jueves, 12 de junio de 2014

EN LA CIUDAD DE SYLVIA (José Luis Guerín, 2007)


 
 
 

A nadie que me haya leído antes le sorprenderá que vuelva a reiterar mi admiración por el cine y el discurso artístico de José Luis Guerín, y del mismo modo que vuelvo a sus películas, textos, conferencias cada cierto tiempo, prácticamente todos los años vuelvo a ver su ciudad de Sylvia, con un complemento perfecto en sus “Fotos en la ciudad de Sylvia”. ¿porqué ésta es mi película preferida del director? Supongo que por razones íntimas, existen las películas que, más allá de su incontestable calidad, producen efectos interiores mucho más profundos que otras, hay historias en las que la vida personal te identifica más con lo que ves en pantalla, y con independencia del mensaje más o menos explícito de las imágenes, uno las incorpora a sus vivencias personales de manera individual y sin poder transmitirlas a quien no las siente tan cercanas, pensar que al girar la esquina, o al pasar por delante de su portal, vas a ver la imagen deseada no es ninguna tontería, si acaso no deja de ser el reflejo de una frustración íntima, pero los sentimientos pueden llegar a ser muy cobardes cuando hay que expresarlos.
 

Hora y veinte de metraje, dos personajes, una cámara recorriendo una ciudad, tres noches y la práctica totalidad de su desarrollo en exteriores, sabemos que es Estrasburgo porque nos lo cuentan los que lo saben, pero en la película no nos lo dicen, es la ciudad de Sylvia (Sylvie, mejor dicho), la ciudad bella porque en ella se encuentra una obsesión de juventud, un  rostro y una presencia que nos ha marcado tan íntimamente que, en todas las mujeres que vemos, buscamos el reencuentro con esa imagen perdida, hasta que creemos reencontrarla.
 
 
Respecto a su película dice el director Mi primera motivación era ir a ver mujeres maravillosas. Claudia Cardinale, por ejemplo. Me aprendí su nombre antes que el de Luciano Visconti, que resultó ser el tipo que filmaba a Claudia Cardinale. Son recuerdos inolvidables: sus gestos, sus miradas, que tienen que ver con la cualidad del cine como retrato. El cine tiene ese gusto por el retrato. Cuando evoco películas, lo primero que me viene a la memoria es un rostro, una mirada, un gesto. Y a la hora de abordar En la ciudad de Sylvia, estuve pensando que el enigma más grande que tiene el cine, su movimiento más enigmático, es un cambio de expresión en un rostro. Esa es su especificidad, que nunca podrá ser reemplazada por imágenes creadas por ordenador. Decidí construir una película sobre ese principio.”
 


No en balde, el protagonista de la película es pintor, o sabe dibujar, que puede que no sea lo mismo, porque parece que también escribe, un pintor de estética mosqueteriana y que recuerda al autorretrato de ese sorprendido Courbet que nos mira directamente en su cuadro. Acompañado de su bloc de notas, pasa el día tomando bocetos y apuntes, los apuntes de una obsesión amorosa idealizada, la de una chica a la que conoció un día en un bar y a la que no ha vuelto a ver, ha retornado a esa misma ciudad con un objetivo, recrear a la verdadera Sylvia cuyo rostro no deja de ser un enigma, un apunte en la memoria cuyos rasgos se han ido difuminando de tal manera que en todas esas mujeres que cruzan por la pantalla hay algún detalle que le atrae, un gesto, una pose, una sonrisa, una caricia, un beso. Haciendo esos bocetos no hay posibilidad de rellenar los rostros de las mujeres, quedan las siluetas, las sombras proyectadas por un momento de luz del pasado que, en el presente, han desaparecido. Vivir del recuerdo tiene el inconveniente de creerse los cambios que provoca el paso del tiempo, una cara ¿era así o nos hemos creído que era así? Ese cuerpo ¿andaba así o nos hemos ido creyendo que andaba así?
 



