domingo, 27 de julio de 2014

BLOW UP (Michelangelo Antonioni, 1966)


BLOW UP (Michelangelo Antonioni, 1966)
 


“El ojo que ves no es

  ojo porque tu lo veas

  es ojo porque te ve” Antonio Machado

 
 


Como apunté ya en otra reseña descubrir tarde a Antonioni tiene la ventaja de asumir sus imágenes con otra perspectiva de mayor formación, de vivencias personales, de mayor capacidad de análisis y de capacidades para enfrentarse a un lenguaje cinematográfico diferente y difícil. Cuentas con el hándicap de perder espontaneidad porque a todo intentas encontrarle cierta explicación, mientras que en la juventud puedes tender a pretender entender lo que ves como lo ves, sin dobles intenciones, pensando, equivocadamente, que te encuentras ante un cine que cuenta una historia sin ramificaciones, sin presencias invisibles, sin dobleces. Y en el fondo Blow Up habla de lo que no ves,  bien por falta de interés, por falta de capacidad o porque el árbol no te deja ver el bosque. Decía el propio Antonioni sobre esta película que “cuando se utilizan ampliadoras pueden llegar a verse cosas que, a simple vista, sería imposible captar…. El protagonista de Blow Up es un fotógrafo, no un filosofo, quiere ver las cosas más de cerca, pero lo que sucede es que, al ampliarlas demasiado, el objeto se desintegra y desaparece, por lo tanto hay un momento en que asimos la realidad, pero eso momento pasa. Éste es, en parte, el significado de BLOW UP”
 
 
 
 


Segunda película en color de Antonioni tras “El desierto rojo”, es la primera de sus películas rodadas fuera de Italia, fuera de su Emilia Romagna natal, y no deja de resultar chocante ese cambio de idioma y de escuela de actores, pero Antonioni, esteta depurado y puntilloso creador de ambientaciones para sus películas entendió que esta película debería rodarse en el Londres del “swingning London”, el Londres de moda, el Londres de los 60, en plena ebullición económica y financiera superada la crisis postbélica, y en plena efervescencia creadora cultural. Imaginar lo que Antonioni conseguiría fotografiar ahora con las cámaras actuales y los tratamientos digitales de la imagen y el color causa vértigo con la simple comparación con lo que logra en este Blow Up en cuanto a composiciones estéticas de color, formas y erotismo en las sesiones fotográficas en el estudio del fotógrafo protagonista de la historia.
 
 
 
 


Para romper con la realidad, y mostrarnos una primera declaración de intenciones, una trouppe de personas vestidas y maquilladas como mimos circulan en un jeep por las calles de la City armando alboroto, para posteriormente deambular por la ciudad mezclando el mimo con el ruido, algo que, en principio , resulta incompatible con la condición de mimo. Sucede una escena de unos trabajadores abandonando una fábrica como si se tratara de la salida de una fábrica de la era de la revolución industrial, cabizbajos, agotados, sucios, con ropas viejas y usadas. A continuación uno de esos trabajadores aparece vestido a la última y conduciendo un descapotable de lujo con el que deambula por la calles de Londres hasta su estudio, donde comienza a trabajar con una modelo que espera resignada, y a la que, literalmente, hace el amor con la cámara. Este personaje, sin nombre en la pantalla, aunque según declaraciones del propio Antonioni se llama Thomas, no tiene un momento de reposo a lo largo de la película, ya sea trabajando, ya sea seduciendo, ya sea conduciendo, comprando una hélice de un avión, intentando comprar una tienda de antigüedades, tomando café, buscando la imagen que defina el Londres con la que quiere culminar el libro que está a punto de editar, visitando gente….. no para, es un cuerpo en permanente movimiento a la busca de algo que desconocemos, su objetivo o finalidad nos es desconocida, seguimos al personaje, a veces con planos subjetivos y otros en los que el propio Thomas participa de la escena, hasta que se produce un punto de inflexión, el que supone la visita del fotógrafo al parque Maryon, y allí cree encontrar la foto definitiva, una pareja que deambula por el parque en total intimidad y amparados en la ausencia de gente, parecen haber quedado allí para tener un encuentro clandestino, y Thomas, intentando no ser visto, saca las fotografías de lo que su ojo ve en ese momento, un juego de seducción entre un hombre y una mujer que termina cuando la pareja advierte la presencia del fotógrafo y la mujer se dirige a él para reclamarle el carrete, Thomas aprovecha la situación para pretender mostrar su superioridad y su situación de poder derivada de la posesión de algo que, captado por su cámara, alguien desea. “Nunca me has visto” le dirá  Vanessa Redgrave a David Hemmings antes de desaparecer del lugar, pero cuando el fotógrafo quiere darse cuenta a la única que ve marcharse del lugar es a la mujer.





