martes, 1 de abril de 2014

HOTEL MEKONG (Apichatpong Weerashetakul, 2012)


HOTEL MEKONG (Apichatpong Weerashetakul, 2012)

 


El Mekong es un lugar inhóspito, de gente dura, recia, de frontera. Acostumbrados a la inundación anual, o a varias,   a depender de los monzones para las cosechas, a pescar y a criar los peces debajo de sus casas flotantes, en unas aguas contaminadas por industrias que vierten sin escrúpulos aquello que en occidente no está permitido. El río sirve para vivir, para comer, para amar, y para morir. El triángulo de oro no deja de ser un triángulo de muerte, el Mekong da vida al sudeste asiático, Laos, Camboya, Tailandia, Vietnam… dependen de sus aguas, de sus crecidas, de sus fronteras.


Weerashetakul forma parte de esos cineastas con los que no puede pretenderse entender todo aquello que nos quiere transmitir, en ese intento fallece el espíritu y el cuerpo del espectador, uno se agotaría y terminaría por odiar al cineasta al considerarle un presuntuoso, un elitista por no poder estar a su altura intelectual, como si estuviéramos ante un Godard moderno, o una nueva Maya Deren. Se trata de disfrutar con lo que se entienda o se crea entender, y disfrutar con sus imágenes.


 

La nueva (¿nueva? Es de 2012, pero eso sí, inédita en España) película del director tailandés es un musical, si, así se prepara, como una sonata para guitarra, o una serie de variaciones sobre un mismo tema, la película comienza con un guitarrista tocando una melodía ante el propio Apichatpong en una terraza del hotel, melodía que se pierde y se reencuentra, un ensayo donde no se alcanza la perfección de la pieza que se olvida, y es esa melodía , con sus variaciones y combinaciones la que permanentemente acompaña las imágenes y los diálogos de los protagonistas de la filmación, más o menos presente, más o menos contundente, “a la española” o a ritmo de blues, los huéspedes y empleados del hotel comparten el espacio a la espera de una nueva inundación, que se prevé especialmente grave y de la que las posibilidades de evacuación están limitadas por el dinero y por el cargo que se ostente.


 

La película es una historia de vampiros del río, en apenas 55 minutos de imágenes, Apichatpong no se permite el lujo de centrarse en una sola historia o tema, la variaciones son tan numerosas como las de la música que acompaña la película. Una hija toma conciencia de su condición de fantasma vampírico, asesino y carnívoro, naturaleza ocultada por una madre que también lo es y que necesitan carne fresca para sobrevivir, carne que han de matar previamente, una hija que, incapaz de evitar su naturaleza comenzará matando a un perro, pero desvelada la condición de la madre, tendrá que asumir su esencia, madre e hija pero también la expansión del mal. Ambas no dejan de ser fantasmas atormentadas por su pasado y su futuro eterno de maldición, luchando contra si mismas y contra los remedios budistas para neutralizar la presencia de ambas en el espacio del hotel.

 

Se comenta que el POB es una especie de fantasma que surge del cuerpo de los fallecidos en el agua, se conoció esta leyenda local a raíz del devastador tsunami del Índico, pero, obviamente su existencia en la tradición local es centenaria, tan centenaria como el budismo para atajarla, y aquí surge otro de los subtemas de la película y de las películas de Weerashetakul, la relación del ciudadano tailandés con su religión mayoritaria, como solo la luz puede vencer a la oscuridad y a al frío del fantasma, como el espíritu y el cuerpo no tienen porqué permanecer juntos sino que aquél puede abandonar al cuerpo y mantener una naturaleza y comportamiento distinto (aquí hay una escena que permite desentrañar aquella misteriosa escena final de Uncle Boonmee).


 

No rehúye, como también es marca de la casa, el aspecto político tanto presente como pasado, de Tailandia, la figura de la monarquía, reverenciada por las generaciones pasadas y obviada por las presentes, para quienes es más importante admirar a una estrella del cine que a una figura arquetípica como la familia real, que, en un país como Tailandia mantiene un poder real y un control sobre determinadas instituciones o políticas del país, un país, Tailandia, en permanentes relaciones complicadas con sus vecinos, ya sea el más pobre como es Laos o Myanmar, ya con los regímenes comunistas del pasado o del presente, manteniendo una vecindad litigiosa por cualquier cosa, desde unos metros de río hasta un enclave arqueológico, y en el pasado el rencor sostenido de los habitantes del río cuando tuvieron que admitir en su territorio al éxodo laosiano y comprobar cómo llegaba ayuda humanitaria para los refugiados mientras los tailandeses sobrevivían a duras penas.


 

Y la luz, esa luz que quien ha estado en el trópico reconoce enseguida cuando cae el día, algo que parece inunda la película de Weerashetakul, en permanente ocaso, una luz escasamente radiante, como desfalleciente, agotada, en el margen de la vida y de la muerte, que es lo que ocurre en la película entre personajes reales y personajes fantasmales, entre cuerpos abandonados por sus espíritus y espiritus que mantienen una actividad “vital” distinta de la de sus cuerpos, que ansían la reencarnación hasta que vuelvan a incorporarse a un humano.

 

Y al final, el río, el vasto conjunto de agua que observamos desde la terraza del hotel, la vida en el río durante un largo plano de 7 minutos finales, jet ski, embarcaciones, gente nadando, y  la luz apagándose rápida e inexorablemente, como esos ocasos inmediatos que sorprenden al viajero primerizo en el sudeste asiático, donde la noche más profunda llega en un abrir y cerrar de ojos y el reino de  la luz da paso al reino de las sombras y del ruido de la selva.