La película se inicia con un deseo, avanza con una creencia y termina con una decepción. Él está en una habitación de hotel, sentado en la cama, dibujando y escribiendo, a la vista los elementos del recuerdo, esos dibujos incompletos que le impiden avanzar y una hoja de ruta, un posavasos del bar “Les aviateurs”, y un plano de la ciudad. Asistimos al preámbulo de un viaje, de una aventura, un explorador moderno en una ciudad casi desconocida a la búsqueda de una mujer. Es una película caminada, andada, urbana y contemplativa. El artista reproduce lo que debieron ser los puntos previos que le llevaron a conocer a Sylvia, si es que ésta llegó a existir realmente y no estamos ante la imaginación enfermiza del protagonista obsesionado con la búsqueda de la belleza ideal. Por eso recorrerá las calles de la ciudad vieja, estudiantes que se dirigen a sus facultades o colegios, viajeros que cargan con el peso de sus equipajes, bicicletas urbanas, sólo lo quieto aparenta poca vida, esas casas en las que se sospecha el descuido del abandono, o los mendigos inmóviles y aturdidos por el alcohol. “Laura, je, t,aime” será la pintada que veamos varias veces en el deambular del protagonista, el amor no es exclusivo de nuestro pintor enamoradizo, ni es el único que tiene ese motor para moverse por la ciudad, otros lo han expresado ya públicamente en nuestro recorrido.
 



“Me interesaba mucho la idea de crear un personaje que, verdaderamente, apenas tuviera el estatuto de personaje. Es decir, un rostro de alguien que mira, pero del que no se conoce absolutamente nada, del que no se tuviera ninguna información. Es un individuo en una habitación de un hotel, en una ciudad que no es la suya, no se sabe nada de su entorno doméstico o laboral; puede ser un pintor, un poeta, un cineasta que busca una actriz. No se sabe nada. Es la experiencia de filmar a un espectador en la pantalla. Un ícono, un espejo del estatuto de espectador. A partir de la experiencia individual de cada uno se proyectará la noción de personaje en este ícono completamente vaciado que está en la pantalla. Es un personaje que se va definiendo sólo por aquello que ve. Es una experiencia de la mirada, con todo aquello que intuimos del personaje más que por lo que sabemos.”
 


 

 
El momento culminante de esa mirada es la escena en la terraza del centro de estudios musicales, larga escena poética, culminada por un dúo de violines, interpretado también por dos mujeres, que ejecutan una melodía tradicional macedonia, este final es el cierre perfecto de varios minutos en los que el protagonista, sentado en la terraza del bar mira, y mira, y disfruta, primero buscando esa silueta familiar del recuerdo, después recreando su mirada en la belleza de las mujeres que le rodean, en sus actos, en sus poses, en sus coqueteos, su pelo, sus ojos, su risa, y hasta sus enfados. Cambiando de mesa para variar la perspectiva si ésta le es insuficiente. Es la escena por excelencia donde la mirada cobra mayor protagonismo, hasta que esa mirada choca con la mujer, con la que el protagonista entiende que es Sylvia, de nuevo el bucle se ha cerrado y la ha encontrado donde en su momento le dijo que estudiaba. Su aventura ha tenido éxito, aunque ese elemento de duda sobre si el recuerdo del pasado es fiel y corresponde con el presente le impide un abordaje directo a la chica.
 