No es hasta cuando empieza a revelar las fotos cuando Thomas advierte algo extraño que no cuadra con lo que él ha creido ver, lo que ha pensado una pareja de amantes, de enamorados o de amor clandestino queda en entredicho observando la cara de los protagonistas, comienza entonces a ampliar sucesivamente las fotografías, y cuanto más amplia más se diluye y difumina la realidad de lo que creyó ver, apareciendo entre el follaje la sombra de un hombre apuntando con un arma y posteriormente la silueta de un hombre caido en el suelo. Pese a no verlo, Thomas ha sido testigo de un asesinato, lo que él ha visto no es lo que ha sucedido, y es éste el tema central y fundamental de la película, basada en un cuento de Cortázar, “Las babas del diablo”, donde el escritor dice “creo que se mirar, si es que algo se, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más fuera de nosotros mismos …… si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible, basta elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena”.






La escena del parque, en un sepulcral e irreal silencio tratándose una gran urbe como Londres, y sólo roto por el viento que mueve las hojas, desmonta la actitud vital del fotógrafo, quien hasta ese momento confiaba en su ojo y en cámara se ve enfrentado con la realidad que no ve, o mejor dicho, con la irrealidad en la que vive, enlazando con el recurrente tema de Antonioni, la incomunicación, pues descubierto el crimen, será incapaz de ser tomado en serio por ninguno de sus conocidos, mucho más cuando las fotos desaparecen tras mantener un encuentro erótico con la mujer del parque, que acude a su estudio, y posteriormente con dos mujeres que acuden a su estudio para ser fotografiadas por el artista de moda. Thomas será incapaz de encontrar a alguien que crea su historia y seguirá su deambular sin rumbo por el Londres de moda (traducción de ese Swinging London) con concierto de los Yardbirds incluido, por perder hasta perderá el cuerpo del muerto que llega a ver en otra escena donde el fotógrafo acude al parque, de noche, con el mismo silencio, para contrastar que lo que ha creido ver en las fotos ha sucedido de verdad. La película termina en el parque, otra vez con la trouppe de mimos, con el mismo escándalo, rompiendo el silencio absoluto del parque y jugando una partida de tenis sin pelota y si raquetas, comportamiento que Thomas observa con curiosidad y cierta displicencia pero del será partícipe cuando un golpe demasiado fuerte lance la bola por encima de la verja que rodea la pista y uno de los jugadores mimo le reclame la pelota. Thomas ya ha advertido que aunque él no vea la bola eso no significa que no exista pues nuestra comprensión de la realidad no es idéntica a lo que estamos viendo pues lo que vemos, como se ha demostrado, no es todo lo que sucede, y una vez que Thomas devuelve esa bola imaginaria para él, la película termina.
 





 
 

 
La idea de la película, que Antonioni toma de un relato de Cortázar, tiene su base real, Sergio Larrain, fotógrafo chileno, que inmortalizó a Neruda en La isla negra, tomando una vez fotos a escondidas a una pareja de amantes, al revelarlas toma conciencia de haber sido testigo de un crimen, circunstancia que contó más tarde a Cortázar y de la que éste extrajo el material de arranque para su cuento. Al ampliar la realidad, la deformamos y podemos contar con diferentes realidades según el punto de vista, ya no podemos estar seguros de lo que vemos ni de que nuestra realidad sea lo que estamos creyendo ver, sabíamos que podía haber tantas realidades como personas, ahora tomamos conciencia de que nuestra realidad es parcial porque no lo vemos todo en el mismo momento. Del relato o de la película se obtiene el perverso mensaje de ¿porqué contar nada si no se puede llegar a la realidad? Si ésta es inasible para el ojo humano y la realidad no puede contarse con certeza, todo puede ser mentira o todo puede ser verdad, incluso puede haber una multitud de verdades simultáneas y concurrentes de un mismo hecho. Decía Antonioni que “Mi problema en Blow Up era el de recrear la realidad de una forma abstracta, quería discutir la realidad presente, éste es un punto esencial en el aspecto visual de la película, dado que uno de los temas principales de la película es ver o no ver el valor exacto de las cosas”
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Otro aspecto a destacar, y no menor, es la banda sonora, usada no como una sucesión de canciones sino como verdadera música incidental , al servicio de la historia, banda sonora creada por Herbie Hancock a petición del cineasta, amante del jazz, y que supuso un mazazo inicial para el músico, pues al ver la proyección de la película se sintió manipulado al no aparecer completas sus composiciones, y tras llamar al cineasta para pedir explicaciones éste le contestó “la usé como sentí que tenía que hacerlo”, tras colgar el teléfono Hancock recapacitó, reconoció que fue a ver la película para escuchar su música y no para ver las imágenes, y tras volver a llamar a Antonioni se disculpó, “ es cierto, tienes razón , es cine, lo siento, esta lección no la voy a olvidar nunca”. Antonioni no se deja capturar por la música del London swinging, la historia no pide continuamente música de los Rolling, de Beatles, Who, Cream o Pink Floyd, a excepción de una canción de los Yardbirds con un irreconocible Eric Clapton, la música que escuchamos es la de jazz, que encaja como un guante en este mundo irreal de la moda, la fotografía y el amor, porque lo que nos enseña Antonioni es a no creer en nada y a buscar las multiples verdades de las cosas