martes, 20 de mayo de 2014

LOS CHICOS DEL PUERTO (Alberto Morais, 2013)


 
"Olvida y no pienses, hazte adulto y resígnate"
 


Sin apenas palabras, bastan las imágenes para retratar la miseria moral de este país, la nula asunción de responsabilidades en ningún ámbito, la desmemoria intencionada y el olvido pavoroso al que, generaciones y generaciones de personas son condenadas por su propia desidia. En los 70 minutos de esta película hay más retrato sociológico de la realidad de España que en 15 días de infamante campaña electoral propagandística llena de candidatos de cartón piedra y mensajes vacíos, tan vacíos como programas electorales incumplidos o como la nula posibilidad del ciudadano de elegir, con total libertad, a sus representantes.
 



Este país vive de espaldas a su pasado, como muchos otros, y también vive anclado en un pasado, en un pasado que coreaba “viva la muerte, muera la inteligencia”, “que inventen ellos”, “Santiago y cierra España”, “ellos tienen la onu, nosotros tenemos dos….”, como se ve, eslóganes todos ellos llenos de humanismo, ilustración y saber estar, esos eslóganes que provocan que el único sentimiento de identidad se produzca tras un triunfo deportivo pero que, de la misma manera, genera la indiferencia absoluta cuando el mismo equipo pierde o cuando lo que se machaca es la investigación y la educación del país, porque es necesario que, para que la cultura se extienda, primero se asiente la educación.
 


A los tres protagonistas principales de la última película de Morais el futuro no se les representa como algo halagüeño y lleno de prosperidad, la educación tiene un continuo en la escuela, pero tiene un principio y un final en sus hogares, y sus hogares parecen todo menos el ambiente fundamental para conseguir personas formadas y con conciencia, pueden vagar sin rumbo todo el día por la calle, faltar de sus casas por la noche, no ir al colegio…….nadie les echa en falta, nadie se preocupa, estos chicos del puerto son  los nuevos limpiabotas del siglo XXI, no en balde la primera película de Morais hablaba del neorrealismo y de Passolini (“Un lugar en el cine”, 2007) y en ésta tercera película del director vallisoletano la realidad es tan cruda que ningún escaparate mejor que Valencia y alrededores para mostrar la ruina de nuestra civilización occidental.
 



Si a nivel político Valencia se ha convertido en el paradigma de lo que la gestión pública no puede ni debe ser, ese despilfarro continuo y ese “sky line” fraudulento que supone la ciudad de las artes, todo decorado y casi nada de contenido, tiene el reverso conveniente en los efectos que ha producido sobre los ciudadanos, la inyección de dinero inexistente en obras faraónicas y en espectáculos dignos del imperio romano ha desembocado en la inexistencia del necesario para dedicarlo a las cosas de verdad importantes. Vemos a los chicos desenvolverse en su espacio natural del pueblo cercano al puerto, o del barrio del arrabal de Valencia, y esos espacios urbanos deberían sonrojar a cualquier político que haya tenido capacidad de gestión sobre los mismos. Campos deportivos abandonados y llenos de piedra y maleza, tapias degradadas, casas abandonadas, infraestructuras y megaestructuras que no llevan a ningún sitio ni a ningún lugar, urbanizaciones megalómanas en medio de la nada, espacios arrasados por una crisis más social que económica, la que nos ha vendido que sólo importa el dinero que gastas y el dinero que puedes gastar, aparentar sobre ser, eterna disyuntiva, sobre todo cuando no puedes tener ni lo básico, cuando no puedes ni comprar comida.
 

 
 


Tan imposible como que un niño o adolescente sepa lo que fue la guerra civil resulta que un adulto consiga explicar porqué lo que vivimos en este país ya no es una democracia, si alguna vez lo fue. Si generaciones y generaciones salen de los centros educativos sin formación acerca de nuestro pasado y son incapaces de saber que Lorca murió fusilado por un escuadrón falangista durante la guerra civil cómo pretender que un niño de 12 años entienda lo que significa la chaqueta militar que su abuelo se empeña en tener que depositar en memoria de un amigo fallecido. Porque si hubiera que resumir fácilmente el argumento de “Los chicos del puerto” sería la historia de tres niños-jóvenes que se embarcan en el camino, casi como un mito de Sísifo, de llegar a un cementerio en el que se acaba de enterrar a un amigo excombatiente del abuelo de uno de ellos para depositar en la tumba una guerrera militar del bando republicano. Ninguno de los niños tiene conciencia de lo que fue la guerra, ni lo que significa un bando u otro, ni lo que es esa guerrera, pero el nieto sabe que tiene una deuda de fidelidad con su abuelo, secuestrado en vida y encerrado entre las cuatro paredes de una habitación como consecuencia de su demencia senil, y el joven actúa por impulso, supliendo la actividad del anciano, sin saber muy bien lo que significa la obsesión del viejo hombre, aparcado en un rincón dentro de una familia disfuncional.
 



No deja de ser un hallazgo de guión que el viejo combatiente tenga problemas de memoria, al igual que el resto de este país, para el que no existe mejor medicina que la de no querer ver lo que molesta y así tenerlo por inexistente, y así se muestra a esa generación de cuarentones, absorbidos en un estado catatónico que les imposibilita hasta para el mínimo de lo que se les puede exigir, que es que se ocupen de sus hijos, que los cuiden, los quieran y los eduquen. Perdida la memoria por quien tenía el recuerdo, ese bagaje se va a perder sin remedio porque el joven, que estaría dispuesto a saber, ya no puede extraer ese conocimiento de quien lo ha perdido. Esa ausencia, esa pérdida, ese vacío, se traslada a todo lo que rodea la película, desde las calles vacías de una Valencia fantasmal nocturna hasta cementerios que parecen escaparates de funerarias, puntuadas por la aparición de la tumba del viejo compañero de armas, carente de lápida, como si, además de muertos en vida obligados a olvidar su realidad histórica, estos muertos también resultaran ser de segunda categoría tras su muerte.
 



Esta road movie de escaso recorrido, donde desplazarse desde el suburbio a un cementerio atravesando a pie el casco urbano de la capital se constituye en una especie de marcha a través del desierto, no parece significar un camino de madurez para los tres chicos. Vueltos a sus casas, que no hogares, su normalidad retoma el camino, su solidaridad y amistad se habrá reafirmado, incluso aventuramos una potente historia de amor entre él y ella en un futuro próximo, casi deseamos que esa pareja tan íntegra y potente tenga el beneficio de un futuro en común, pero el conocimiento de su acto y el porqué del mismo quedará en incógnita, por un lado la pregunta de la madre “¿dónde has estado?” tras pasar toda la noche fuera de casa, y la nula reacción del abuelo cuando le cuenta que ya ha podido llevar la chaqueta a la tumba del amigo no son más que la consecuencia inabarcable del olvido, la continuación del oscuro presente e inexistente futuro que se les avecina como adultos, en un sistema que desaprovecha al individuo como persona pues sólo le sirve como unidad, y más como unidad productiva y de consumo, ésta ultima reservada a una selecta minoría de privilegiados, porque los demás bastante tienen con subsistir día tras día con las migajas. La ciudad vacía, los adultos como peligro constante, la ausencia de ayuda, la caridad más que la ayuda, así estamos y así nos reflejamos, sálvese quien puede mientras nos hundimos, es nuestro retrato, nuestro logro social alcanzado con pundonor.