viernes, 14 de marzo de 2014

LA FOTÓGRAFA (Fernando Baños Fidalgo, 2012)


LA FOTÓGRAFA (Fernando Baños Fidalgo, 2012)

 

Cristina,s World (Andrew Wyeth)


Estimulante forma de contar, estimulante forma de mostrar, estimulante película en definitiva, a la que por poner un pero, personalmente hubiera dilatado más el momento de revelar al espectador lo que la protagonista desconoce y hubiera dejado más en la sombra el papel y la actuación de esa fotógrafa.

 

En este caso hay que ser especialmente cuidadoso a la hora de no contar nada sustancial de la trama, forma parte de la esencia de la película que el espectador vaya conociendo, no sólo con palabras, sino también con imágenes y sólo con ellas, tanto lo real como lo inventado, hay que dejarse deslizar por la historia hasta que lleguemos al sustrato de la misma, hasta comprobar que la protagonista no es la hija que acapara la primera media hora larga de la película, sino la fotógrafa del título. Que no aparezca en pantalla hasta mucho después, y que sus apariciones sean más o menos fugaces no significa que “la fotógrafa” sea un papel anecdótico, ni mucho menos, es el papel que sustenta toda la armazón y estructura de la película.
 








Los primeras cuatro minutos de película son fundamentales para saber a lo que nos enfrentamos y a las formas en las que nos vamos a desenvolver. Un lento, bello plano fijo de una casa de campo, aparentemente vacía, vista desde la distancia próxima, con un cielo plomizo, un paisaje que bien puede ser castellano, extremeño, mesetario en definitiva, y lentamente la cámara empieza a moverse, en movimiento circular, vemos a una mujer madura enfrentada a la visión de la casa, y a una niña que juega en los alrededores pero que no existe, que sólo es el recuerdo de la mujer, su recuerdo, y el plano se cierra en su movimiento retornando al inicio, hemos dado la primera vuelta completa a la historia, y ya sabemos que la película nos va a hablar del pasado.
 




La segunda vuelta la proporciona el diálogo (tras otra escena bellísima abriendo puertas y ventanas de la casa, con cortinas y sábanas moviéndose al ritmo del viento) entre Kath (Zay Nuba, actriz de presencia impactante en aquella “La vida mancha” de Enrique Urbizu) y el viejo amigo de la madre que aparece al ver movimiento en la casa pensando que es Sara, la fotógrafa, la que ha vuelto. En ese diálogo donde se sienten más cosas de las que se dicen, se nos cuenta que Sara ha muerto, además ha muerto perdiendo la memoria, memoria que ha quedado ordenada en las fotografías que hizo durante su vida, fotos que han quedado recogidas con una leyenda explicativa, menos las de una carpeta, una carpeta que aparece en la casa familiar y que nadie conocía, ni la hija, ni el amigo. Fotos sin leyenda y que centran el objeto de la película, reconstruir la historia de esas fotos.
 





Es ahora cuando conviene callar, la historia de las fotos conforman el sustrato emocional de la película y de todos los personajes que la crean, estamos en el minuto 20 de historia y la acción se traslada a Argentina, concretamente a Buenos Aires, al Buenos Aires del corralito del año 2001 y a un comportamiento extraño de la madre. La historia se va bifurcando, nos va moviendo por los sitios de 2001 con recuerdos de 1979, paseamos los mismos lugares en distintos tiempos y con distintos personajes, los lugares permanecen, pero se transforman en algo distinto según quien los habite o qué se busque en ellos.
 




La película trata de reconstruir el pasado de una persona a partir de los recuerdos, de lo que dejó, de aquellos a los que dejó, un simple plano de un sillón blanco vacío resulta más desgarrador que el llanto de la hija al recordar la figura de la madre, hay más ausencia en un espacio ocupado habitualmente por una persona que aparece vacío que en el recuerdo de esa presencia en nuestra mente.
 




El uso de la imagen y el movimiento de los personajes está coreografiado a la perfección, hay muchas escenas donde ese movimiento se advierte y se valora como una forma de contar la historia, por ejemplo al finalizar el preámbulo de la película, alrededor de ese minuto 20 en el que he parado de contar la historia, cuando tras la conversación los personajes se separan, la cámara vuelve a circular alejándose y acercándose y al mismo tiempo los actores toman direcciones opuestas, todo se mueve para permanecer en el mismo sitio.
 




Los espacios permanecen pero no así las personas, todo va y viene, fluye y refluye, avanza y retrocede colocando al espectador ante la disyuntiva y el desasosiego de conocer más que la propia hija sobre la historia de la madre. El choque final para esa hija será el apropiado, quien pretende buscar corre el riesgo de encontrar, porque la película hace dos preguntas directas y dirigidas al espectador, “qué nos mantiene vivas?” y “¿cuánto conocemos a los que amamos?”. Se podría retorcer la pregunta a un “vivimos por inercia” o “basta con  conocer lo que queremos”, al final, la pérdida de memoria de la fotógrafa será una compensación frente al pasado, olvidar es la mejor forma de perdonar o de superar el trance, olvidar puede ser un ejercicio y una solución, pero no por ello el pasado desaparece.
 



Rescate de la memoria al precio que sea, elegancia y sentido de la imagen, ninguna pornografía visual gratuita a la hora de contarnos la historia, y un aval, la producción de Pere Portabella, descubran esta estupenda película.
 
http://youtu.be/yW5_GHGfHB8

http://youtu.be/Hwr-tjPGfKg