jueves, 20 de marzo de 2014

VIVIR EN SEVILLA (Gonzalo García Pelayo, 1978)


VIVIR EN SEVILLA (Gonzalo García Pelayo, 1978)

 
 
 


Cine español, y cine universal, como si metiéramos al Bergman de “Confesiones de un matrimonio” con muchos de los Godard y Truffaut de los 60, los agitáramos con varios artículos de nuestra Constitución y, arrojados sobre celuloide, plasmaran un ambiente de libertad creativa e intelectual que no es fácil encontrar en la actualidad. Todo ello usando a Sevilla como decorado y como personaje, oliendo sus perfumes pero también sus inmundicias, las pasionales y las derivadas de esas cloacas de la dictadura que siguen perviviendo. ¿Acaso este cine de García Pelayo no tiene la misma frescura y desvergüenza que el primer Almodóvar? ¿Porqué éste se consagra desde el principio y el de García Pelayo cae en el olvido?
 
 
 


“Hombre, ahora cuando sea mayor quiero ser Michel de Montaigne y antes quería ser batería de Pink Floyd.” Esta frase del propio director sirve para comprender el estilo y las imperfecciones de la película, y también porqué es inevitable la comparación entre Vivir en Sevilla y Alegrías de Cádiz, porque siendo fieles a un estilo narrativo personal, y me atrevería a decir que único en el cine español, la primera es consciente de sus propias limitaciones, de sus puntos débiles, mientras la segunda juega con la propia madurez y reflexión del artista para dotarla de un punto de solidez que la hace superior. Ahora bien, esa superioridad puede ser formal, de estilo, provocada por el avance de la técnica o el dominio más perfeccionado del lenguaje cinematográfico, pero no de fondo, tanto la una como la otra son perfectas en el fondo, son profundas y enigmáticas, sutiles y líricas, porque ambas no dejan de ser historias de amor apasionadas.
 
 
 
 
“Vivir en Sevilla” no se cuántas partes la componen, aunque hablan los manuales de cuatro partes, para mi suponen una sucesión de escenas, de cuadros, se van representando situaciones, relativamente breves, 3 ó 4 minutos por decorado, diálogos, monólogos, reflexiones en off, textos leídos sobre las imágenes de los actores, sobreimpresiones, música, rodajes por la calles…..pero con un leitmotiv evidente, el amor y el deseo, dos cosas que juntas provocan la perfección, separadas inquietud y si no se tienen, desasosiego.
 
 
 

"La peor película de la Historia del Cine", señaló un crítico local allá por 1979 al ver la película. Bueno, las miopías se corrigen, la ceguera con mayor dificultad, sobre todo si es originaria. No deja de ser paradójico que en esta España de ruina, y carcomida por la corrupción social y personal, se hable ahora de García Pelayo como un renovador, como un talento a descubrir. Probablemente los mismos que en los 80 le “expulsaron” de la fabricación del cine ahora le ensalcen y lamenten sus décadas de silencio creativo, pero sería bonito recuperar a los espectadores que se atrevieran a ver esta película en los cines de la España franquista de finales de los 70 y adivinar la ideología de cada uno por sus simples palabras, sin ver sus gestos o su presencia.

 
La visión de esta “Vivir en Sevilla” me remonta a la misma sensación de arte puro, y al tiempo provocación, que sentí al ver por primera vez en Orsay “L,origine du monde”, el cuadro de Courbet encargado por el diplomático turco Khalil Bey en la Francia de mediados del XIX a un pintor que ya había sido tildado de escandaloso con “Las bañistas”, “La mujer del loro” o “El sueño”. Si el cuadro tuvo una vida de cuidadosa contemplación clandestina en las viviendas de sus sucesivos dueños, terminando en manos de Lacan, esta “Vivir en Sevilla”, vista en 1979 tuvo que producir un efecto similar a los centenares de espectadores que se atrevieran a verla, unos para disfrutar ante tanta libertad y otros para denostar la forma y el fondo de la historia, pero en todos un poso de clandestinidad ante la exhibición del fruto prohibido, ante la posibilidad de “tocar la alegría”.

 
Dos personajes principales, Ana y Miguel, dos trascendentes para darle forma a la historia de amor y deseo, el exiliado Luis y Teresa, y multitud de personas y personajes de la Sevilla de la época. Un prólogo que nos muestra a Ana, la morena, hablando sobre sí antes de ser engullida por la historia (este esquema lo usa Gonzalo García Pelayo en Alegrías de Cádiz cuando busca a su Pepa y no se decide entre las cuatro posibles), al tiempo que también Miguel empieza a hablar sobre la imagen de Ana, para pasar después a la historia, empezando por el arquetipo sevillano, la semana santa, pero deconstruida, las imágenes sin sonido, Ana llorando, como otros reconocerán después lo bonito que sería que todo el año fuera feria en Sevilla y cómo le gusta ir a la feria el último día y llorar, el lloro pagano y el lloro creyente, ¿o ninguno de los dos son lo que parecen?