Esta Sylvia es Pilar López de Ayala, puede que nunca filmada con tanta belleza y nunca tratada con tanto esplendor como en el siguiente tramo de película, el largo deambular por las calles de la ciudad en el que Él sigue a la chica intentando reconocer sus gestos, su cuerpo, sus andares, su presencia, confirmar que es la misma mujer del recuerdo para atreverse a hablar. Tras un tímido “Sylvie” al que la mujer no responde, ese caminar sin rumbo, con una cámara que según sigue a la actriz va ascendiendo desde una situación que entendemos a media altura y que parece situada en los muslos de la actriz, pero alejada de ella, hasta que se sitúa al nivel de nuestra visión, como si la duda fuera eliminándose en Él según se mantiene más tiempo tras la estela de la mujer. En esta “persecución”, en la que sabemos que el cazador no es peligroso, pero la mujer no lo sabe, predomina el juego de los espacios, ya sea una cámara fija en un punto de una calle con intersección  al fondo, o bien acompañando a ambos protagonistas, por delante de ellos o por detrás, la idea de personas entrando y saliendo del encuadre, líneas rectas como marcos de una tela que definen la acción y muestran la profundidad de campo, la fuga del mismo, el concepto de fuera de campo cuando nuestra pareja abandona el encuadre pero sabemos que Él sigue a la mujer sin descanso. Y el erotismo, cuando nuestro protagonista pierde durante un tiempo la estela de la mujer y ésta le desorienta, si ya el tratamiento dado a la supuesta Sylvie es un goce estético y sensual,  lo que vemos en la plaza donde desemboca la persecución antes de subirse al tranvía muestra dos planos de absoluto erotismo visual sin usar ningún cuerpo desnudo de mujer. La primera cuando nuestro hombre, incansable “voyeur”, pero no en el sentido sexual, sino en el de hombre-cámara permanentemente pendiente de lo que ve y de mirar, descubre en una buhardilla a una mujer de la que sólo vemos la parte superior del cuerpo, cubierta sólo con el sujetador, secándose el pelo, con las ventanas abiertas y las cortinas movidas por el aire, como poco después, un vestido de tirantes de mujer, colgado en un tendedero, es movido, como si una mujer lo llevara puesto, por el mismo efecto del viento, aligerado por el juego de la luz del sol y la sombra de un árbol, un cuerpo incorpóreo de mujer, tan similar a un recuerdo inconcreto como el de la buscada Sylvia.
 



Y a todo encantamiento sigue la desilusión y el fracaso, al final Sylvia no es Sylvia, realmente no se conocen, la memoria y el recuerdo han traicionado al explorador, obviamente no le costaría cambiar el recuerdo de la vieja Sylvia por el de la nueva chica, no estamos tan lejos de la figura del hombre enamorado de las mujeres, y no es que un clavo saque a otro clavo, sino que esta nueva mujer reúne los necesarios atributos de la imagen de la belleza, bastantes para muchos, y sobre todo para nuestro diletante. Pero ante ese fracaso bienintencionado Él sufre el notorio colapso del fracaso, rebobina su comportamiento para concluir en lo absurdo de lo que ha hecho, no el hecho de buscar a la belleza, sino el hecho de seguir y prácticamente acosar a esa mujer, absolutamente obnubilado por su sentido de la vista, embriago de belleza sin atender a reglas sociales, absolutamente ajeno a lo que le rodea, e incluso, ajeno de si mismo.
 
 
 
Queda la tercera jornada, la tercera noche, el aviador extraviado iniciará de nuevo la búsqueda, no ya de Sylvia, sino de un nuevo rostro que le hechice. Hablará, bailará y terminará la noche con otra mujer en la habitación del hotel, donde el juego de sombras y de reflejos permitirá imaginarse la idea del deseo satisfecho sin necesidad de ver realmente que esa mujer no es Sylvia. El recuerdo de la falsa Sylvia late demasiado fuerte como para olvidarlo tan pronto, pero desde el momento en que en el vagón de tranvía ella le dice que no es Sylvia, que la ha incomodado pese a que todo haya sido un error, que se calle y no se baje en la misma parada que ella, la ciudad de Sylvia se transforma en otra ciudad distinta, ya no hay optimismo que venza el desánimo, los mismos rincones y calles paseados el día anterior, las mismas plazas, las mismas personas, han perdido su significado de deseo y esperanza, como un tranvía que desaparece fuera de plano, el reflejo de Sylvia, ahora si en compañía de otra mano afortunada, probablemente enamorada, en el interior de otro vagón de otro tren, se aleja en el atardecer de la ciudad. La ciudad es la misma, nuestro estado de ánimo, no. Una vez que hemos dejado de ver lo que se deseaba, todo lo que ayer nos infundía ánimo, optimismo, fuerza, aquello que nos revelaba el erotismo de la naturaleza y del amor, se trasforma en algo sombrío y desencantado. El amor, o el engaño amoroso ha de ser así, una búsqueda de la belleza que, en un momento dado, como quien apaga el interruptor, desaparece de pronto. Pero seguro que nuestro protagonista remonta el vuelo con una muesca más en su alma, porque buscar la belleza es la única protesta válida en este asqueroso mundo.

 
 
(extractos de entrevista en la revista argentina El ángel exterminador, nº 2)