miércoles, 30 de julio de 2014

SACRO GRA (Gianfranco Rosi, 2013)


 

Cuenta la leyenda que alrededor del G.R.A. hay coches abandonados con esqueletos en su interior, algunos dicen que han visto a gente desesperada dentro de sus coches dando vueltas durante años sin encontrar la salida del anillo. El G.R.A. es el “grande raccordo annulare”, la M-40 de Roma, 68 kilómetros de circunferencia, 8 áreas de servicio, 14 túneles, 42 salidas, y con el acrónimo G.R.A. se hace homenaje, paralelamente, a uno de los ingenieros encargados de su diseño, Eugenio Gra. Gianfranco Rosi es un experimentado documentalista, pero seguro que en sus sueños profesionales no se encontraba el de ganar un León de Oro en Venecia con un documental. Y así fue en 2013. Y no hay nada que reprochar a la propuesta del premio, y al mismo tiempo todo es reprochable. No hay fisuras en la película de Rosi, pero tampoco hay exceso de emoción, cuanto más se acerca la cámara al personaje más grande se hace el documental, que pierde hondura y trascendencia cuando toma distancia y nos ofrece panorámicas de la ruta.
 
 


“Sacro Gra” empieza como si se tratara de uno de aquellos programas de la vieja (¿vieja? ¡Pues anda que ahora¡) TVE, aquel “Vivir cada día” en el que una cámara seguía el devenir diario de una persona en su actividad cotidiana, aunque es verdad que en aquel programa no salían putas ni inmigrantes. Pero en el fondo de las imágenes lo que hay es una barrera física infranqueable que separa y divide la ciudad eterna, el interior y el exterior del anillo dejan de ser permeables, el interior es signo de progreso y el exterior es el colector, el recogedero de todo aquello que no queremos que se vea en la imagen  turística. Debe ser una solución urbanística sinónima de la modernez, el turista no quiere ver imágenes desagradables ni antigüedades echadas a perder, por eso arrasemos el casco antiguo de Barcelona, de Beijing, de Shanghai……. Obliguemos a sus habitantes de siempre a abandonar su entorno como consecuencia de rapaces políticas públicas de especulación subvencionada y provoquemos su éxodo allá donde no “ofendan” nuestra mirada.
 
 


Roma no tiene porqué ser diferente, y el entorno del G.R.A. se convierte en territorio comanche, en zona de aparente tranquilidad a punto de estallar, bolsas de pobreza acumuladas en viviendas sociales de calidad más que discutible, lugar en el que desaguan las ciudades todo lo que molesta o supone costo sin beneficio. La cámara muestra la vida de los habitantes de un edificio de acogida, viviendas siamesas todas ellas, pequeñas y amontonadas, ocupadas por ancianos, mujeres solitarias en las que imaginamos maltrato o rupturas matrimoniales sin patrimonio, parados, inmigrantes, no entramos en sus casas, los vemos desde un plano superior y a través de sus ventanas oyendo sus conversaciones, y estas viviendas nos recuerdan el extrarradio romano que Fellini nos enseñó en “La dolce vita” o Passolini en “Mamma Roma”. Como la prostitución de ambas películas se refleja en los márgenes de la carretera o en los bares mugrientos que la bordean, sólo que ahora el color de la piel ya no es la blanca del país , sino negra, oriental o del este de Europa. Inevitable, y dolorosamente jocoso, es el recuerdo de “La dolce vita” y la escena del milagro con el pasaje de un numeroso grupo de mujeres que se reúnen un día de la semana para contemplar una visión mariana. Casi estoy por asegurar que si aguantamos la visión unos segundos mirando al sol todos terminaríamos viendo contornos y figuras de color rojo sin necesidad de buscar soluciones virginales.
 
 


En torno al anillo también permanecen los resistentes, aquellos que han vivido siempre en esa zona con independencia de los cambios urbanísticos que han provocado las obras que dan título a la película, el viejo pescador de anguilas que navega por el Tíber y sus brazos pescando y lamentando la introducción de especies foráneas mientras conversa con la mamma o con su novia ucrania, el actor de fotonovelas ( es increíble, pero siguen existiendo) que da consejos a la novata para que no se acueste con cualquiera por un trabajo, salvo que le ofrezcan un papel protagonista en una película, entonces hasta él se hubiera agachado “para recoger la moneda”, o el noble romano, heredero y sucesor de una larga serie de “honorabili” predecesores que mantiene su palazzo a duras penas, con una suntuosidad interior que choca con el deterioro externo de la mansión, pero que le permite mantener su Rolls y lucir su capa de caballero de vaya usted a saber qué orden en una reunión con caballeros lituanos, noble en el que, sin embargo, advertimos más concomitancias gestuales con el más pasado personaje de De Niro y con el entrañable Tony Soprano, amarrado a un puro más ficticio que fumable.
 
 


Pero el G.R.A. también produce mucho trabajo y mucho stress, como el del enfermero de ambulancia que a diario tiene que asistir a víctimas de accidentes, salvarles la vida y animarles durante el trayecto hasta el hospital, aunque en el fondo es una persona arrasada por la soledad, que se comunica con sus seres queridos a través de Skype y que tiene que sacar tiempo para visitar a su madre enferma de alzheimer, cuya memoria apenas alcanza el tiempo en que se tarda en cambiar una inspiración por una exhalación. Y hay tiempo para el surrealismo más real y verídico, no ya el de las creyentes fervorosas (¿cuántas habrán terminado en el oculista de urgencias?), sino el del lugareño (y siempre quedará la duda de si es un científico real o una persona obsesionada por alcanzar un hallazgo científico que le proyecte en la posteridad) que graba el sonido que las larvas y adultos de un escarabajo hacen en las palmeras hasta matarlas, obsesionado por aislar los ruidos y conseguir detectar un ruido de peligro que haga emigrar a toda la colonia de la zona y salvar las palmeras que rodean una zona del G.R.A., pero por todas la imagen de un monje, vestido como tal, fotografiando los vehículos que circulan por el corredor y desapareciendo del objetivo de la misma manera que ha entrado.
 
 


Vistas unas cuantas películas de Venecia 2013 no se aprecia en ésta una mayor virtud que en otras, normalmente cuando un jurado no alcanza un acuerdo mayoritario busca una solución de compromiso. No es que estemos ante una película desdeñable, pero en un festival que, fuera de concurso, exhibió la gozosa maravilla y apología de la enseñanza pública que es “At Berkeley” de Wisseman, premiar como mejor película del pasado festival a “Sacro Gra” suena a broma, a chiste o a simple chovinismo italiano, no se, son conjeturas, reflexiones ligeras al hilo de lo visto. Visto y pasar página, no como pérdida de tiempo sino como documento que lo mismo dura hora y media como podía haber durado tres o media hora ya que, este espectador no ha conseguido discernir si se trata de un producto de denuncia, un mero documento realista de un espacio o contiene una identidad temática a reseñar que no he sabido encontrar. El estreno está previsto para el 29 de agosto, ya se verá si es verdad.