sábado, 12 de julio de 2014

LES VACANCES DE MR. HULOT (Jacques Tati, 1953)




El verano es tiempo de descanso, y si no lo tienes, no te lo puedes permitir, o no sabes dónde está, siempre cabe el recuerdo. A unos son las navidades las que le traen recuerdos de la infancia agradables, las reuniones familiares, la falta de horarios, los regalos, las comidas, a otros son las vacaciones de verano y la vuelta “al pueblo”, esos largos veranos de tres meses en los que daba tiempo para muchas cosas, sobre todo para aburrirse, o para amargarse contando los días que faltaban para volver al colegio. ¿Nadie contaba los días que faltaban una vez que agosto entraba en su segunda mitad? ¿No os entraba el agobio al pensar que ya no había más lunes de vacaciones y que ese lunes era el último de un largo verano? ¿Y esas mañanas en las que levantabas la persiana y aparecía cubierta de nubes o hacía un aire helador y tu madre decía que hoy no vamos a la piscina que hace frío? Ese aire de no hacer nada es lo que se echa de menos de la niñez, la posibilidad de cogerte la bicicleta y, como un Moretti cualquiera, recorrer tu pequeña ciudad por calles en las que nunca has estado, imaginándote perseguido por un gran pelotón al que consigues esquivar por segundos, deseando que alguien te invite a jugar un partido de fútbol en el barrio de tu abuelo aunque ya sabes que el rumor que corre es que eres un paquete y mejor dejarte de portero perpetuo a que te roben la pelota las pocas veces que la tocas.
 
 
 
 

Por eso estas vacaciones de Hulot son el compendio perfecto de un recuerdo de infancia, los míos sin playa y sin hoteles, y sin un personaje tan estrafalario como entrañable como el encarnado por Tati en esta película, tan sencilla como compleja porque todas las escenas guardan un doble sentido especial, no solo el del humor corrosivo en ocasiones o dulce en otras, que no se trata de ocultar, desde ese retrato inicial del comportamiento gregario e irracional de la masa en la estación de trenes. Tati refleja la lucha de clases, se ríe del dogmatismo marxista, expulsa ansias de vivir y refleja una sociedad que, seis décadas después, ha perfeccionado su consumismo y su necesidad de moverse para no disfrutar. El viejo orden frente a la anarquía innata de este terrorista social capaz de subvertir cualquier estabilidad de manera involuntaria, con su sola torpeza natural. Lo mismo conseguirá convertirse en deudo de un muerto por un pinchazo inoportuno como arrasará jugando al tenis sin haber tocado en su vida una raqueta, poniendo en evidencia a los “profesionales” del snobismo con su talento natural.
 
 
 
 

Hulot irá creando a su alrededor una pequeña cohorte de admiradores, escasamente visibles, poco comunicativos para que no se les identifique plenamente con el ejemplar desdeñado de veraneante. La madura anglófila encantada con las ganas de vivir de Hulot y que encuentra en él un soplo de aire fresco ante tanto “carajaula”, la joven y atractiva veraneante que ha equivocado su destino ante la imposibilidad de encontrar alguna persona vital entre tanta momia, el niño que descubre el jazz y el baile copiando a Hulot, el viejo jubilado resignado a dar paseos sin rumbo detrás de su mujer en unas vacaciones mortecinas y que, en el fondo, envidia ese espíritu libertario, esa falta de ataduras, la posibilidad de ir y venir sin dar cuentas a nadie.
 
 
 
 

¿Que en el camino destrozamos una canoa, explotamos una caseta de fuegos artificiales, estropeamos un funeral, desquiciamos a los camareros del hotel, estropeamos el descanso oficial a ritmo de gramófono? Pues a aguantarse toca, porque Hulot tiene derecho a eso y más. Hay que ser muy grande para provocar la risa con un simple ruido, con una onomatopeya, con un movimiento, sin la palabra en suma, porque “Las vacaciones….” es prácticamente una película muda, los escasos diálogos son insustanciales, tanto que ni Hulot atiende a los mismos preocupado en ir y venir con su coche tan desgarbado como él, tan renqueante como su irrepetible forma de caminar y moverse, un petardeo incesante del tubo de escape que anuncia el siguiente gag. Y por encima de todo la plasticidad de Tati, el cuerpo humano como reflejo de una personalidad, la elasticidad equilibrada del movimiento imposible al servicio del humor, inexplicable calificar el movimiento de Tati en cualquiera de sus películas, desde el cartero de “Un jour de fête” hasta el entrañable tío enfrentado a un mundo de modernidades, Tati es el ejemplar de humor inteligente y blanco, usará el doble sentido en muchas de sus imágenes, pero no usará el humor para reírse del diferente sino para plasmar en imágenes el absurdo de la vida diaria, el hombre de vacaciones permanentemente pendiente del teléfono, los bañistas encorsetados a ritmo de campana, la necesidad de formar parte de una masa homogénea para repetir los comportamientos de la vida diaria en un sitio diferente, cambiar de sitio para no cambiar de vida, no asi Hulot, para quien las vacaciones son toda una aventura cada uno de los minutos de la temporada, puede decirse que es la única persona que siente el final del verano, al igual que los niños, los únicos de espíritu libre y para quienes la aventura forma parte consustancial de su existencia, por eso la última escena en la que Hulot lanza arena a los chicos que están mohínos pensando en el regreso es un elogio de la infancia, el único momento de despreocupación real de la vida, aquél en el que vives para jugar y disfrutar, donde tienes la mente llena de proyectos, de anhelos, de imágenes de futuro, donde todavía la malicia está por desarrollar y los reveses de la vida han sido escasos y, normalmente nada traumatizantes. Hulot, deberías encender otro fuego artificial en plena reunión del consejo de ministros, así se nos quitaría la cara de miedo que nos atenaza todos los viernes, como el rayo que no cesa y el abrazo que nos estrangula, apenas si nos queda la risa, pero es tan complicado hacer reir con inteligencia que, para inaugurar las vacaciones nada mejor que estrenarlas con Mr. Hulot.