domingo, 4 de mayo de 2014

LA JALOUSIE (Philippe Garrel, 2013)


LA JALOUSIE (Philippe Garrel, 2013)

O del infinito dolor que puede provocar vivir enamorado.

Garrel juega con su pasado, y su familia, en este último ensayo sobre el amor y sus funestas consecuencias. Jugando desde la intelectualidad de Séneca y Maiakovski, los poemas recitados y las obras de teatro declamadas como declaraciones de amor entre los personajes, oculta información al espectador, pero esta información, una vez sabida (en este caso a posteriori del visionado) tampoco es relevante. Conocer que el hijo del director, Louis, interpreta al padre del director (Maurice) y abuelo real del protagonista, mientras la hermana en la ficción también es hermana en la vida real de Louis Garrel no deja de ser un juego de onanismo familiar, pero como historia intemporal, le puede pasar a cualquiera.


 

70 minutos que aportan mucho aun cuando el estilo de Garrel, en esta ocasión, juega a la desnudez, al relato íntimo y pequeño de contadas ocasiones, de cómo el amor nos exalta y nos hunde a la velocidad misma de la luz, aquélla en la que te acuestas seguro de tus sentimientos y te levantas completamente abandonado por quien la noche antes se ha declarado eternamente enamorado/a de ti. Luz y música enmarcan a los personajes en una historia que permitiría su ambientación en pleno romanticismo, de hecho las referencias a Werther no son nada sutiles. Luz de un poderoso y magnético blanco y negro que suspende la historia en el tiempo, no tenemos referencias claras de cuanto tiempo transcurre durante el relato, ni si lo que vemos al principio ocurre antes o después de muchas de las cosas que vemos a continuación.


 

Esa mujer llorando, sin palabras que nos introduzcan en la historia, en plena desesperación seguida de una escena vista por los ojos de una niña a través de una cerradura, en la que él abandona a su pareja para irse a vivir con otra mujer, no sabemos si son recuerdos de él, rememoraciones de ella, anteriores a la historia posterior, simultáneas…….pero si que sirven como referente, como decía Bataille, “el amor es comedia o una sed de sufrimiento”, y en ambos casos, deja víctimas. La primera víctima es la mujer que vemos en la primera escena, rota y atormentada por un abandono, la segunda es la niña que pasa a ver a su padre cuando toca según los pactos del divorcio, y es víctima cuando su madre le pregunta qué hace sentada a la puerta de casa y ella contesta esperando que vuelva papá. Y nos dice Garrel en sus entrevistas, que esa mujer llorosa del principio es su propia madre cuando fue abandonada por su padre, el papel que ahora representa el nieto y, a la vez, hijo del director. Pofque sostiene Garrel que la historia es biofamiliar, con todas las reservas que una autobiografía contiene en cuanto endulzamiento de lo ocurrido.


 

El personaje de Louis Garrel olvida su abandono anterior para pretender que su nueva pareja sea inmune a la seducción de otros o que comparta su vida con otras personas, los celos del amor, o la exclusividad del amor, como uno de esos senectos personajes que salen en la película reflexiona, no son más que las trampas del amor, los límites que todos nos ponemos en el amor porque éste no es absoluto en su ejercicio, y cuando Louis contesta que él no tiene ese problema porque vive su amor al límite, el viejo reacciona con nada disimulada ironía y complacencia evidenciando que, entonces, no se conoce ni conoce al otro, y que quizás, ha conseguido entender mejor a los personajes que interpreta que a la vida real.



 

En esa dualidad, ficción-realidad, el personaje de Louis Garrel y el de Anna Mouglalis podrían ser complementarios si hubieran sido condescendientes y hubieran querido saber desde el principio, Louis lo quiere todo y siempre de Anna y Anna lo quiere todo y siempre de Louis mientras están juntos, pero cuando hay espacios de separación, provocada o sobrevenida, ella no se contenta con la experiencia única sino que busca otras afinidades, otras personas, otras situaciones que le ayuden a sobrellevar el agujero en el que convive con Louis.


