domingo, 1 de junio de 2014

VIVA LA LIBERTÁ (Roberto Andó, 2013)


 

Nadie consigue lo que quiere, siempre faltará o echará en falta algo o a alguien, unos simularán otras vidas hipotéticas para huir de la realidad, a otros les vendrá bien el engaño y la mentira, para algunos, los menos, hacer lo que en cada momento crean conveniente puede ser una forma de vivir sin pensar en las consecuencias, y para la mayoría, vivir con miedo, es una forma de seguir viviendo. Del miedo habla esta película, menor si se quiere, anecdótica en muchos momentos y fugazmente resuelta, del miedo a ganar y a ser como uno quiere ser, olvidándose de esquemas preconcebidos. Para eso nada mejor que ilustrar en imágenes la teoría del “döppelganger”, en esta ocasión nada fantasmagórico y muy real, aparecido sin invocaciones ni sorpresivos encuentros.



 

Enrico Oliveri es un alma en pena, abrumado, incapaz de levantar a un partido mortecino y macilento, uno de estos partidos socialdemócratas que se arrastran por el escenario político de la vieja Europa encaminados a su irrelevancia, fagocitados por el propio discurso de la derecha, absorbidos por una cultura capitalista que ha hecho confundir su discurso con el de cualquier neoliberal. Si había que pedir lo imposible, la socialdemocracia ha renunciado hasta a lo necesario, y el desafecto es evidente. En vísperas de unas elecciones, y consciente de su derrota sin paliativos, hundido en las encuestas, cuestionado en su partido, sin capacidad de reaccionar ante los calificativos de sus seguidores, Enrico decide desaparecer, como el papa de “Habemus papam” de Moretti, de la noche a la mañana, fingiendo una enfermedad imaginaria pero cierta, porque la verdad es que el espíritu de Enrico está tremendamente enfermo, abandona su puesto.




 

Mantenida la huida en silencio, bajo la apariencia de ingreso hospitalario, el secretario se desvela buscando una solución ante la debacle, y ésta aparece de manera inesperada en la figura de  Giovanni Ernani, el hermano gemelo de Enrico, la última persona a la que el propio Enrico acudiría en caso de urgencia porque entre ambos se mezcla el pasado más doloroso, el que ocurrió en Cannes 25 años antes entre una actriz y un joven aficionado al cine, el propio Enrico, y su hermano Giovanni.




 

25 años después Enrico vuelve al lugar donde el miedo le hizo fracasar en una ocasión, sólo puede refugiarse en París, apareciendo sorpresivamente en casa de aquel amor latente interpretado por Valeria Bruni (ay Valeria), casada con un director de culto y con una hija, Valeria se transforma en refugio, en su momento Enrico tuvo miedo de amar, o de compartir amor y prefirió huir, ahora regresa pidiendo ayuda. Mientras, Giovanni, enfermo psicótico, idéntico físicamente a Enrico, suplanta al presidente del partido de la oposición y empieza a decir las verdades que todo el mundo quiere oir y nadie está dispuesto a decir. Usando a Brecht enardecerá a las masas en un mitin, quitará la careta de los medios de comunicación “independientes”, dirá a la cara a sus compañeros de dirección cuáles son sus bajezas e infidelidades, en definitiva, encarará un camino que a él no le corresponde, porque está haciendo lo que su hermano, por miedo, no se ha atrevido a hacer, siendo ambos prácticamente iguales en forma y en contenido.



 

La libertad del político se transforma en libertad para dejar de tener miedo y querer ganar unas elecciones o acostarse nuevamente con el amor del pasado. La terapia que necesita Enrico se la proporciona, en la distancia, el propio Giovanni, como dos caras de un mismo héroe, eros y tánatos, comedia y tragedia. Ninguno de los dos va a curarse definitivamente, pero ambos van a reencontrarse sin verse, y ambos desaparecen antes de que su aparición cree daños irreparables a las mujeres con las que han coincidido en esos días. Quizás no todo el miedo haya sido superado, pero en un espléndido plano final, el rostro de Tony Servilio nos revela que algo ha cambiado, se necesita un poco de locura, de alegría de vivir para superar las adversidades, Enrico sabe lo que hace Giovanni para cautivar a la gente porque ha leído su libro, esa progresión del rostro del actor en el último plano es un ejemplo de mutación sin par, sin mover nada más que los músculos de la cara, un rostro avejentado y sombrío se transforma en la esperanza, la esperanza que todos necesitamos para acabar con tanto miedo que nos rodea.





http://cineuropa.org/ff.aspx?t=ffocusvideo&l=es&tid=2574&did=257268

Puede resultar evidente que esta película sin Toni Servilio no resultaría, siendo asi también es posible que si desapareciera el actor la película ni hubiera sido rodada, pero es tal el espectáculo interpretativo que esa sola aparición bipolar ya merece el precio de cualquier entrada, a ser posible en versión original, las voces y la forma de hablar importan y mucho en una película donde la palabra es muy importante, Tony Servilio  y Valeria Bruni Tedeschi, ¿alguien puede objetar algo a una pareja como ésta?


 
 

Coda final. Señor@s del PSOE, pueden verla, así, quizás, consiguieran romper ese ombliguismo taciturno que les acompaña en los últimos 5 años, quizás ilusionaran a alguien si se mostraran realmente cercanos y abandonaran papeles escritos por otros y se lanzaran a hablar con la cabeza y el corazón, sino, el futuro estará en la libertad, porque el final es posible que si podamos. Que la música sea “La forza del destino” no deja de ser un mensaje
http://cineuropa.org/ff.aspx?t=ffocusvideo&l=es&tid=2574&did=232999