miércoles, 18 de junio de 2014

FLANDRES (Bruno Dumont, 2006)


 
“Mi trabajo no es hacer películas bellas, es provocar al espectador” B. Dumont.

 


El cine de Dumont no es fácil ni complaciente, no es comprensible en muchas ocasiones, ni te deja respuestas fáciles de encontrar, sus personajes aparentan un aislamiento que les transforma en individuos ajenos a la comunidad. En Flandres la personalidad de todos ellos se desarrolla con la aparición de la guerra. La quietud o parálisis de la vida en la calma del campo, en la rutina del día a día, en la falta de compromiso que aparentan Demester y Barbe, sufre una transformación absoluta cuando la vida deja de tener valor y cuando, sin transición, pasamos de ser seres civilizados a luchar por vivir y por matar. Civilizados o autistas, porque el frío del paisaje no es sino reflejo del frío carácter de la pareja protagonista y sus acompañantes.
 


El frío envuelve la primera parte de la película, el frío del otoño e invierno de una localidad francesa, no flamenca, porque hablan francés, pero tampoco identificada (Flandes puede referirse tanto al lugar de la posterior batalla como al lugar de residencia de los protagonistas, de hecho es la localidad natal del director la que se ha usado para el rodaje de la parte “europea” de la historia), utilizar Flandes nos remite a Waterloo, a las Ardenas, a los tercios en Rocroi, escenarios bélicos destinados a la muerte y a la barbarie de la civilizada Europa. Un frío que se extiende por la forma de ser de los personajes, conversaciones carentes de empatía, ausencia de mecanismos afectivos, frío como el sexo que practican Deméster y Barbe, frío como las reacciones de Deméster cuando Barbe se acuesta con otros hombres en plena cara de Deméster. Incapaces de hablarse y de expresarse sus sentimientos, su relación juega a la ruleta rusa, si no me dices que me amas haré lo que quiera en cada momento hasta que te decidas, parecería ser el mensaje a transmitir.
 


En esos paisajes heladores, embarrados, neblinosos, Deméster y otros dos compañeros de la localidad se enrolan en el ejército para ir a la guerra. ¿Porqué? ¿para qué? Ni Dumont nos lo cuenta ni podemos aprehenderlo, esa frialdad que nos ha rodeado se mantiene en las reacciones de los personajes. Ahora la película entra en conexión con aquella “Beau travail” de Claire Denis, los personajes abandonan el frío y el convencionalismo de la vida de provincias para aparecer en pleno país cálido, en un desierto igual de inhóspito que su región de origen, pero donde no hay reglas que salvaguardar, es la vida lo que está en juego, la vida y la propia naturaleza humana. La aparente apatía de los campesinos se transforma en violencia, nada más llegar asistimos a una pelea entre uno de los franceses que acompañan a Demester con otro soldado negro, tampoco sabemos el porqué, hasta parecería que nos encontramos con un simple reto “masculino” para marcar el territorio, hombres fuera de su entorno que se comportan en pleno estado de naturaleza, la ley del más fuerte.
 



