viernes, 23 de mayo de 2014

BULLHEAD (“Rundskop”. Michael R. Roskam, 2011)


 


Hay muchas capas que envuelven esta historia y que se van desgajando poco a poco, pero a cada retirada de capa, la siguiente mantiene la impronta de la anterior, como esa telilla que queda en la cebolla cuando vas retirando las capas exteriores y no consigues que toda ella se separe de la que pretendes que sea la primera que vas a utilizar. Y “Bullhead” nos avisa al principio, por mucho que lo intentes, que lo desees, que lo provoques, el pasado vuelve y te golpea cuando menos lo esperas, removiendo todo tu interior, desequilibrando cualquier intento de paz interior que hayas construido o hayas imaginado que existía.
 



La aparición de una persona, veinte años después de ocurrir un hecho estremecedor en la infancia de Jacky, desestabiliza completamente la ya frágil composición de su persona al verse enfrentado con su realidad de la manera más directa. Película que parece de género, bajo el argumento de la investigación criminal y el homicidio de un policía (hecho real) que investigaba las mafias de tráfico de sustancias prohibidas para el engorde de ganado, ese genérico ambiente de cine “noir” se mezcla con la realidad del envenenamiento progresivo de nuestra sociedad, envenenamiento real mediante el consumo de carnes adulteradas y metafórico en cuanto afecta a las bases éticas de todo nuestro entramado. Aprovecha la ocasión el director para enfrentarnos a la realidad estructural de un país desequilibrado y marcado por una frontera imaginaria que separa mucho más de lo que se cuenta y que se advierte notablemente cuando se visita Bélgica, el norte frente al sur, el flamenco y el valón, el odio y la falta de respeto al otro en comunidades cerradas impermeables pero obligadas a compartir espacios e intereses, aunque sean tan mezquinos como los de la adulteración alimentaria.
 



“Bullhead” es Jacky Vanmarsenille (flamenco, pero cuyo apellido suena afrancesado), encarnado por el excelente actor belga Matthias Schoenaerts (el noble bruto de De óxido y huesos de Audiard con Marion Cotillard). Jacky aparenta un animal enjaulado, bruto, a punto de saltar, una mole hipertrofiada con hormonas, prácticamente las mismas que proporciona a su ganado las utiliza para suplir su carencia de testosterona natural. De chico joven, delicado y frágil pasamos a adulto irritable, una mole de músculos y con un pasado latente que no quiere refrescar. El incidente de su adolescencia marca toda una vida, una vida sin ser capaz de superar su carencia, obligado a no tener relación con el sexo opuesto por su incapacidad de relación y la imposibilidad de enfrentarse cara a cara con una realidad que toda su vecindad conoce. Bullhead hace así referencia no sólo a su forma de resolver las controversias a cabezazos, como un toro, sino al apodo sangrante con que se le conoce, “el buey” y que alude a su falta de testículos.
 




Jacky suple su inseguridad personal con la automedicación peligrosa para su organismo pero que le proporciona un cuerpo intimidante, un cuerpo con el que evita la burla y con el que impone miedo y respeto ante las mafias de traficantes y ganaderos que han de comprar su producto, necesita las hormonas que su cuerpo no produce, pero el consumo se incrementa para convertirse en un físico descomunal.  La aparición de Diederik, el amigo que acompañaba a Jacky cuando es brutalmente vejado, como enlace del traficante que tiene que proporcionar las sustancias al clan de Vanmarsenille, reabre la puerta del pasado y todo el dolor y odio acumulado en Jacky se despliega, recuerda los intentos de su padre porque se hiciera justicia, la cobardía del padre de Diederik impidiendo a su hijo decir la verdad para que el agresor, hijo de un tratante encargado de suministrar las sustancias de engorde, no vaya a la cárcel y de esa manera no se descubran las relaciones de los padres de los chicos con las mafias de engorde ilegal, recuerda a la chica de la que estaba enamorado, Lucía, hermana del agresor, que vuelve a entrar en su vida. 20 años no son nada si lo que pasó te ha hundido. Jacky duda entre la venganza y el sacrificio, o arrasar con todo o arrastrarse hacia el fin propio. En el camino irá desplegando un catálogo de violencia, ese cuerpo pesado e inmenso, que se mueve con una cadencia mortecina, aparentemente agotado, despliega toda su vitalidad cuando la violencia emerge. En el último momento Diederik tratará de devolver a su amigo parte de lo que le fue hurtado veinte años atrás, el intento será agradecido, pero baldío, la última esperanza de Jacky era Lucía, pero una vez que comprueba que solamente provoca miedo y rechazo no cabe sino desplegar su violencia interior de manera definitiva.
 



En el camino habremos dejado policías infiltrados, connivencias entre veterinarios, ganaderos y traficantes, informantes dudosos, suspicacias entre nacionalidades, y ante todo a un personaje construido con mucho sentido y profundidad por Matthias Schoenaerts, entre penumbras, encerrado en ese cuarto de baño que juega como último refugio, el lugar donde contemplar un cuerpo de apariencia perfecta al que le falta una pieza que desequilibra el conjunto, un lugar pequeño en el que moverse como un boxeador, como La Motta en “Toro salvaje”, pero el combate de Jacky no es externo, es interno, aunque termine saliendo a la luz, como el de La Motta empezó siendo externo para transformarse en algo interno.
 



Para reivindicar Flandes, la película es un homenaje a la luz de Vermeer, de Ruysdael, de Patinir, a los paisajes reales e inventados de sus cuadros, cielos parcialmente cubiertos donde coexiste el azul con el gris amenazador, árboles y casas aisladas, el viento y el agua, el prado y la colina, el animal que crías y el animal que somos. Bullhead es la historia de una agonía contenida durante 20 años y provocada por el principal personaje de nuestra historia, el pasado, el pasado que, si ha sido realmente importante, vuelve y vuelve hasta consumirnos.