lunes, 2 de junio de 2014

POST TENEBRAS LUX (Carlos Reygadas, 2012)





 
Si, otra vez, con dos ediciones de retraso, recién acabado Cannes 2014, llega el premio del Jurado de la edición de 2012 al mejor director. Sobran las palabras por repetidas.
 




Todo aquello que pueda aparentar caos, falta de guión, relato incomprensible y que, además, ni conmueva ni perturbe, ni haga pensar, es un fracaso absoluto del creador. Si, como ocurre en el cine de Reygadas, cada película abre múltiples campos de reflexión, establece puntos de partida personalísimos en los que es el espectador quien debe buscar soluciones y respuestas, podremos criticar el estilo o la forma, pero no decir que el relato carece de sentido.
 





Escuchaba esta semana una frase que se ajusta al cine de Reygadas muy bien, “escandalizará a los que siempre se escandalizan”, o aburrirá a los que siempre se aburren, o no interesará a los que desde siempre buscan en el cine una historia con presentación, nudo y desenlace convencionales. La película tiene presentación y desenlace, y obviamente hay nudo, que el relato no sea lineal ni comprensible sin esfuerzo no tiene que ser algo negativo, es la consecuencia lógica de nuestra costumbre a disfrutar solamente de lo fácil y predigerido. Si así fuera como canon estético, nadie disfrutaría con el Ulises de Joyce, las magdalenas de Proust, los cuadros de Rothko, el dodecafonismo de Berg o la danza de Pina.
 

 
 
 


Por propia necesidad o por “épater les bourgeois”, Reygadas crea un tipo de cine que oscila desde el feismo al esteticismo, desde el erotismo al sexo explícito, de la pobreza al mundo económicamente dominante sin transición alguna. “Post tenebras lux” lleva más optimismo en su título que en su visionado, pero basten los dos primeros planos secuencia con los que la película se inicia, para sentirse conmocionado e intrigado con lo que se observa. Durante los primeros minutos vemos a una niña, muy pequeña, sola, en un prado, rodeada de perros y animales, disfrutando de la vida y del descubrimiento de todo lo que la rodea. Los minutos pasan y la luminosidad del día va desapareciendo hasta la penumbra, según pasa el metraje lo que inicialmente parecía algo tranquilo, relajado, inane, pastoril, se torna amenazante, la falta de luz introduce el elemento de abandono y desamparo que, a plena luz del día no advertíamos, los animales, sin cambiar de comportamiento, tornan de afables y amistosos a amenazadores, las risas de la niña (la propia hija del director), se transforma en gemidos y sonidos de miedo, el cielo se oscurece al tiempo que se oyen los primeros estruendos de la tormenta que avanza.

 




El siguiente plano es aún más sugerente y enigmático, un plano fijo, una casa a oscuras, la noche en la que dormimos, y una puerta que se abre mientras un resplandor rojo empieza a anunciar una presencia que se hace visible. Un diablo refulgente, portando una maleta, llega  a la casa, como si volviera de trabajar y regresara tras una dura jornada, su caminar es encorvado y lento. Agotado pero constante, el diablo va inspeccionando habitación por habitación, abre la puerta del dormitorio donde una pareja duerme desnuda, se da la vuelta y se encuentra en el dormitorio de los niños, uno de ellos, probablemente la misma niña que hemos visto minutos antes en el prado, levantada, mira cara a cara a este diablo sin ojos, que, finalmente, decide pasar la noche en el dormitorio de los adultos. Fin de los primeros e intensos quince minutos de película, ya tenemos la tesis presentada, la infancia como ámbito de juegos y descubrimiento, sin maldad desarrollada, y la etapa adulta como ejemplo de todos los demonios interiores que nos acosan, como momento vital en que toda nuestra maldad es capaz de salir a flote y manifestarse.
 


 
 

Veremos el amor por los hijos y el odio y la ira explotando en quien,  minutos antes, jugaba con los pequeños, las adicciones del mundo moderno, sean las drogas, el alcohol o el sexo cibernético, la rutina y el cansancio de pareja, una bajada a los infiernos de la clase alta en un club de intercambios en plan “Eyes wide shut”, el racismo latente en el Méjico actual, la violencia sin sentido, lo poco que vale la vida humana en cualquier lugar del mundo, y la soledad de dos niños ajenos a lo que ocurre a su alrededor pero permanentemente amenazados por la tormenta.
 


Si después de la tormenta viene la luz, en esta película hay que dudarlo, porque después de la tormenta esos niños alcanzarán la madurez y se tornarán en seres peligrosos como alguno de los adultos. Desde el joven conocido del matrimonio que aprovechará la circunstancia para desplegar la acción más injustificada hasta el terrateniente que quiere talar los árboles sólo por maldad y perjudicar a sus vecinos, la luz no termina de brillar en esta película, no hay reposo para ser optimistas, y supongo que menos aún desde el México actual. Al riesgo de la historia, que mezcla elementos de realidad con ficción, se une el riesgo formal de la imagen, Reygadas nos obliga a mirar de frente, a no perdernos en los fuera de campo o en acciones en segundo plano, las lentes de su objetivo distorsionan lo que no queda en el centro de la imagen, no hay nitidez nada más que en el espacio central de la pantalla, como si nos dijera “no se pierdan por las ramas, vayan al centro de la historia, lo que les cuento está delante de sus ojos, no busquen raras intenciones”.





Reygadas continúa aportando nuevas ideas a su cine, celebremos la existencia de francotiradores de la imagen.