viernes, 30 de mayo de 2014

DEL PODER (ZAVÁN, 2011) HABLAR DEL PODER SIN ZAVAN (Samuel Alarcón, 2014)





Sobre la marcha cambio la película sobre la que iba a escribir hoy, dejo a Reygadas y su demonio interior para más adelante, porque sigo impresionado con la visión de este ¿documental? ¿ensayo? ¿manifiesto? que toma como referente visual las movilizaciones antiglobalización que se llevaron a cabo en Génova en 2001 con ocasión de una reunión del G-8. En 2011 Zavan realiza esta obra visual y en 2014 Samuel Alarcón la reaviva mediante una entrevista en diferido con forma de simulación pero mucho más real que cualquier discurso o declaración política al uso. Tendemos, yo el primero, a poner una etiqueta al cine, a veces no es posible, con este “documental” no es posible.



Zaván mantiene oculta su identidad, mujer, hombre, colectivo, español o no, da lo mismo, lo importante es la obra, no el autor, ése es su manifiesto principal y prefiere, pese a la posibilidad de haber sido reconocido en festivales por su obra, mantener el anonimato para actuar con mayor libertad en un mundo hipervigilado y donde nuestra intimidad es expuesta a diario, en primer lugar por nosotros mismos. “Del poder” es la obra original, “Hablando del poder sin Zavan” es una entrevista sin entrevistado hablando de su obra y sus intenciones, influencias y reflexiones sobre el cine y sobre la violencia del Estado en todas sus manifestaciones. No vemos al entrevistado porque para mantener oculta su identidad, ha contestado por escrito al cuestionario remitido por Samuel Alarcón, y con la voz de Mona León Siminiani, de Extrafantástica de Radio3, graban en video la entrevista y en PLAT podemos ver las dos realidades en la misma pantalla, podemos jugar a Rayuela, ver las dos proyecciones al mismo tiempo, primero la de Zaván y después la entrevista, mezclar las dos, o ser clásicos y ver primero uno y luego el otro, a gusto del espectador.




“Del poder” es una obra donde prima la imagen, incluso la banda sonora es nula durante muchos minutos, y durante muchos otros nos persigue el zumbido de los helicópteros que sobrevuelan a los manifestantes durante la cumbre de Génova, el sonido del mal. “Del poder” es un manifiesto contra los actuales gobiernos “democráticos”, desnudando su forma de actuar contra la ciudadanía y tratando a ésta como súbditos desplazados de la toma de decisiones que les afectan. Frente a la obscenidad del poder, con sus cohortes de lujo, asesores, trajes, hoteles, la dignidad del ciudadano mundial protestando contra la globalización que ha traído más hambre, más corrupción, más pobreza, más desigualdad, menos derechos. Hablamos de 2001, han pasado años y, desde luego, no hemos mejorado, aunque Génova sirvió a estos demócratas de pacotilla para atemorizar al ciudadano votante y advertirle de que la libertad de expresión está muy bien mientras no amenaza las esferas reales de poder.




“Del poder” utiliza imágenes reales, única y exclusivamente, en distintos formatos y texturas, de baja calidad la mayoría de ellas por proceder de dispositivos móviles, y conforman un relato cronológico de aquellos días, que culmina con el asalto policial a la escuela Díaz, sede informativa de los grupos antiglobalización, la realidad de las imágenes provoca una creciente sensación de asco infinita, una creciente asunción de la inexistencia de un estado de derecho en nuestros estados democráticos, un abuso de la fuerza plenamente constitutiva de delitos, un uso de la violencia de estado como generadora de contraviolencia, una manipulación obscena de los medios de comunicación al servicio de quien paga y subvenciona las ediciones, transformando la información en opinión y consigna, una continua violación de la libertad de prensa, del derecho a la libertad de reunión y manifestación, a la libertad de expresión, a la libertad individual, a la integridad fisica y moral, todo en aras del mantenimiento de un putrefacto estado democrático que se regenera cada cuatro años mediante el derecho de voto, voto que legitima cualquier desmán en los cuatro años siguientes porque a la hora de la verdad triunfan la mentira, el miedo y la desmemoria, nada que no conozcamos y suframos, por cierto, porque en 13 años todo ha ido notoriamente a peor.