Mientras los soldados sufren su transformación particular en un país del Magreb o de Oriente Medio, Barbe sufre la suya mientras espera, espera noticias de dos de los hombres que se han ido, más del segundo, del rival de Demester, el último hombre con el que Barbe se acostó cuando Deméster dijo que “no somos novios, es una amiga”, frase lacerante para Barbe y equívoca y hasta falsa para Deméster, pues provoca el flirteo de ella con el tercero y la imposibilidad de reacción de Deméster porque ha sido él mismo quien ha despreciado la relación que tiene con la chica, teniendo que soportar la humillación de ver a Barbe haciendo el amor con el recién conocido. En esa espera de noticias Barbe se va desequilibrando, como les ocurre a los soldados, Barbe se vuelve violenta, imprevisible, desquiciada, aborta para no sentirse atada a ninguno de los dos hombres aunque le dice al rival de Demester que el hijo que espera es suyo, al mismo tiempo los soldados comienzan una escalada de salvajismo que les lleva a la muerte, víctimas de una emboscada, reaccionan matando niños, violando mujeres, asesinando a sangre fría a los habitantes de la zona. Barbe y los hombres de su alrededor se descompensan en la soledad, ni contigo ni sin ti, pero esa descompensación saca a la luz la verdadera naturaleza interior del género humano. Cuando sean capturados por un grupo de combatientes enemigos sufrirán las mismas penurias, sólo Deméster y su rival se salvarán porque fueron los únicos que no dispararon a sangre fría ni violaron a la soldado enemiga, incluso conseguirán huir cuando ataque el ejército francés el campamento enemigo, pero en esa huida el rival será herido, y en la duda entre ayudarle y morir los dos, o huir, Deméster huirá, en esa dualidad no sólo valora su propia vida, sino la posibilidad de deshacerse del rival que le separa de Barbe. Ejecutado el herido, el único que regresa a “Flandres” es Deméster, inicialmente rechazado por Barbe, con la mirada ausente y alejada de la amiga de Barbre, France (¿es el silencio de Francia ante las actuaciones inapropiadas de sus ciudadanos dentro y fuera del pais? ¿es el silencio cotidiano de todos nosotros ante la cantidad de desmanes a los que asistimos bajo cobertura legal?), el final de la película retorna a la relación inicial entre ambos, en este caso, aun cuando el sexo siga siendo mecánico, frío, más necesidad física que demostración de amor, algo ha cambiado, los dos se hablan y se miran, hemos empezado a notar algo que se parece a una cosa que se llama amor, quizás la única razón por la que Deméster lucha por volver a Flandres y Barbe sale de la clínica psiquiátrica, una segunda oportunidad que vuelve una vez que se ha conocido el horror, un reencuentro con la vida al vivir la experiencia extrema de la muerte, como si el grado de abstracción e insensibilidad humana sólo permitiera disfrutar de lo que se tiene una vez conocido que hay cosas mucho peores que vivir en Flandres, por eso André Deméster usará el “je t,aime, je t,aime…” como una letanía liberadora, una oración atea para salvarse de la perdición del género humano.
 



“Al personaje de Flandes, Demester, a pesar de su rudeza y de las relaciones sexuales con Barbe tan inexpresivas, le salva el actor, Samuel Boidin, con su mirada limpia, con la sinceridad que transmite y esa apariencia de buena persona. Si el actor fuera un tipo que trasmitiera maldad ¿se hubiera cargado al personaje?

Es lo que buscaba, que el espectador lo salvara. En esta película lo que buscaba era una lucha entre el espectador y el personaje y es el espectador el que tiene que salvar al personaje. Incluso si este personaje es malvado es el espectador el que tiene que juzgar.” Extracto de entrevista en el blog “También los cineastas empezaron pequeños”
 




La película huye de la belleza de manera consciente, no hay composiciones estéticas ni esteticistas, hay humanismo pero no humanitarismo, no hay concesiones gratuitas ni explicaciones morosas, no hay voces en off que ayuden a entender la psicología de los personajes, ni largos diálogos explicativos para películas de sobremesa, hay un relato duro, lleno de aristas, como los esclavos inconclusos de Miguel Ángel, la película no está pulida ni perfeccionada, es ese el mérito de la misma, dejarnos obstáculos en el camino para que rellenemos las elipsis, las historias medio contadas, los personajes apenas bosquejados, las situaciones aparentemente absurdas (ese helicóptero que rescata a los muertos y deja a los vivos, ese ataque al poblado sin preocuparse del rescate, esa presencia francesa en territorio hostil, esa promiscuidad de Barbre que no es tal sino una declaración de amor no correspondida), un cine minoritario pero necesario, un cine de personajes y no de historietas, un cine que nos ofrece lo que es Europa y nos hace preguntas para que nos las respondamos.