 

Si el amor puede ser compartido o ha de ser monógamo, Garrel lo plantea como tesis y no como solución, tampoco da soluciones, Anna ofrece una vida de enamoramiento a Louis con sus condiciones, “te amo cuando estoy contigo y a nadie más”, lo que no significa que ello le impida mantener otras relaciones paralelas, futuras, intensas, fugaces. Algo que para el papel de Louis es inaceptable, es doloroso, es como un golpe de vergüenza y dolor inexplicable e inesperado. Lo que era amor se transforma en rabia, hacia ella y hacia él mismo, insensible al dolor causado al principio del relato, sufre, como el efecto de un veneno de efecto lento, las mismas consecuencias, unos meses más tarde cuando es ella, Anna , quien le abandona a él cansada de su posesividad y de la imposibilidad de mantener la relación que le gustaría que él aceptara.


 

Si Maurice Garrel (Louis en la película) trató de suicidarse en la realidad, si la madre de Philippe pasó el resto de su vida haciendo “nada”, ocupándose de la casa, de las tareas domésticas, de la oficina a casa y de casa a la oficina, si Maurice siguió rompiendo corazones entre sus compañeras de reparto, entre sus admiradoras……son anécdotas que adornan la historia central, como el hecho de que el papel de la niña sea un trasunto del director cuando era niño y cómo vivió la separación de sus padres  y la relación de su padre con la mujer que le abandonó tras dejar él a su madre.



 

El amor queremos hacerlo un infinito, pero se transforma en tiempo que se mueve en círculos, esos círculos nos alejan y nos separan, a veces los círculos no encuentran salidas y se mueven solitarios durante décadas arrojando mortecinos amaneceres sobre nuestras cabezas, en otros los círculos intensos se sostienen entre sí y en otras muchas ocasiones esos círculos pertenecen a diferentes personas, rompiendo los anteriores, suplantándolos por los nuevos que vuelven a girar hasta que se desgastan o son interferidos por los de otras personas. Tendencia a permanecer es sinónimo de estabilidad, de tranquilidad, a veces de rendición, o de cobardía. El personaje de Louis lucha contra su propia naturaleza repitiendo “no puedo” a las mujeres que quieren acostarse con él mientras permanece con Anna, con quien cree haber conformado el círculo perfecto intemporal y permanente. Obviamente no sabe leer en la mente de ella ni interpretar sus más que evidentes señales o salidas. Dicen que el amor es ciego, en este caso se acerca más al “amor fou”.



 

Más que de celos, la película habla de amor, o de amores, y de soledades, y de dolor, de relaciones, de coqueteos y flirteos, de trabajo, del teatro y del amor al teatro, de los grandes creadores y de los grandes intérpretes de las obras grandes, de la sutileza de una mirada o del amor sin palabras entre un padre y una hija, del amor doloroso de una madre y una hija solas en un piso, cada una anhelando otra vida distinta, y de la complicidad natural y surgida al momento entre la niña y la nueva compañera del padre. No es una película de, o sobre los celos, como puede dar a entender el título, sino una película sobre la vida y las cosas pequeñas que rodean a las grandes cosas de la vida, que suelen ser pocas en comparación con las otras, pero son las pequeñas las que marcan nuestro estado y nuestra comprensión de nosotros mismos. Podrá criticarse de la película su exceso de egocentrismo intelectual, del juego cultural de evocar a Maiakovski (el poeta enamorado de todas las mujeres) o a Séneca cuando Claudia (Anna Mouglalis) lava los pies a su mentor (referencia bíblica y erotismo soterrado, referencia que Louis no quiere o no sabe ver, la dificultad de entrar en situación ante diversas escenas que parecen romper el nexo emotivo entre los personajes principales al introducir a otras que hablan de sus ligues, de sus trabajos precarios, de sus rupturas, que entran y salen de la película sin aparente relación pero con merecido énfasis para remarcar los acontecimientos de una vida, de la presente o de la de los que nos precedieron. Interesante trabajo de Garrel, más desnudo que otros que le precedieron, inserto en el mapa de relaciones humanas tormentosas pero para las que siempre cabe “la tregua del desierto”.