirados en ocasiones por los servicios sociales, víctimas de abusos sexuales por alguna pareja de la madre, con el recuerdo de un día en que su madre les encerraba en una habitación durante el día y una de ellas empezó a jugar con cerillas hasta que el colchón se incendió. Los primeros planos son unos perros callejeros rebuscando entre los restos de basura con un objetivo que desenfoca los bordes de la imagen, como ha hecho Reygadas en su última película.
 
 
 

Esas hijas e hijo crecieron y, a su vez, tuvieron hijos, los “wasp” se integraron sin problemas y consiguieron salir del hoyo del barrio de “Arbor”, la de origen paquistaní tuvo que cargar con el peso del desprecio racial, de la discriminación familiar, de una madurez adelantada y la caída en las drogas. Drogas, hijos, desintoxicaciones, cárcel, amores, nuevos hijos, nuevas condenas, un carrusel donde el peso de la desgracia está siempre presente. Barnard desarrolla su película como un documental, pero es más una docuficción, se mezclan los verdaderos familiares de Andrea Dunbar con actores haciendo de hijas de la escritora, y al tiempo asistimos a representaciones en las calles y plazas de “Arbor” de la obra teatral que dió cierta fama a la Andrea real, obra de poso autobiográfico en el que se interpretan escenas que no dejan de ser reflejo de situaciones vitales de la propia Andrea, el hogar desestructurado, el padre alcohólico, el hermano violento y racista, el embarazo prematuro, la relación con el paquistaní, el racismo del barrio obrero, las casas de acogida, el alcohol…….pero llama la atención la aparente deshumanización con la que los sobrevivientes se refieren a sus familiares, cuando no el retrato de un daño no superado o de un rencor latente.
 
 
Clio Barnard
 

El conjunto utiliza el cine para aparentar la realidad, el presunto documental de testimonios a cámara donde se recoge ejemplarmente la predestinación de tu vida en función del ambiente en el que te críes y las diferentes oportunidades que se te pueden brindar según  recibas cariño, odio o indiferencia en tu propia familia. Lorraine es una hermana, pero no es otra hermana más, ni una hija más, ni una sobrina como las otras, sólo recibe ayuda y cariño de la abuela materna, pero su fallecimiento deja a Lorraine sola y en manos de la prostitución como medio de vida y de conseguir drogas.
 
 
 

El relato es cortante y frío, la sensación de “no way out” permanente, la propia sospecha familiar sobre el modo en que el hijo pequeño de Lorraine aparece muerto por consumir la metadona de la madre un síntoma más de lo inhumana que puede resultar tu propia familia, sólo una familia de acogida que tuvo a Lorraine con ellos a temporadas llora en pantalla, son los únicos que se sienten parcialmente responsables de lo que Lorraine ha pasado  y lo que sucedió con el pequeño Harris. Mientras tanto, la sociedad ha permanecido impasible viendo cómo sus individuos se despeñan generando barata mano de obra o baratos cuerpos para ser comprados. El suburbio británico como el suburbio del primer mundo, una fábrica de deterioro generación tras generación con la droga, cada generación la suya, como mecanismo de escape y de destrucción.
 

Clio Barnard un valor a seguir como retratista de nuestra infame sociedad del bienestar.