domingo, 9 de marzo de 2014

OH BOY (Jan Ole Gersten, 2013)


OH BOY (Jan Ole Gersten, 2013)


 

Bienvenidos los nuevos aires de Nouvelle Vague que recorren la vieja Europa y la vieja América, “Los ilusos” de Jonás Trueba, “Frances Ha” de Noah Baumbach, este “Oh boy” de Jan Ole Gersten………porque no cuesta mucho reconocer en el personaje de Niko (Tom Schilling) a nuestro añorado Antoine Doinel, al otro lado del Elba, pero con la misma cara de despiste, desclasado, sin sitio en una sociedad que no comprende o a la que no comprende.


 

Donde una película como “Stockholm” agota su propuesta, narrativa y fílmica, arranca la historia de Niko, medio minuto sirve para desarrollar y exponer al espectador su ausencia total de compromiso, su absoluto nihilismo sin ideología, su simple estar por pasar sin asumir responsabilidad de tipo alguno.


 

Como a Frances, en la película de Baumbach, todas las expectativas de Niko se tuercen, pero frente al eterno optimismo de la mujer, aquí cada contratiempo es una losa más hacia la soledad y hacia la depresión de este joven sin futuro. Con todo a favor, clase media-alta, formación, familia dispuesta a mantener la situación a poco que se demuestre un mínimo de interés en adaptarse al sistema imperante (como el personaje de Oslo, 31 de agosto, con el que guarda concomitancias, menos la de la autodestrucción), Niko opta por jugar todas sus cartas a la obtención de un café a lo largo de un día interminable, café que va a jugar como un McGuffin hitchconiano situando al protagonista en escenarios absurdos, donde la soledad queda mitigada por un tono de comedia agridulce que invita a la carcajada más de una vez.






 

Como el personaje de Griffin Dune en “Jó, que noche” de Scorsese, según pasa el día más surrealistas son los personajes con los que se cruza y más imposibles de manejar las situaciones, desde la camarera que le aturde a la hora de pedir un café “normal”, la chica que cree que está robando a un vagabundo alcohólico, el técnico de Tráfico que le retira definitivamente el carnet de conducir tras un test psicológico demencial, el encuentro con una antigua compañera de instituto resentida por el bulling al que fue sometida, el vecino necesitado de compañía, el rodaje de una película con nazi de fondo, la performance teatral, el encuentro con el padre que le deja bien claro  porqué la tarjeta de crédito ha dejado de funcionar………… todo invita a un catálogo de catástrofes encadenadas y a un final antológico de disparate.


 

Pero aquí el director decide romper la línea argumental, si hemos ido comprobando la vida parasitaria de Niko, su absoluta falta de credibilidad y compromiso, el último cuarto de hora de película deviene trascendente, y no por él, sino ante su enésimo intento de obtener un café cuando un viejo borracho empieza a darle conversación y a quejarse de que ya no entiende nada, que no entiende las conversaciones de los jóvenes, que no entiende cómo esa juventud ignora y desconoce el origen de la vida de sus mayores, juventudes hitlerianas como él que han pasado al “olvido oficial” como si nunca hubieran existido.




 

Niko, que en el fondo es buen chaval, y a lo largo de la película lo podemos comprobar, se enfrenta, en los fríos  y vacíos pasillos de hospital, al fin de una vida y a la pérdida de una memoria, y también, cómo no, esta vez con una taza de café entre sus manos, a la expectativa de desaparecer de este mundo sin que nadie eche en falta su ausencia, quizás una de las perspectivas más terribles que cualquier persona se imagina para el futuro. Bienvenida y más que notable primera película de este director alemán, que con mucho sentido del humor afirma que rodó en blanco y negro porque ya no le quedaba dinero para pagar los colores.