jueves, 27 de marzo de 2014

SIETE MUJERES (John Ford, 1966)


SIETE MUJERES (John Ford, 1966)

 
- ¿Usted es el doctor? - exclama la directora al verla - ¡Pero si es una mujer!
- Eso me han dicho muchos hombres - replica la Bancroft con una sonrisa burlona.

 


Del conservadurismo de John Ford se ha escrito y se escribe mucho, y sin embargo, la libertad que sobrevuela muchas de sus películas no la han alcanzado la mayoría de aquellos que se denominan, a si mismos, izquierdistas o libertarios. El cuestionamiento que hace Ford, en 7 mujeres, de verdades preestablecidas, de cánones inmutables, de dogmas asumidos sin criterio racional que valga, presume mayor liberalismo (del de Adam Smith, no del de Milton Friedman) en el autor que su proclamada concepción tradicional de la vida.
 



En el cine de Ford hay mucho de “vive y deja vivir”, de hecho, la aparición de una escandalosamente bella Anne Bancroft en el gineceo que forma la comunidad misionera donde se desarrolla la película desemboca en la demostración de que otro tipo de vida, una vida de verdad, es posible. No estamos en el querido oeste fordiano, pero hay más polvo que en muchas llanuras de Arizona, el paisaje es tan desértico como el del Valle de la muerte, y los malos también se mueven a caballo.
 


Una horda de bandidos mongoles arrasa China, desplazándose y dedicándose al pillaje, el asesinato, la violación sistemática de la población, mientras el ejército regular chino va retirándose y dejando la estepa a merced del invasor. La comunidad religiosa acoge a las refugiadas de otra misión que ya ha sido asaltada por los bandidos. En vez de huir, el integrismo de la directora se impone, y con ella, se sobreentiende su voluntad de martirio por encima de salvar la vida del mayor número de personas posible. Paralelamente, y cuando esperaban a un médico en la misión, quien llega es una doctora, “no sabe lo difícil que es para una mujer alcanzar un trabajo de médico”, sus costumbres mundanas, su vida “disipada”, el fumar, el beber, el no rezar, el no respetar la bendición de la mesa, choca frontalmente con las normas no escritas de una comunidad que nada se cuestiona.
 



Estamos ante mujeres, la mayoría, maduras, alguna rozando la vejez, para quienes ya es tarde cambiar de vida, pero entre ellas se encuentra la “novicia”, la joven que no ha conocido otra vida que la de la misión, un papel encarnado por Sue Lyon (la lolita de Kubrick), y que pasa a ser uno de los puntos centrales de tensión entre Anne Bancroft y Margaret Leighton, convencerla de que la vida es muy importante y única para vivirla o mantenerla entre algodones, como la hija que nunca ha tenido, mantener su educación religiosa en la esperanza de que continúe la labor de la matriarca de la comunidad, lo sagrado y lo profano frente a frente. “Tú eres la única que aún tiene una oportunidad. Ahí fuera hay un mundo real. Sal de esta ratonera y ve a buscarlo”, le dije la doctora a la joven.




Probablemente la doctora ha decidido apartarse del mundo, huyendo de la civilización porque ya ha sufrido demasiadas heridas en su vida, le encanta escandalizar a ese grupo de mujeres mojigatas, contar sus aventuras extramatrimoniales con un hombre casado, representar en si misma todo aquello que las misioneras consideran diabólico, perverso, insano, antinatural, pero al mismo tiempo revela una humanidad que ninguna de ellas está dispuesta a desarrollar, desde la consentida e inaguantable embarazada que exige toda la atención del grupo, la joven que empieza a descubrir que otra vida es posible, la ayudante de Agatha (Margaret Leigthon) demasiado mayor como para cuestionarse otras posibilidades que la de obedecer ciegamente a la jefa, la propia Agatha, convencida de que no hay mayor sacrificio ni mayor ofrenda que el respeto a la religión como única expectativa de vida, todas ellas, una por una y en grupo, se verán enfrentadas con la realidad cuando la misión sea asaltada por la horda mongola, y se demuestre que el mayor conocimiento de la vida y la mayor y más desprendida actuación por los demás sólo esté dispuesta a hacerla aquella persona que para todas ellas representaba la maldad en el mundo. Hasta el punto de que la liberación final dejará a todas ellas marcadas, unas por la duda de la fe, incluida la líder, pues de poco sirve encomendarse a Dios cuando Dios no espera, ni pretende, salvar a sus criaturas y las entrega al salvajismo y la violencia, otras porque toman conciencia de que, sin haber vivido, resulta prematuro y suicida, encerrarse entre las paredes de un convento laico para dedicarse a adoctrinar infieles al tiempo que se les ofrece un cobijo y comida, algunas porque nunca es tarde para cuestionar la autoridad si ésta es abusiva, despótica e irracional.
 
 

Estamos ante un choque de dos concepciones de vida en un ambiente hostil, el dogma y la fe frente al mundo moderno amparado en la ciencia y el progreso, los escenarios recuerdan al lejano oeste, la misión no es difícil identificarla con un poblado de pioneros o con un fuerte avanzado del séptimo de caballería, en ese grupo de mujeres podemos aventurar al grupo de mujeres de soldados ausentes de las películas grandes de Ford, la tribu bárbara no deja de ser el grupo de indios feroces de otras películas del oeste, incluso los principales papeles de esa horda los encarnan secundarios (y no tanto, porque por ejemplo, entre los mogoles se encuentra nuestro sargento Rutledge, el de Sargento Negro) de las películas de Ford caracterizados de asiáticos.
 



Ni que decir tiene que esta última película de Ford es muy menor comparada con el excelso catálogo de maravillas del autor, como testamento cinematográfico no ha pasado a ninguna clasificación de lo mejor de la historia del cine, pero aunque solo sea por apreciar la diferencia entre esos dos mundos, uno que se derrumba en sus convicciones y otro incipiente, el de separar religión y ciencia, el de la emancipación femenina, el de la igualdad de sexos, ambos salen derrotados al final de la película, pero el primero por falta de futuro, mientras el segundo lo es por decisión personal, por auténtico fin personal agotadas todas las posibilidades de escape, no porque sea moralmente inferior al del grupo de ideologizadas catecúmenas.
 



“Siete mujeres”, que en realidad son ocho, la octava es la doctora, pero como médico, su sacrificio final tiene sentido, su labor es salvar vidas, y sólo se pueden salvar el resto si ella asume el sacrificio.