viernes, 7 de marzo de 2014

MUSEUM HOURS-BENJAMIN SMOKE (Jem Cohen, 2012)


MUSEUM HOURS (Jem Cohen, 2012).- BENJAMIN SMOKE

 



Jem Cohen era un absoluto desconocido para mi hasta que empezó a difundirse su última película, Museum hours, este cineasta nacido en Kabul hace 51 años, de nacionalidad estadounidense, con raíces culturales europeas, no es un recién llegado al cine, basta con introducir su nombre en cualquier buscador de internet y se obtienen un listado de obras apabullantes. Videoarte, películas, documentales, ensayos fílmicos, en resumen, cine, mucho cine y poca difusión, por no decir casi nula, en España, pero ahora mismo, bien en portales de internet o en plataformas tan “respetuosas” con los derechos de propiedad intelectual como youtube, su obra puede verse parcialmente, y Museum hours es una auténtica sugerencia intelectual sin pretensiones de elitismo, una maravilla didáctica con envoltorio de película convencional, que como esos grandes ríos del planeta, llega un momento en el que no sabemos si nos encontramos en el cauce principal o en un afluente mucho más importante que el propio río.
 



"Las razas puras de perros cada vez son más débiles, sufren muchas enfermedades, se mueren. En cambio, los perros criollos cada vez son más fuertes y eso debería enseñarnos algo a los artistas. En el arte siempre va a haber momentos en que la gente se sienta confundida porque no hay etiqueta para lo que se hace, pero es precisamente esa área de indefinición la más excitante", dice el propio cineasta, artista callejero con sus cámaras de 16 mm o super8 al cuello y rodando la vida cotidiana, algo que nos le acercaría a Jonas Mékas, aunque Mékas hace de su vida el eje de su cine, pero algo de su influencia y su saber intelectual parece circular por las imágenes “reales” de Museum hours.
 



REM, Vic Chesnutt, Guy Picciotto de Fugazi, Jonathan Richman, Patti Smith, Benjamin Smoke, el minimalista Terry Riley, Blonde Redhead o Elliott Smith son algunos de los artistas musicales relacionados con la obra de Jem Cohen, no estamos ante un advenedizo ni ante alguien que no deje claros sus referentes, por eso cuando se oye ahora que un cineasta como Linklater ha llevado a cabo una idea novedosa con su última película rodando durante 12 años la vida de un niño que va creciendo usando al mismo actor, ojo, siempre puede haber alguien que lo haya hecho antes, y que, no gozando de la misma proyección mediática, no haya obtenido el reconocimiento preciso. Porque Cohen ya lo ha hecho, al menos dos veces, una en un documental sobre Fugazi, y otra con el excelente (lo digo porque éste si lo he visto) “Benjamín Smoke”, sobre el líder del grupo Smoke, al que rodó durante los últimos díez años de su vida mientras el sida y las drogas le iban consumiendo.
 



Viendo sus películas adviertes que se trata de un tipo singular, con la cabeza sobre los hombros y muy bien amueblada, un libertario del arte, una persona independiente para poder contar lo que quiere, como quiere y sin preocuparse del rendimiento económico, en el fondo la libertad reside en no tener ataduras. Hace una década las películas de Cohen se emitían en el Channel 4, en la BBC o en canales alemanes. "Hoy cada vez que les propongo un nuevo proyecto las televisiones europeas me miran como si estuviera loco. Europa era mi nicho, pero cada vez se parece más a Estados Unidos y creo que si los europeos quieren que los artistas sobrevivan van a tener que pelear por ello".
 



“Museum hours” arranca como si se tratara de una película convencional con una historia a seguir, aunque pronto adviertes que aquello se va a desbocar, que los afluentes, los recodos, los meandros, los deltas van a empezar a proliferar y que a la pregunta inicial le van a seguir muchas más, unas con respuesta y otras que exigen la participación activa del espectador. Cuando visito alguno de estos grandes museos como el que sirve de referencia a la película, el Kunsthistoriches Art Museum de Viena, me suele asaltar la idea de ¿cómo se entretienen los vigilantes en esas largas jornadas encerrados en una sala concreta? Parecería que la película va a ir de eso, de cómo un vigilante pasa sus horas muertas, pero este vigilante no aparenta aburrimiento, desgana, cansancio por inactividad como habitualmente adviertes en las pinacotecas, o ese estado de alerta permanente como si los visitantes de los museos fuéramos psicópatas en serie dispuestos a acabar con el arte en un instante. No, el personaje de Johann disfruta verdaderamente de esa posibilidad de encontrarse tantas horas al día cerca de la historia del arte, disfruta como lo hacen parte de los visitantes contemplando obras perfectas de todas las épocas, aunque su favorito sea Brueghel.
 



La vida de Johann se cruza ocasionalmente con la de Anne, una visitante canadiense, viajera por obligación moral para visitar a una prima en coma que vive en Viena. Perdida en el museo buscando la combinación para poder acercarse al hospital se inicia una relación que, afortunadamente, tiene muy poco de romántica, recuerdo que no estamos en una película convencional. Dos solitarios, ya cerca de los 60, una en un país extranjero del que no conoce el idioma, el otro un solitario como consecuencia vital, gay sin pareja porque perdió a la suya, adicto al poker por internet, punk en sus tiempos, amante del heavy metal y de sensibilidad exquisita para adentrarse en los recovecos del arte y mirar más allá de lo evidente, buscando lecturas y conexiones con la actual Europa, centrada en Austria pero predicable a muchos otros países.
 