Policías infiltrados provocando disturbios, policías disparando contra la multitud pacífica de manifestantes, cargas contra personas con los brazos en alto, golpes con las porras contra la cabeza, disparos de pelotas de goma y botes dirigidos al cuerpo de manifestantes, furgonetas antidisturbios a toda velocidad contra grupos de gente para dispersarlos, animales vestidos de paisano ayudando a policías de uniforme para agredir a manifestantes porque son policías infiltrados, puñetazos a traición por la espalda una vez detenido y esposado el manifestante, policías separados por otros policías ante el exceso brutal de los golpes que van propinando a turnos y sin saber muy bien porqué. La respuesta es que, cuanto mayor es la violencia oficial y el cinismo político, mayor es la violencia que se despliega por grupos de manifestantes, violencia genera violencia y Gandhi no hubiera tenido nada que hacer contra este sistema, salvo acabar con él desde las urnas, porque lo último que espera el sistema es que unas elecciones pueda ponerle en dificultades. ¿Acabarán con las urnas cuando ya no queden dudas de que nuevos movimientos políticos pueden acabar con su poder sin necesidad de sacar la policía a la calle?




Quizás los referentes visuales más cercanos, o más reconocibles para un espectador medio amante del cine distinto al de las pantallas convencionales puedan ser el Godard de “Film socialisme”, o la obra visual de Marker y Mekas, pero la película de Zavan, como todo el gran cine, nos sirve para preguntarnos a nosotros mismos ¿dónde estabas en mayo de 2001? ¿qué has hecho para evitar lo que está pasando actualmente? ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar por reclamar lo que te corresponde? Hay varios momentos espeluznantes durante la visión de la obra, en la que lo más importante es el contenido, ninguno como el homicidio consciente, quizás impulsado por un miedo físico del policía, pero injustificable en cuanto a la desproporción, de Carlo Giuliani, quien en el momento de acercarse a un furgón policial para lanzar un adoquín recibe en pleno rostro dos disparos de un policía, cayendo fulminado y siendo atropellado a continuación por el furgón que pasa por encima de él, y lo más estremecedor es saber que ese policía que disparó y el que conducía, no fueron ni juzgados porque se apreció la existencia de legítima defensa.




Los poderes que han mirado hacia otro lado ante la violencia policial se han convertido en cómplices y legitimadores de un abuso tras otro, dotando a la brutalidad sin sentido de una legitimación insoportable, sobre todo, y ante todo, cuando se trata de protestas ciudadanas, momento en el que el ejercicio del antidisturbio se convierte en patente de corso. No son muy distintas estas imágenes a las que nuestros ojos se han acostumbrado a ver en manifestaciones recientes, lo que impacta es la reiteración, la duración, el empecinamiento, el sadismo de las imágenes, y el resultado. Ahora bien, el objetivo del poder también se logra, quien ve el resultado lo rechaza, incluso esos policías avergonzados cuando son coreados al grito de “asesini” seguro que tienen algún problema de conciencia, pero quien ha dado la orden, aparte de dormir a pierna suelta ha conseguido lo que buscaba, desactivar a la masa pacífica y que esta tenga miedo para manifestarse en el futuro. El poder, en el fondo, se ha transformado en un ejercicio del miedo, la doctrina del shock triunfa, desanima al ciudadano y le compele a quedarse en casa soportando la vergüenza de asumir como inevitable todo aquello que vulnere sus derechos, por años y años de lucha y reivindicación que sumen a su consecución. Un mundo de ciudadanos resignados y acostumbrados a vivir con la corrupción, con el despotismo, con la arbitrariedad es la consecuencia del ejercicio de este poder. Acabar con esa concepción es tarea de titanes, por eso la aparición de nuevos partidos dispuestos a acabar con la casta pone tan nerviosos a los púlpitos oficiales, descoloca al poder que el ciudadano quiera retomar su derecho al mismo. La desconexión del poder y el ciudadano es una de las mayores infamias de un sistema que se dice democrático, seguir considerando a la mujer y el hombre de a pie como incapaz de decidir su futuro ha provocado la desafección, cierto, porque el sistema pensaba legitimar su actuar manteniendo un nivel de voto mínimo, el de los adeptos inamovibles. Roto el mito puede acabarse con el miedo, pero no lo olvidemos, un pueblo sin miedo se transforma en peligroso para el poder, ¿nos dejarán o no podremos?




Un descubrimiento radical desde el punto de vista cinematográfico, pero vista, uno olvida la forma y sólo piensa en el contenido, todo un acierto en la apuesta. Esperando ansiosamente la nueva obra de Zaván.
http://plat.tv/filmes/hablar-del-poder-sin-zavan