martes, 25 de marzo de 2014

M, EL VAMPIRO DE DUSSELDORF (Fritz Lang, 1931)


M, EL VAMPIRO DE DUSSELDORF (Fritz Lang, 1931)




En 1931, el partido nacionalsocialista supera el 20 % de los votos en las elecciones de ese año, continúan los problemas de paro e inflación desbocada que acabaron con la república de Weimar y que supusieron el fin de los spartakistas con la cooperación silente, cuando no necesaria, del partido socialdemócrata. En 1931 Hitler es una figura emergente, en alza, olvidado el fracaso del golpe de estado que le dio a conocer, rodeado de fuerzas paramilitares que aplican su sentido de la justicia ante la incapacidad del gobierno de turno para imponer el orden y recuperar el país.


 

En ese contexto, e integrante de la corriente expresionista del cine alemán, Fritz Lang rueda la que dicen las hemerotecas, es su primera película sonora, “M, Morder Unter Uns”, titulada en España, “M, el vampiro de Dusseldorf”, quizás inspirado en el hecho de que existió un verdadero asesino de niños en los primeros años 20 en la ciudad alemana de Dusseldorf, pero ignorando que el rodaje de la película se lleva a cabo en Berlín.


 

Resulta relevante evocar cómo en un país en descomposición, antes y después de la primera guerra mundial, el mundo de las artes pudo tener una eclosión de figuras como las del extinto imperio austro-húngaro, Zweig, Mann, Hoffmanstal, Schinztler, Klimt, Schiele, Mahler, Strauss, Bruckner, Murnau, Lubitsch, Lang……. Y en el mundo del cine crear un movimiento estético conocido como “expresionismo” absolutamente identificable e irrepetible, y que tantas referencias posteriores ha provocado.


 

En el desarrollo de la película hay que destacar la mezcla de dos mundos, el mundo oficial y el mundo del hampa, como esferas tangentes, como dos realidades diversas que coexisten y se toleran con ciertos límites, y que se ven perturbadas cuando entra en escena un tercero, ajeno a ambos mundos, pero que los distorsiona y los pone en cuestión. Al mundo oficial le trastoca el hecho de que un asesino esté matando niños en la ciudad y que todo el aparato policial se vea incapaz de identificarlo y detenerlo. Esto provoca un  estado de miedo permanente en la ciudadanía, no sólo cuando cae la noche y empieza el mundo de las sombras, sino durante el día, cuando el cazador empieza a escoger sus próximas piezas. Esa clase media, sin recursos para procurarse su seguridad y vivir en libertad, empieza a cuestionar la actuación política y eso si que supone un problema para el sistema. En cuanto se aumenta la represión lo que se consigue no es aumentar la eficacia policial, sino incurrir en errores que afectan a la vida diaria, pero, de forma secundaria, el mundo del hampa se ve tremendamente dificultado en sus actividades normales, se ven imposibilitados para conseguir fondos si la presencia policial sigue siendo tan permanente y asfixiante, ya que las redadas y la persecución a los delincuentes habituales impide que el negocio prospere, porque ya se sabe, parafraseando a Kaurismaki, que “cuando el sol recula, el dinero circula”. En esa tesitura el mundo del hampa también tiene que organizarse para encontrar cuanto antes al asesino y recuperar la normalidad en su actividad y su fuente de ingresos que se está agotando.

 

 

Y es aquí cuando el mensaje político y subliminal de la película se hace grande, enorme, y además visionario. Ver “M” como una simple película de policías, delincuentes y persecución nos nublaría el paisaje que ofrece la posibilidad de interpretar la película como un reflejo del estado nazi. Los criminales se organizan fuera del estado para formar sus propias patrullas policiales, su propio servicio de espionaje, su servicio de información, su aparato de colaboracionistas (no hay que estar muy espabilado para comprender que así funcionaban las S.A. antes de acceder al poder), para localizar al sospechoso y hurtarle de la justicia oficial porque consideran que será siempre más benevolente que la justicia del pueblo.


 

Entretanto vamos descubriendo al personaje de M, primero es una sombra, una silueta, una espalda, un perfil, y después aparece, una presencia anodina, amparada en su vulgaridad y su vida común, sin levantar sospechas porque, realmente, nos encontramos ante un paradigma de la enfermedad mental, que necesita “entonarse” para llevar a cabo sus brutales crímenes, que se autoconvence y cambia de personalidad silbando una melodía de Peer Gynt, melodía de progresiva aceleración que cambia su personalidad para transformarse en un psicópata. No estamos sólo ante un asesino de niños, las imágenes nos pueden permitir imaginar que, además de asesino, nos encontramos con un pederasta, que antes de matar consuma sus deseos sexuales con niños, y esa escena en la que vemos a Peter Lorre, inicialmente obnubilado ante la posibilidad de haber encontrado a su nueva víctima, y cómo su mano se retuerce imaginando el placer venidero nos permite vislumbrar ese algo más que el personaje no muestra abiertamente, ni la película revela, pero sobre el que tenemos datos suficientes para suponerlo.

 

Centrados los tres ambientes de la película resulta ser el mundo del hampa quien tiene mejor éxito que el mundo oficial de la policía, y es que jugar sin reglas suele proporcionar resultados mucho más rápidos y exitosos, y en este caso no respetar la legalidad ni los procedimientos permite a los delincuentes “honrados” identificar al asesino gracias a la inestimable ayuda de un  ciego. ¿Acaso los alemanes de 1930 estaban ciegos?. La marca en la espalda, la famosa M de tiza es el estigma imborrable para Peter Lorre, quien en una frenética huida sin poder consumar su último plan criminal al ser descubierto, intenta refugiarse en una fábrica donde es acorralado por los delincuentes “tolerados socialmente”, y sometido a un juicio farsa, con su tribunal, su jurado, su abogado defensor, donde un inicialmente apocado asesino va entonándose poco a poco, como si oyera su melodía de Peer Gynt para espetar al tribunal popular “¿quiénes sois vosotros para juzgarme si teneis más crímenes que yo?”. Los argumentos para someterle a un juicio popular son elocuentes, entienden los perseguidores que, entregado a la policía se beneficiará del sistema judicial que le impondrá una pena de cárcel que le permitirá salir en unos años, o peor aún, se le declarará enfermo mental y será recluido en un manicomio sin sufrir castigo alguno, y eso el pueblo, el Volks alemán no lo puede tolerar, será mucho más justa la justicia paralela, la popular… no olvidemos que hemos identificado a esta muchedumbre como reflejo de la Alemania nazi por venir, y qué acertado fue el paralelismo de la película con lo que iba a llegar, la eutanasia activa de los enfermos mentales, la usurpación del poder oficial por instituciones paralelas cuyo único mérito era su carácter ario…… pero también hubo tribunales populares en la revolución francesa, en la extinta URSS……..


 

 Vivimos tiempos convulsos, de ruina moral en todos los ámbitos, de decadencia de las instituciones y de la democracia, no dejemos que sean los criminales los que juzguen los delitos, carecerán de humanidad y velarán por sus propios intereses en nombre del pueblo.