martes, 11 de marzo de 2014

LOS ILUSOS (Jonás Trueba, 2013)


LOS ILUSOS (Jonás Trueba, 2013)



 

Lo confieso, soy defensor a ultranza de “Todas las canciones hablan de mí”, como de “Más pena que Gloria”, donde Jonás participó en el guión  junto con Victor León. Por lo tanto no soy sospechoso de nuevo advenedizo favorable ni de nuevo seguidor de la obra de Jonás Trueba, lo reivindico donde otros muchos han expresado su descontento. Y sin embargo puede defenderse “Los ilusos” denostando las obras anteriores del menor de los Trueba porque no tienen nada que ver, ni en formas ni en estilo, si acaso mantienen el mismo tipo de diálogo, pero al servicio de otra forma diferente de contar una historia.


 
En un ejemplo de deconstrucción del cine la mezcla de realidad y ficción empapa la totalidad de la película, bajo epígrafes o rótulos de episodios que no suponen historias distintas ni rupturas narrativas, Jonás Trueba mezcla amor al cine con elaboración del cine, una historia de ficción con propias imágenes familiares, la misma ficción transformándose en realidad mediante la inserción de claquetas, micros, equipo técnico, de tal manera que asistimos a uno de esos ejemplos de lo que ha debido querer decir Jonás Mekas cuando reivindica “I REACT TO LIVE”,  asistimos a la vida diaria de los cineastas cuando no hacen cine, a sus idas y venidas a lo largo del metraje, justificando su inactividad, su falta de ideas claras en cuanto a los siguientes proyectos fílmicos, es su reacción a la vida diaria y eso es lo que se filma y constituye, de por si, el cuerpo de la película, y todo ello girando alrededor de un espacio que se quiere mitificar como si de una Cinematheque se tratara tomando como epicentro el Cine Doré.



 
“Los genios y los enamorados”, “La fugitiva”, “Los ilusos”, “La muerte del cine” son parte de esos rótulos nouvellevaguianos que adornan la película, el cine Doré, el Pequeño Cine Estudio, la C/Martín de los Heros, la tienda de videos llamada a desaparecer fagocitada por las nuevas tecnologías y la pereza de los propios amantes del cine que no podemos ya echar mano de aquellas viejas cintas guardadas cogiendo polvo pero que tampoco podemos desprendernos de ellas como hace, a las primeras de cambio, el protagonista ante el incalculable tesoro que debe suponer haber recibido dos cajas de VHS repletas de cine vietnamita y coreano inencontrable.



 
Todo muere y todo renace o es capaz de renacer, las formas artísticas merecen continua revisión y evolución, Trueba lo hace en esta película sobre qué hace un director entre película y película, y lo que empieza como un ensayo moroso y nostálgico, con historias de amor vislumbradas y teñidas de un toque de imposiblidad, a raíz de un interludio musical, que, por cierto, hay que aprovechar para reivindicar a estos músicos , de largo recorrido ya, y que giran bajo el nombre “El hijo”, deriva en un estado de permanente comedia agridulce, pues ya nos lo explica el director que no deja de ser actor de la película, una situación dramática puede convertirse en cómica si se alarga, y viceversa. En esa segunda parte se opta por la comedia y se juega con un personaje real que se deja hacer, Javier Rebollo, homenajeado por activa y pasiva en esta película como gurú de esta nueva generación de cineastas que pretenden renovar el esclerótico cine español mayoritario.





 
Javier Rebollo (“Lo que se de Lola” “El muerto y ser feliz”) es objeto de burla cariñosa y de referente para los dos chicos de la película, protagonista de un sueño surrealista donde Rebollo huye de un actor que quiere su oferta de trabajo con él, y no deja de ser buena señal que éste sea el modelo adoptado por Trueba para su homenaje al cine por venir, pues estos ilusos no dejan de ser nada más que un embrión de un cambio, que llegará o no, pero que permite esperar un nuevo tipo de cine. Para que el cine renazca hay que matar al cine anterior, incluidos los soportes caducados, y nada mejor que entregar a las fieras infantiles un par de cajas con viejos VHS para que sean destrozados. Viendo Los ilusos uno puede advertir los homenajes más o menos explícitos a mucho cine pasado, el espíritu y aroma a la Nouvelle Vague de Godard, de Truffaut, de Rohmer está presente, el homenaje al primer Trueba de la saga es evidente con esa estación de metro de Antón Martín y aquella “Opera Prima” que supuso una ruptura, ya superada, en su momento, las referencias expresas a Tsai Ming Lang y a Edward Yang y su Yi-Yi……… bienvenidos ilusos y esperemos que se queden mucho tiempo.