miércoles, 23 de abril de 2014

L,IMAGE MANQUANTE (La imagen perdida, Rithy Panh, 2013)


L,IMAGE MANQUANTE (La imagen perdida, Rithy Panh, 2013)
 





España ostenta uno de esos records o puestos de privilegio que solo sirven para avergonzarnos como pueblo, como país y como proyecto. Somos el segundo país del mundo en número de personas desaparecidas como consecuencia de represiones dictatoriales, enterramientos clandestinos tras ejecuciones sumarias, torturas, desapariciones forzadas………segundo país tras el protagonista de este excepcional documento visual y exorcismo personal, Camboya, aunque en mi opinión con un agravante notable, en España se tienen catalogadas, identificadas y localizadas la mayoría de las fosas comunes, falta la voluntad política de reparar un daño causado a la ciudadanía entregando a los familiares los restos tras su identificación y falta la voluntad estatal ( de los tres poderes) de respetar, cumplir y hacer cumplir  la legislación internacional suscrita por España.




 

Camboya, por su parte, cuenta con otros inconvenientes, la cercanía relativa del holocausto causado por los jemeres rojos en su propio país, en ese momento en que el Sudeste asiático se convirtió en un polvorín, donde la influencia norteamericana se vió mermada y reducida a Tailandia e Indonesia, mientras el resto de países giraban en la órbita chino-soviética, embarcados en guerras vecinales y fraticidas. Esa cercanía temporal hace que si visitas el país todo el mundo tenga historias personales y directas que te pueden contar acerca de la represión sufrida, familiares asesinados o reeducados hasta la muerte, pero también produce que muchos de los verdugos, de los abducidos por la tiranía de Pol Pot y sus secuaces sigan con vida e integrados en la sociedad. Si a esto le unes una pobreza patente, una imposibilidad de atención hacia los propios ciudadanos que dificulta o excluye destinar recursos a recuperar los cuerpos de las víctimas del genocidio, explica el porqué estamos ante el primer país del mundo con desaparecidos en su haber.




 

El título francés (otra vez Francia y el cine, ¿qué sería del cine “alternativo” actual sin el dinero y la producción francesa) es mucho más respetuoso con la idea que intenta transmitir Rithy Panh, víctima del holocausto, que la traducción puesta en España. Realmente no estamos ante una imagen perdida, sino ante una imagen que falta, y esa imagen a la que el director se refiere es la imagen que acredite la realidad del asesinato de 2000000 de personas en apenas tres o cuatro años de régimen sanguinario. A diferencia de la URSS stalinista, la China maoísta, la represión posterior a la guerra civil española, los crímenes nazis en la 2ª guerra mundial……..Rithy Panh echa en falta la imagen definitiva del holocausto camboyano, algo que los jemeres rojos, ya por su aversión a la tecnología o por planificación premeditada, consiguieron evitar, falta porque no ha existido, no porque se haya perdido. Rithy Panh no puede reconstruir esa imagen porque no le consta su existencia, sufre penurias, la muerte de su familia, ya por enfermedades, por hambre, directamente ejecutados………. pero la falta del referente fílmico o fotográfico es la imagen que falta, no la imagen perdida, porque la imagen está en su mente, pero no en el imaginario colectivo.




 

Rithy Panh retoma su tema cinematográfico por excelencia, los años de plomo desde la entrada de Pol Pot y sus tropas en Phnom Penh hasta la entrada de los vietnamitas liberadores en el país cuatro años después y cientos de miles de víctimas después. ¿Cuál era el crimen de todos los camboyanos asesinados? Su formación, su vida en ciudades, su nivel cultural, su conocimiento de cualquier materia formativa, su profesión intelectual. Como hicieron los nazis (y los soviéticos, algo que se ha contado muy poco) en la Polonia ocupada, la reeducación de las personas preparadas intelectualmente, y de sus familias, en Camboya, pasaba por su extrañamiento, por su desplazamiento forzoso a la jungla, a vivir hacinados, sin comodidad ni higiene alguna, a merced de enfermedades e infecciones, a trabajar con las manos el campo, retomando practicas ancestrales de cultivo superadas por la técnica, trabajando a lo tonto con la simple finalidad de doblegar el espíritu al tiempo que se doblega el cuerpo. El fin último era el exterminio, su desaparición absoluta como clase intelectual porque se trata de instaurar una sociedad agrícola, pero tras un sufrimiento prolongado, aunque en ocasiones muchos elementos “dañinos” de la sociedad comunista camboyana no podían ni sufrir esperando tiempos mejores porque un simple libro guardado, unas gafas, una palabra en inglés o francés, bastaba para ser ejecutado.




