sábado, 1 de marzo de 2014

¿QUÉ NOS QUEDA? (Hans Christian Schmid, 2012)


¿QUÉ NOS QUEDA? (Hans Christian Schmid, 2012)


 “Si amas a alguien déjalo marchar, si vuelve se quedará, y si no…..” Gitte.

Ya he hablado en muchas ocasiones sobre la familia, sobre sus fantasmas en los armarios, sobre las falsas apariencias y falsas relaciones de solidaridad ficticia. “¿Qué nos queda?” gira de nuevo sobre la familia, sobre esa apariencia de buen modelo y de microsociedad perfecta, en este caso de una burguesía acomodada, sin ningún problema para llegar a fin de mes ni de vida, con más euros en la cuenta que sentimientos dispuestos a expresarse, donde la comodidad se mide en la cantidad de silencios que se pueden mantener en una reunión para no abordar los asuntos pendientes.



 

Gitte y Gunther son los padres, Marko y Jacob los hijos, cercanos a los 60 años los padres, 30 años de matrimonio más o menos, una petición materna de reunión fuera de las fechas tradicionales, todos expectantes por el anuncio, parcialmente revelado por el padre antes de tiempo, pero no es esa jubilación lo que hace estallar la falsa calma familiar, sino el anuncio de la madre de que, después de muchos años de tratamiento psiquiátrico ha decidido abandonar la medicación para intentar ofrecerse a su familia con una base sólida después de tantos años de incertidumbre y aparente falta de compromiso, de ausencia obligatoria, anuncio que sume a los miembros masculinos de la familia en el desasosiego de lo que va a venir conocedores de las crisis periódicas de la madre, evitadas desde que respeta la medicación pautada.


 

Al inicio de la película dos escenas sucesivas nos reflejan la personalidad de cada uno de los hijos, el mayor, que vive alejado de sus padres, demuestra escasa seriedad al recoger a su hijo para desplazarse a la casa familiar, nosotros ya sabemos que se ha separado de su mujer, que ha fracasado en su proyecto familiar, algo que oculta al resto de la familia, y que además no es serio a la hora de cuidar de los demás. El pequeño, que vive en el mismo pueblo que sus padres, llega a la casa y se muestra extrañamente inquieto porque su madre no contesta y las puertas están abiertas de par en par. Esa desazón viene provocada por lo que después se nos enseñará, pero sirve como preámbulo para mostrarnos que en esa familia existe algo oculto que sobrevuela las relaciones de todos sus miembros, la enfermedad materna como excusa para justificar el resto de comportamientos, al tiempo que descubrimos al hijo que verdaderamente está obsesionado por la enfermedad de la madre.



 

A raíz de la decisión materna de abandonar la medicación salen todos los muertos de los armarios, como si durante años se hubiera usado la excusa de la enfermedad para tener a la madre entre algodones y ajena a los problemas de los miembros de la familia, su exigencia de que la dejen de tratar como un jarrón de cristal fácilmente rompible lleva a que cada uno de los demás aproveche la ocasión para ir contando sus fracasos, sus mentiras, sus ruindades…… aprovechando la frase del inicio, Gitte desaparece de buenas a primeras y abandona a su familia.


 

Ni contigo ni sin ti, todos se sentirán culpables y, al mismo tiempo, desconcertados y abandonados, extrañan la ausencia del ser que permanecía envuelto en un mundo aparte, medicado, artificialmente tranquilizado, y su desaparición enfrenta a cada uno de los hombres con su verdadera personalidad, todos se culparán respectivamente y todos alcanzarán a encontrar una excusa para sus fracasos. Gitte volverá o no, eso es indiferente, pero su desaparición ayuda a romper los lazos ficticios mantenidos entre la familia con la carga que conllevaba el cuidado o la atención a una madre enferma.


 

No es desdeñable establecer una conexión entre esta Gitte y el Anders de “Oslo, 31 de agosto”, ambas rodadas en esos espacios de la Europa superdesarrollada, gente culta y formada, de buenas maneras y comportamiento exterior exquisito, pero con un torbellino interior de insatisfacción insuperable. Anders busca asidero en una tarde-noche de fin de verano que le lleva a la conclusión de que nadie le espera y él nada espera, a Gitte un fin de semana con la familia le sirve para eliminar todas las falsas esperanzas de que esa sociedad se fundamenta en bases sólidas, no existe ninguna, salvo el lazo de sangre y el tiempo que todo lo acomoda. Anders opta por el suicidio, Gitte por la huida o algo más, pero en el fondo esas luces mortecinas del norte de Europa, esos bosques que rodean casas de diseño, frías como las relaciones que se establecen en su interior, no nos anuncian más que el fracaso del modelo familiar. No hay familia que subsista manteniéndose con el estereotipo de que “somos familia”, la familia, como la amistad o el amor, exigen compromiso y honradez, nadie puede esperar nada de su familia si esas cosas son inexistentes.


 

Mucho mejor la primera parte de la historia que el desarrollo posterior a la huida, donde la narración se alarga, a mi juicio, algo innecesariamente, quizás para llegar a esa hora y media estandarizada para una película, si el desenlace no se alargara tanto la película sería mucho mejor, siendo buena en líneas generales de todas formas.


 

Como dice el título, si quitamos que somos matrimonio y somos padres e hijos, ¿qué nos queda?, después de una vida de familia, ¿qué más nos queda por perder? ¿nos queda algo? ¿acaso podíamos perder lo que no teníamos?. En fechas de superproducciones de diseño pensadas para elevar unas estatuillas doradas e incrementar las cuentas de resultados de multinacionales que entienden el arte en función del negocio que proporciona, es reconfortante encontrarse con pequeñas historias sin importancia, bien contadas, bien estructuradas, con tan poca importancia como la de nuestras propias vidas, pero reales.