domingo, 22 de junio de 2014

EL ÁRBOL (Carlos Serrano Azcona, 2010)


 

Un árbol nos da refugio, pero al mismo tiempo se convierte en peligro. Abrazarse a un árbol es un modo de agarrarse a la vida, pero también una forma de despedirse de ella. En el periplo sin rumbo de Santiago por las calles de Madrid, el árbol es la penúltima etapa, ese árbol puede representar el último lugar en el que jugó con esos hijos que no ha vuelto a ver, o el lugar en que besó por primera vez a esa mujer a la que no se puede acercar. Agarrar ese árbol puede ser un intento desesperado de agarrarse a la vida cuando todo indica que no hay nada que merezca la pena porque se ha perdido la ilusión. Estamos ante una historia de ficción hiperrealista donde la mano de Jaime Rosales y Carlos Reygadas acompañan al director.
 
 

Santiago tiene casa pero no tiene hogar, los que le rodean sienten lástima por él más que sentir con él, tiene trabajo pero hace lo posible por no trabajar y que los demás pierdan la poca confianza que les queda. Sus intentos de alcanzar puerto se estrellan siempre en las rocas, el fondo de su barca va reventando al tiempo que los arrecifes se interponen en su camino. En la historia tenemos que descubrir lo que ha pasado, encontramos al personaje y creemos que no tiene casa, o que vive de la caridad. Anda, vaga, se mueve como un alma en pena a la búsqueda de nada, de una señal del pasado que le permita seguir mirando hacia delante, que alguien le responda al teléfono, que alguien le abra una puerta, que alguien le brinde esperanza.
 
 
 

Y sin embargo pronto nos damos cuenta de que no es el dinero su problema, o no lo es de forma acuciante. Tiene un domicilio con buena apariencia, es capaz de moverse en taxi, pero al mismo tiempo es capaz de dormirse en un banco cualquiera a la intemperie, como un perro callejero. En el frío que va encogiendo a Santiago según pasan las jornadas en las que le seguimos, la cámara le mira pocas veces de frente, seguimos su paso inseguro, la cabeza gacha, los hombros encorvados, su cazadora marrón, su espalda, sólo le falta ir rozando la pared para que su desvalimiento sea absoluto. Las horas del día son un lastre, enorme, porque la noche no implica descanso. Solo el agotamiento del eterno deambular consigue desactivar la maquinaria unas horas, las suficientes para reponer fuerzas y comenzar nuevamente a caminar.
 
 
 

Su voluntad se quiebra cuando intenta visitar a sus hijos en ese chalet de clase alta del centro de Madrid, todo son buenas palabras hacia él, pero todos le dicen que no puede estar ahí, que no era ése el pacto, que espere, que sea paciente, que no puede ver a sus hijos. No es la historia de amor destruida lo que anula a Santiago, sino esa infancia arrebatada a la que no puede llegar. Alcohol y hachís para olvidar, pero no es cierto, en esa hora de camino el paso de los kilómetros nos lleva del árbol al vacío. Santiago se ha vaciado por completo en su búsqueda, en su carretera sin retorno, alzarse sobre el pretil del viaducto y ser recibido al grito de “¡qué haces, insensato!” por un cura y un monaguillo sacados de cualquier Berlanga de los 50 pone un broche surrealista a una historia angustiosa, a una historia de sufrimiento sin descarga, a un camino de redención donde la culpa anula cualquier posibilidad de supervivencia. Que al final nos acompañen las solemnes vísperas del confesor interpretémoslo como el paso previo a la muerte o el anuncio de que nada de lo que hagamos nos hará resucitar, podrás poner el marcador a cero, pero será otro partido muy distinto, ni la prórroga ni la segunda parte del anterior, porque ése ya le has perdido.