viernes, 4 de julio de 2014

OMAR (Hany Abu Assad, 2013)


 
 

 
No conviene engañarnos, no estamos ante un producto de la calidad de “Paradise now”, las idas y venidas de Omar saltando el muro de la vergüenza construido por Israel para aislar a los palestinos en guetos del siglo XXI cumple, en sentido inverso, las recomendaciones de Hitchcock cuando dijo que las películas deberían empezar con un terremoto e ir en aumento.
 


Siguiendo con la tónica habitual, “Omar” es producto de la cosecha de Cannes 2013, incluso recogen las crónicas del momento haber sido objeto de ovación en su exhibición festivalera en la sección “Un certain regard”, otro fruto maduro que llega a nuestras pantallas cuando ya se han estrenado en pantalla 7 películas de las que concursaron en la pasada edición de 2014, se mantiene así, el buen ojo de distribuidores, que siguen sin darse cuenta de que el aficionado al cine está pendiente de la crítica internacional y de festivales para lanzarse a la búsqueda, legal o menos legal, de las presuntas buenas películas internacionales y que a estas alturas no quedará mucha gente que no haya visto “Omar”.





 
 
 
La película, en su propósito de evitar maniqueísmos, de evitar hacer una película de buenos y malos, cae en el error grosero de repetir tantas veces la situación que la credibilidad se hace añicos, en este sentido una historia tan simple como reflejar la verdad a través de una cámara de video como “5 cámaras rotas” proporciona mucha más emoción, realismo y verdad que todo lo que Abu Hassad nos cuenta en esta fallida película, sobre todo cuando parte de una obra tan sobrecogedora como “Paradise Now”, en la que, precisamente, lo que no falta es verismo y profundidad psicológica de los personajes, porque son los personajes los que deben proporcionar esa profundidad y no la historia la que provoque la profundidad ya que ello conduce a despeñarse buscando situaciones alejadas de la lógica de cualquier espectador crítico.
 
 
 
 

Que el poderoso no suele ser razonable ni humano ya lo sabemos, que el hombre es débil por naturaleza y el heroísmo sólo puede pretenderse hasta cierto lìmite también, que incluso es más fácil corromper y traicionar que mantener una posición coherente, pero la figura del agente doble en territorio hostil exige un mínimo de simulación, un mínimo de vida compatible con la confianza que pretendes obtener. Historia de amor y traición, la vida de Omar se transforma cuando es detenido por el ejército israelí por su actividad terrorista contra las fuerzas de ocupación,  y es entonces cuando el globo de la película se desinfla y se escapa el aire con tanta fuerza como la que se produce con la colaboración que el detenido está dispuesto a prestar para delatar al resto de miembros del grupo que atentó contra una base del ejército. Omar es puesto en libertad tras un periodo de detención, y optará por traicionar a los israelíes, opción creíble, provocando una emboscada que se salda con una acción del ejército que sorprende al comando palestino, el cazador cazado. Hasta ese momento “Omar” mantiene el pulso y la credibilidad, pero que tras este suceso, por importantes que sean los objetivos del investigador que apuesta por Omar, se le vuelva a dejar en libertad, provoca una dosis de incredulidad en el espectador, de ausencia de veracidad, de torcimiento de la historia para que cuadre la finalidad del director que todo lo que pasa después carece de interés.
 
 
 


Omar perderá amor, será traicionado por el amigo que aprovecha su ausencia para casarse con Nadia, no gozará nunca de la confianza del israelí y perderá la poca que quedaba en el bando palestino escamados de tanta entrada y salida injustificada de prisión sin juicio alguno. Tan sospechoso y manipulador como las continuas idas y venidas a través de lo alto resulta el final vengativo, si el terrorista nace o se hace no tiene sentido en esta historia, ni Omar tiene que caernos simpático ni es víctima de nada que no haya buscado, tan fútil e innecesario es ese plano final como la segunda parte de la película. Manipular la historia en busca de la conveniencia del guión solo consigue restar credibilidad al conjunto, de tal manera que el prometedor comienzo se pierde en los meandros del fin que justifica los medios, y lo que pretendía ser documento histórico se transforma en caricatura de una dura y cruda realidad. Amagando diversas posibilidades se queda a medio camino de todas, desde el thriller de cine negro al melodrama sentimental, desde el cine político combatiente al conflicto psicológico o de identidad, ninguna de las vías intuidas se termina de consolidar ni de avanzar prometedoramente, quedándose en un quiero y no puedo en medio de un escenario atroz, como si el medio fuera suficiente para rellenar el mensaje, cuando lo importante hubiera sido el mensaje olvidando el medio.