jueves, 10 de abril de 2014

GATE OF FLESH (LA PUERTA DE LA CARNE) Seijun Suzuki, 1964


GATE OF FLESH “Nikutai no mon” (Seijun Suzuki, 1964)
 



“Comemos carne por 40 yenes, y nos vendemos por 40 yenes, ¿Qué es lo que queda?. ¿Nos vendemos para comer, o, al revés, comemos para vendernos?”.

 




Japón justo después del final de la segunda guerra mundial, un Tokio devastado, lleno de hambruna, necesidad, prostitución, mercado negro, patrullas conjuntas japo-americanas, un estado bajo control militar donde la vida del nacional vale poco o muy poco, mejor dicho, un protectorado. Como en “El tercer hombre”, en la trama subyace el tráfico de penicilina, el tráfico de carne humana y cualquier tráfico, pero el Harry Lime de esta película es menos simpático. Shintaro asalta un almacén militar al principio de la película con un grupo de personas, grupo masacrado en su huida a excepción de Shintaro, quien escapa con un paquete conteniendo penicilina destinado al mercado negro. Paralelamente Maya sufre de hambre, de suciedad, de todo, tras el final de la guerra, que la ha dejado sin familia y sin casa, sintiéndose atraída por la desenvoltura, desparpajo y suficiencia de Sen, la lider de un grupo de prostitutas con normas estrictas, nadie se acuesta gratis y quien lo haga será castigada, y no hay proxeneta que valga, “del vendedor al consumidor, sin intermediarios”.
 





Suzuki mezcla:

 -la trama policial, la incansable busca por parte de los americanos del fugitivo, que en su huida ha atacado a otro soldado y ha sido herido en una pierna

 -la explotación sexual de las mujeres provocada por la situación de inexistencia de autoridad reconocible en el país (“esto es lo que nos ha traido la libertad y la democracia”, se repetirá a lo largo de la película)

- el universo femenino, un gineceo que se ve perturbado por la aparición de Shintaro en el refugio de las prostitutas al ejercer una notable influencia erótica sobre 4 de las 5 mujeres que lo componen

- y el mensaje socio-político mostrado en la laxitud con que las autoridades tratan los crímenes entre japoneses o en los que los japoneses son las víctimas (“ es una violación de una japonesa, esto no es de nuestra jurisdicción”, dice una patrulla a sabiendas de que los violadores han sido soldados americanos), la connivencia con las mafias locales para conseguir chicas y obtener información acerca de criminales de guerra o sobre aquellos que pongan en peligro intereses estadounidenses en la zona.

 







Las mujeres viven en un mundo subterráneo que solo abandonan para vender su cuerpo, es el submundo en el que ellas reinan y dominan, como en muchas películas de Fritz Lang, hay una vida por debajo de la vida, un mundo con reglas propias y separadas, unas reglas que entran en conflicto cuando un hombre se introduce reivindicando el papel tradicional de la cultura japonesa, que si bien no será atendido por las mujeres provoca los inevitables conflictos derivados de la atracción y el deseo. No nos engañemos, el tono paternal y hasta misógino por parte del director, puede dejarse traslucir de ese embobamiento colectivo que las invade al tener a Shintaro cerca, la contemplación extasiada de su cuerpo mientras se ducha, cómo todas intentan seducirle mediante la comida…..lo que tiende a reducir a ese grupo de supervivientes y luchadoras mujeres en arquetipos de mujer deseando ser amada y ama de casa, algo que, unido al machismo del propio Shintaro, quien cree tener a cinco mujeres a su servicio, ofrece un mensaje cultural poco edificante, pero estamos en Japón, una sociedad hermética en los años 60, con las heridas de la guerra aún muy recientes y con un mundo en transformación invadido por influencias extrañas, un modo de reflejar ese contraste es exacerbar lo que ha sido la seña del país hasta entonces, no hay porqué darlo por bueno, sino acogerlo como síntoma de un mundo en descomposición, el anterior.
 





El uso erótico del cuerpo, tanto masculino como femenino, no es algo que sea excepcional en la filmografía de Suzuki, pero en esta película toma trascendencia en función de cómo se retrata a cada una de las mujeres, Maya vestirá de verde en toda la película ( es el color de la fertilidad y de la naturaleza para los japoneses, sus vestidos verdes son los menos voluptuosos de todos, como manteniendo un estadio intermedio entre la prostitución y la femeneidad) como muestra de su juventud, de su naturaleza enamoradiza, de su posibilidad de crecimiento, Sen vestirá de rojo (el color del pais, el color de la energía y de la fuerza), Machiko vestirá un kimono de negro y blanco (los colores de la tradición, el símbolo de la muerte y de la pureza), Oroku lo hará de amarillo (color de la bonanza, no en balde es la mujer gordita, con apariencia apacible y bonachona) y Omino vestirá de morado (el color del poder y del honor, de la palabra dada, la lugarteniente fiel de Sen). Hay una escena excepcional donde todo lo encuadrado tendrá el color de cada una de las actrices por separado, un mundo gris, en ruinas, con los efectos de la devastación de los bombardeos e incendios en el que este grupo de mujeres es identificable inmediatamente por su color, defensoras de su territorio e implacables aplicadoras de castigos físicos de un sadismo extremo a los que Shintaro tiene que poner fin cuando dos de sus componentes se acuestan con hombres por amor y sin cobrar, violando el precepto más grave que se han obligado a cumplir y cayendo en el deshonor de la cultura japonesa, la traición a la palabra dada. Aceptar que alguna de ellas es capaz de acostarse sin cobrar equivale a que son capaces de tener sentimientos en un mundo tan deshumanizado donde sólo vale la solidaridad del clan, la unión que hace la fuerza y concede poder, fuerza y poder que pueden desaparecer desde el momento en que los sentimientos prevalecen sobre el grupo.

 





Hay un plano final revelador del mensaje de Suzuki, sobre el cielo de Tokio ondea la bandera americana, esplendorosa, limpia, enorme, bajo el mástil todo es destrucción, ruina, estraperlo y contrabando, y en el fango, en un regato de escaso caudal, con más barro que agua, una bandera japonesa con inscripciones de la guerra, se encuentra caída y desastrada, Japón humillado y vencido con el invasor en su territorio, la tradición invadida por el rock, el jazz, la ropa occidental, el chicle y los refrescos, un mundo acaba y otro empieza, la libertad, de momento, sólo ha traído desorden y el poder del más fuerte, la derrota trasciende la guerra misma y marca el futuro de los combatientes que han vuelto a casa como Shintaro.
 




Para los espectadores más recientes, los que nos hemos criado en las pantallas de los 80 y hemos formado, o intentado formar un gusto en esas fechas, ver el cine de Suzuki, y en concreto este drama erótico-político nos recuerda, aunque debería ser la mención al revés por razones cronológicas, al uso de personajes y colores propio de, por ejemplo, un Fassbinder o un Almodóvar de los principios de su carrera