 



La relación frecuente entre ambos empieza a derivar en conversaciones que, ajenas a la belleza de las rodadas en el museo, retratan la realidad diaria de nuestra sociedad, no necesitamos oir a Johann reconocer que las sociedades europeas han girado hacia la derecha, cuando no hacia el fascismo, no necesitamos que nadie nos diga que los peores trabajos los realzan los inmigrantes extranjeros, cómo la juventud ha perdido el futuro a fuerza de quedarse sin presente, cómo la miseria es reflejo del capitalismo, como la gente sobrevive comprando o trucando pertenencias en mercadillos miserables. Y Viena aparece como una ciudad gris, triste, pulcra en lo turístico y hostil donde residen sus habitantes.
 



Los planos de retratos o bustos escultóricos nos interrogan, ¿dónde quedó nuestro humanismo? ¿existió un verdadero interés por el arte o siempre se trató de mero mercantilismo? Cuando se crearon los museos modernos no hubo una verdadera voluntad de divulgar y difundir el arte, si así hubiera sido los museos serían gratuitos, estarían abiertos a todo el mundo, mientras que la tendencia predominante es cobrar, y cobrar cada vez más, mercantilizar el arte como forma de marcar las diferencias sociales impidiendo el acceso a los de siempre, a los que bastante tienen con pensar en sobrevivir dia a día.
 


Nos plantea Cohen si ante una obra de arte somos capaces de ver o sólo vemos lo que queremos ver, ¿somos capaces de eliminar todo prejuicio e idea preconcebida ante una obra de arte? La escena en la que la guía explica la obra de Brueghel a un grupo de visitantes es ejemplo palmario de la estupidez humana, cada uno es muy libre de representarse el contenido de un cuadro como le parezca, pero, al menos, si discutes la opinión de quien sabe, que sea por convicción y con razonamientos, no porque sepas que alguien dice que Brueghel era de tal o cuál manera.
 

 

El avance de la película nos conduce hacia la muerte, la evolución del paciente en el hospital es antesala de la historia de Joachim y Anne, es reflejo de la historia viva que no hay que olvidar en la Europa actual porque se nos viene encima su repetición, las Torres Flak como reflejo de ese pasado que se oculta en una Austria tan nazi como la Alemania hitleriana pero que supo jugar la carta de país anexionado en vez de entusiasta seguidor del Reich, La realidad de la ciudad permanece en el recuerdo de lo imborrable, la memoria, la memoria de esos monumentos, calles, parques, porque lo real no es lo turístico. Según la película se acerca a la conclusión las imágenes del museo nos llevan a las momias egipcias, los ídolos funerarios, el libro de los muertos, arte y vida mueren y se regeneran, frente a una ciudad que aparenta decadencia, la vida se encuentra en el bar donde se celebra una fiesta semanal con inmigrantes eslavos, es la mezcla y la interculturalidad lo que salva al arte y a las sociedades, no estos espacios cerrados y excluyentes en que hemos convertido ciudades, estados, sociedades…… normalmente lo más antiguo termina siendo lo más moderno.
 


La última escena de la película recuerda sin estridencias al cine de Mékas, si se quiere con una imagen más limpia, más “bonita” y en una coda final de evidente onirismo, los grajos de los cuadros toman vida muchas veces a  lo largo de la película, remontemos el vuelo y recuperemos la esencia, las horas del museo han de servirnos para preguntarnos cómo fuimos y qué nos estamos haciendo. “Estoy completamente confundido acerca de cómo etiquetar mis trabajos. Son simplemente películas con sonido. Nunca me gustó el término “cine experimental”, me parece una especie de ghetto que implica una experiencia difícil y no accesible para la gente. Pienso que mis películas son muy accesibles, con algunas excepciones. Puede que no sean fáciles, como Chain, pero sí accesibles. Por otro lado, me gustan muchas películas que se enorgullecen de llamarse experimentales, me parecen muy importantes y hermosas, pero no es la etiqueta que uso para mi cine. Aunque ciertamente no haga películas normales… bah, para mí lo son””. Amo a Jonas Mekas. Cada tanto lo veo en la calle en Nueva York y, si bien no lo conozco, es hermoso cruzarlo caminando. Porque siempre fue un espíritu libre y ayudó a crear esta zona abierta de la que vengo hablando. Pero más que todo es una persona que, de la misma manera que algunos poetas y músicos, crea cosas simples y profundas a partir de la vida cotidiana. Es una tradición muy linda. Y siempre usa sombrero… me gusta eso”
 


Y si quereis profundizar en la obra de Cohen podeis seguir las andanzas de Benjamin Smoke, sus últimos diez años, guru del queer rock en la Atlanta de finales de los 90, en plena resaca de la América postreaganiana, con la ola del sida haciendo estragos en la comunidad gay, un ir y venir alrededor de esos 10 años, donde vemos al poeta cantante explicando su forma de ver la militancia gay, las razones por las que oculta su enfermedad, su despedida sabiendo que desaparecerá antes que después, su relación familiar, sus canciones en las que se adivina un tono cercano a la voz rota de Tom Waits pero por parte de una auténtica reina de la noche underground.
 


Fragmentos de entrevistas en “El PAIS” y BLOG&DOC.