jueves, 3 de julio de 2014

CONCUSSION (Stacey Posson, 2013)



El mito de los falsos “nuevos 30”

Si “Los chicos están bien” de Lisa Cholodenko, jugaba a la historia enrollada de madres lesbianas modernas repitiendo papeles de aparente modelo heterosexual paternalista trasladado a una pareja de mujeres donde una ejercía el rol dominante desde un punto de vista eminentemente masculino, “Concussion” aborda una historia de relación de pareja desde el abatimiento y el aburrimiento de la repetición y de la sucesión de días rutinarios, una historia de mujeres y de solo mujeres, sin feminismo ni femeneidades, es una historia de vida.
 
 

Es posible que todo eso del amor verdadero, la pasión perpetua, las mariposas en el estómago, el nervio de la cita, el chispazo que amaga y conduce a desnudarse no sea más que un invento literario para vender  o un invento religioso para mantener una feligresía impedida de manifestar lo contrario sin riesgo de ser señalada  y estigmatizada, pero en “Concussion” no hay dobleces, Abigail (Abbie) necesita respirar, y así se lo dirá al final de la película a su esposa, “salí a respirar”, cuando su esposa, recíprocamente le contesta “yo no quiero a nadie”, “ya lo se” dice nuestra protagonista.
 
 

Se acabó el amor y se acaba el tiempo, esos vendidos y publicitados “nuevos 30” no dejan de ser un camelo posmoderno para que los que hemos entrado en la cuarentena creamos indefinidamente que nuestro cuerpo se va a mantener joven, nuestras ganas de sexo imperecedera, nuestro rostro terso y nuestros músculos duros, nuestro vientre plano y nuestros glúteos como rocas. Ja y ja, pasados los 40 hay un reloj interno que cada día que pasa suena más fuerte, que hay días que te despierta con un toque de angustia pensando que andas en declive, que tu cuerpo ya no responde, que mirarte al espejo hace tiempo que dejó de ser un  acto narcisista para convertirse en un ejercicio masoquista. Y Abbie lo sabe, por eso lucha contra ella misma, contra el tiempo, contra esos hijos propios  y añadidos de un pasado heterosexual, por eso necesita ser Eleanor, para salir a respirar.
 
 
 

Si tu pareja se queda dormida mientras practicas sexo, si tu hijo te descalabra con una pelota de béisbol, si tu reflejo en el espejo es una montaña de ropa por planchar y colocar, o te inventas otra vida o entierras en vida, y Abbie se transforma en Eleanor, cansada de esperar en casa, harta de clases de spinning y running, manteniendo un cuerpo atlético y ansioso de sentir, porque pasados los 40, o pagas por el sexo o las opciones son escasas, sobre todo en comunidades cerradas donde todos se conocen y la condición lésbica reconocida hace que las mujeres con las que se rodea siempre mantengan un discreto metro de distancia por si lo que parece amistad se confunde con otra cosa. Abbie comienza pagando para tener nuevas experiencias y acostarse con cuerpos jóvenes y espectaculares, no poder mantener el coste de las tarifas le replantea la posibilidad de transformarse ella misma en prostituta a tiempo parcial.
 
 
 

Del modo en que intenta reconstruir o construir una nueva vida paralela en una dimensión distinta, Abbie compra apartamentos en Nueva York para revenderlos tras rehabilitarlos y expresar sus dotes artísticas y de interiorismo, y al tiempo que reconstruye casas, reconstruye su vida, aunque sea vendiendo su cuerpo a mujeres tan desesperadas como ella, solo que Abbie vive esos encuentros venales como una alegría de vivir, retomando sensaciones de sensualidad olvidadas, en relaciones donde puede tomar el mando o ser dominada, expresarse sin remilgos y sin tabúes, ser sumisa o violenta, apasionada o delicada, todo lo contrario de lo que puede hacer en su propia casa. “Fóllala de vez en cuando” le dice una de las madres a la esposa de Abbie, como diciendo, si os alejáis, que sepas que no es culpa solamente de Abbie.
 
 
 

Todas las vidas paralelas son finitas, hay momentos de despegue emocional o de autoconvencimiento de que realmente podrás compaginar ambos estados indefinidamente, pero un desliz, un cambio, una conversación, te conducen a la realidad, o te quedas o te vas, pero eres consciente de que esa otra vida tiene poco de real aunque te guste más que la del día a día, somos por naturaleza insatisfechos y caprichosos, el cariño en casa y la pasión fuera, la complicidad cerca y la lujuria sin el compromiso en otro espacio, Abbie tiene que abandonar a Eleanor y volver a Abbie, no sabemos si las tareas quedarán mejor repartidas, lo que está claro es que entre Abbie y su mujer no hay amor, hay cariño y costumbre, una forma sumisa de encarar el paso del tiempo, una resignación en la que se renuncia a la mujer verdaderamente deseada pero en el que se ha descubierto la posibilidad de un cómplice para siempre y has gozado con cuerpos que no imaginabas, has cobrado y te lo has gastado en quien te gustaba, lo comido por lo servido. Como dice la película, a partir de los 40 tienes que escoger entre tu cara y tu culo, quizás sea mejor escoger la tranquilidad, pero te aseguras el aburrimiento como Abbie.