 

Las grandes ciudades del país pasaron a ser ciudades fantasmas, abandonadas a la fuerza, muertas, con la población en campos de reeducación donde la psicopatía criminal de un grupo de dirigentes daba carta libre a todos los subalternos para tratar a sus compatriotas peor que a animales. La ambición de Pol Pot le llevó a equivocar su enemigo, tentar a la suerte pretendiendo extender su modelo inflamando la región provocó la intervención “humanitaria” del victorioso Vietnam para eliminar a la colonia de ratas inmundas que disfrutaban exterminando y sumiendo al país en un referente medieval y colocar un régimen títere en la órbita de Ho Chi Minh.



 

El sufrimiento y la evolución de esos cuatro años de plomo Rithy Panh los relata sin personas, con unas cuantas escenas sacadas de noticiarios propagandísticos de la época, con alguna fotografía del momento y con centenares de pequeñas figuritas de barro realizadas para el momento, reconstruyendo escenas desde la vida cotidiana previa al holocausto, la entrada de los jemeres en la capital, el éxodo a la jungla, la obligación de vestir de negro, de deshacerse de gafas como producto burgués e innecesario porque leer es un acto reaccionario, como todo intento de formación, las formaciones, las clases en marxismo revolucionario, las sucesivas reducciones de las raciones de arroz, la muerte, la supervivencia del día a día, la enfermedad y la ¿liberación? como pequeños cuadros o escenas en su ambientación propia .¿Alguien puede liberarse de esa experiencia? ¿Puede uno recuperarse de haber sobrevivido a la masacre, de haber visto morir a tanta gente, incluidos tus seres más próximos? ¿Cómo se recupera un país al que se le arranca de cuajo la gente más preparada? ¿Cuántas generaciones se necesitan para reparar ese daño, cuánto se puede soportar conviviendo con el asesino como vecino sin reparación alguna? ¿Podemos hablar de perdón o de imposibilidad de venganza? La Camboya actual es un ejemplo de país injusto, el país donde el trabajo infantil y miserable se desarrolla ante tus ojos y donde las nuevas construcciones, los coches de lujo, los famosos Hi-Wi del ejército estadounidense desfilan ante tus ojos conteniendo todo tipo de corrupciones y connivencias modernas mientras la mayoría del país vive sin energía eléctrica, sin agua corriente, condenada a sobrevivir y al albur de las catástrofes naturales.




 

Con S21 del propio Rithy Panh, con  The act of killing de Joshua Oppenheimer, con Shoah y El último de los injustos, esta película forma un cuadro formidable del horror del s. XX, ese del que está tan orgulloso un personaje como Kissinger, o como el propio Donald Rumsfeld retratado por Errol Morris en Unknow know……….. una clase de historia, una biografía personal a modo de exorcismo a la busca de la imagen necesaria para superar tamaña barbaridad, y cine, sobre todo cine, ese cine molesto y que te hace revolver en la butaca, el cine que hace pensar o que te enfrenta con las miserias perennes de la humanidad. Indispensable para abrir los ojos de quien nunca haya oído hablar de Camboya, de la Kampuchea de mediados de los 70, de los herederos del reino próspero de Angkor, de lo que ocurre cuando miramos el mapamundi como un simple reparto de áreas de influencia sin pensar en las personas, vamos, en definitiva, nuestra eterna historia como género, cultura por un lado y barbarie en el poder.