lunes, 5 de mayo de 2014

NUEVE CARTAS A BERTA (Basilio Martín Patino, 1966)


NUEVE CARTAS A BERTA (Basilio Martín Patino, 1966)

 


Del exilio exterior al exilio interior, de la modernidad a la tradición que impide el progreso, esta película refleja de manera precisa, sin estridencias, fluyendo de manera lánguida como esas aguas del Tormes que aparecen, una forma de vida que, aunque nos parece lejana y superada, subyace de manera tangible en muchos de los comportamientos diarios de nuestra sociedad anclada en comportamientos perennes, tabúes, atavismos que, de manera recurrente, atraviesan nuestras vidas y se manifiestan en los comportamientos públicos y oficiales.

 


Para tratarse de una primera película su discurso supone un intento de ruptura con la línea oficial, resulta sorprendente que una película de esta temática pasara los filtros, de trazo gordo y escasa inteligencia, de la censura de la época, y se atreviera a poner en cuestión tanto los comportamientos pasados, como los del momento, de una sociedad muerta. Decía el propio Patino en una entrevista en los años 70 al referirse al ambiente de Salamanca, que, por extensión, podía remitirse a cualquier capital de provincias de entonces (y me atrevería a decir que de ahora incluso) que “Salamanca supone para mi una cierta nostalgia o un cierto fastidio al comprobar que ni la ciudad puede ser ya como a mi me gustaría, ni yo podría asentarme nunca en esta ciudad porque me entran ganas de volverme a Madrid y reencontrarme a mis amigos y mis ambientes, que quizás sea un modo de huir de parte de mi mismo y de liberarme no sé bien de qué.”

 



Hay mucho de lo que se puede hablar sobre los monólogos interiores que el personaje de Lorenzo (Emilio Gutiérrez Caba) mantiene a lo largo de la película mediante sus cartas a Berta, la hija de exiliado español profesor universitario, que ha conocido en Londres y de la que ha quedado hipnotizado, no sabemos si porque realmente la chica merecía ese amor o porque el choque entre la realidad del Londres de los 60 y la Salamanca de los 60 fue tan brutal que todo lo que vivió en esos meses le dejó en estado de shock. Pero sobre todo, lo que se refleja con maestría indiscutible es la sensación de ahogo, de hastío, de aburrimiento, de tener que hacer siempre lo mismo, los mismos días, a las mismas horas, el paseo de los domingos, las misas obligadas y obligatorias, el control clerical de la vida diaria, los padres temerosos de que el hijo se descarríe por la influencia extranjera y por una chica “que ya sabemos cómo son las de afuera, con lo buena chica y lo que te quiere tu novia de toda la vida”, porque en definitiva se trata de eso, de hacer lo que se ha hecho toda la vida así en Salamanca, porque es lo que hay que hacer y no hay que plantearse cambio ni iniciativa alguna, y sustituyan Salamanca por lo que ustedes conozcan o prefieran.
 

 
 
En esas cartas Lorenzo desgrana sus reproches, lo que ve en sus padres de positivo pero también de sumisión implícita a una realidad inmutable, contrapone la inquietud de la juventud europea con el aborregamiento y estancamiento de la de su ciudad, las conversaciones que podía mantener con Berta y sus amigos sobre cualquier cosa con  los silencios incómodos provocados por el desconocimiento que vuelve a tener en su ciudad, esos poetas, historiadores, filósofos de los que no puede hablar. Y alrededor de estos asfixiamientos vitales, de este sentimiento de que tu vida está marcada de antemano y no hay posibilidad alguna de salirse del carril, Patino mezcla circunstancias históricas decisivas o que se pretendían decisivas en los 60, no se puede obviar el origen religioso del director, que refleja el concilio Vaticano II como una esperanza de apertura del catolicismo, seguramente pensando en que la dictadura tomara ejemplo y también se modernizara, (vaya si lo hizo haciéndonos creer que traía una democracia a nuestras vidas), y se atreve a hablar de los escritores de la “cáscara amarga”, y de los profesores universitarios exiliados, que ya entonces eran invitados a dar conferencias en las universidades españolas, aunque sin poder hablar de política, claro está, profesores que sienten la tenaza de la nostalgia y el recuerdo de su origen, y ansían el regreso para disfrutar de lo bueno de lo nuestro a pesar de que lo malo sea superior, como esa sucesión de escenas en las que los jóvenes estudiantes acompañan en un paseo nocturno y poético al viejo profesor, mientras éste les cuenta la historia de su ciudad, y donde de manera excepcional el director refleja la angustia del exiliado, aunque muchos de los presentes no dejan de ser exiliados de si mismos, ese exilio interior provocado por la descorazonadora visión de la realidad que te rodea y de la falta de alternativas para desarrollarte libremente.

 



No llegamos a conocer las respuestas de Berta, no sabemos si para ella Lorenzo se convierte en alguien tan importante, ni si le cuenta cosas íntimas como hace él, o si también desahoga sus pesares, imposibilidades, frustraciones con él. Es dudoso, parece que Berta es el paraíso perdido de Lorenzo, no por nada Patino retomaría más tarde a Holderlin en otra de sus grandes creaciones, pero aquí se suceden escenas, a modo de romance medieval enmarcados en dibujos que retrotraen al pasado glorioso castellano, ese mismo pasado que se ha anclado en los muros de piedra de las casas, en los comercios de siempre que dan inicio y fin a la película para mostrar que nada es susceptible de cambio en esa sociedad endogámica. Hasta la rebeldía de Lorenzo parece domarse, nada como una semana santa en La Alberca, unos buenos consejos con el tío cura, el aire saludable de la sierra y los productos de la tierra para volver recuperado de la dolencia del alma al redil familiar, a la novia más madre que amante, a la madre castradora, al padre resignado y también perdedor pese a ganar la guerra civil, a ese futuro sin futuro de oficinista, de empleado de banca o de periodista del régimen, pero sabemos que esa recuperación no es cierta, es resignación, perdida la esperanza en Berta ¿qué le queda a Lorenzo?, él no va a poder ser como esa pareja de amigos que conoció en Londres, él francés y ella rusa que viven la vida con absoluta libertad, esa expectativa no le corresponde, para él queda el clima extremo y riguroso de la ciudad, clima que se extiende a las personas y sus comportamientos, hasta los amigos parecen menos amigos a la vuelta cuando le reprochan ese ensimismamiento, ese eterno debate mental entre lo que conoce, quiere y lo que le está destinado.

 



Volver a esta película cada cierto tiempo, con la distancia que otorga saber que tiene casi 50 años de antigüedad, te sumerge en una tristeza redundante, la de comprobar cómo este país ha sido un maestro para cercenar la cultura, el avance, el respeto de la libertad individual y cómo muchas de esas conductas se mantienen incólumes hoy en día, “que inventen ellos” dijo en un momento de ingenuidad uno de nuestros sabios, a la sazón catedrático en Salamanca, debió ser una de las pocas cosas que se instauró de manera permanente en nuestro imaginario colectivo para amarrar el “Santiago y cierra España”, y cerrados nos quedamos con  nuestras grandezas de hidalgo viejo venido a menos y con todas nuestras miserias.