 
La historia se va desarrollando a modo de diario fílmico de los protagonistas, día a día durante un par de meses de la primavera sevillana, Ana y Miguel hacen el amor y se aman, pero después se nos cuenta un caso de abuso policial con muerto de por medio, se nos hace referencia a la constitución por desarrollarse o se habla sin tapujos del exilio  y la vuelta del pintor maduro, enamorado de Ana, todo ello sin resentimiento o rencor entre ambos hombres, el retornado sabe que juega a perder, y Miguel mantiene la esperanza de recuperar a esa Ana que se le separa y se le aleja, por mucho que diga que “lo importante es la mujer, no una mujer”, no es verdad, lo importante es Ana y el amor entre los dos.

 
 
Las heridas de la dictadura están presentes, por un lado en una historia desbarrada de reconciliación que expone, como si se encontrara bajo los efectos del ácido lisérgico el “pintor confuso” Totó Estirado, por otro con las reflexiones que, en los paseos por Sevilla, desgrana el pintor del exilio, “nos sentíamos usurpados, queríamos mantener la identidad nacional y ser español no podía ser algo distinto de lo que siempre habíamos querido ser”, o el propio hijo del pintor, que en la canción Comandante Che Guevara (versión de Carlos Puebla y los tradicionales en la película) encuentra una historia de amor. Mientras la historia de amor del pintor con Ana se maneja en el filo del lirismo y la sublimación con una Ana semiausente, la de Miguel con Teresa es esencialmente física y sexual, desbordante y alegre, es la apoteosis del cuerpo frente a la sensualidad del amor, la dualidad de la morena y la rubia.
 
 

Porque el amor, o la idea del amor impregna toda la película, claro que el amor es el olor del pelo de una mujer, es el aire que se enreda bajo tu falda, y eso, en un cuadro o en una película es muy difícil de mostrar, la imagen vela la imaginación, porque la memoria de la luz se puede reproducir en imagen, pero ¿y la memoria de un olor?. Ese desarrollo del amor no impide representar escenas de esa Sevilla de 1977, la imagen cómica del atraco fallido de unos navajeros enganchados al volante de, me parece, un 131, una visita al Palmar de Troya (¿qué fue de este esperpento nacional tan de moda durante unas décadas y que ahora ha sido engullido por la falsa modernidad o por otros teatrillos más baratos e igual de alucinógenos?), una ocupación laboral por los astilleros de la propia Giralda, un paseo por el barrio del Tardón y sus calles lealtad, constancia, trabajo, virtud….. “demasiado para Sevilla”.
 
Y llega el intermedio electrizante, un baile de Farruco y sus niñas que emociona hasta a los que el flamenco nunca nos ha llegado por ignorancia, que juega a momento de relajación (en ese sentido no está tan alejado, salvo porque se hace más de 30 años antes, del número de acordeón de Holy motors de Leo Carax) para que antes de seguir la historia dos miembros del equipo de rodaje muestren sus opiniones sobre el desarrollo de la historia, sobre Ana y Miguel , su futuro, el deseo y el amor, “el deseo sin amor es un vértigo que te separa de la sociedad, una trampa histórica”

 
La película no deja de reivindicar, dentro de la historia de Ana y Miguel, una especie de tácita existencia de la pareja abierta, del amor sin barreras a otras personas “nos podríamos liar con todas sin abandonar a nadie”, aunque esa opinión no se la oímos a las mujeres, sino a Miguel, que sabe que va a perder a Teresa y no sabe si podrá recuperar a Ana.

-¿qué prefieres “te amo y te deseo” o “te deseo y te amo”?

-ahora dime te deseo y te amo, cuando me vaya dime te amo y te deseo.

 

La segunda parte se vuelve más sensual, más lírica, más leída, con reflexiones que, en ocasiones rozan lo cursi del amor adolescente (cuatro horas con la mujer que se quiere valen más que 4 años de espera… el amor que recibes es igual al amor que has dado…. O no nos dan lo que merecemos o recibimos lo que no esperamos). Pero también roza el metalenguaje, desmitifica el cine, nos muestra una repetición de escena por un error, un rodaje sobre la marcha, unos diálogos recitados por el narrador y no por los actores, la mentira de las lágrimas en el cine, continuará mostrando aspectos de la ciudad, como la plaga de la heroína, seguirán apareciendo personajes singulares, en este caso Silvio “Bertoni”, el roquero sevillano y con su hablar sin decir nada pero comiéndose el espacio donde se encuentra, pero todo ello sin olvidar el mensaje real de la historia, el amor es sólo lo que importa, mostrando el cuerpo desnudo y manchado de semen de Ana, la enamorada para siempre de Miguel…..mientras dure el amor.