miércoles, 26 de marzo de 2014

GRAN HOTEL BUDAPEST (Wes Anderson, 2013)


GRAN HOTEL BUDAPEST (Wes Anderson, 2013)

 




El “toque personal” que reivindicaba Mr. Fox (Fantastic Mr. Fox, 2009) es algo que no puede negarse al cine de Wes Anderson, ser reconocible por tu estética, tu composición del plano, el encuadre, las panorámicas, los colores, la presentación visual de tus personajes no está al alcance de muchos creadores, más bien de un puñado. Por otro lado, ser capaz de cambiar tu toque personal película a película, manteniendo un alto nivel creativo puede ser más atractivo, más arriesgado, a fuerza de repetir el mismo toque personal puedes correr el riesgo de reiterar una y otra vez moldes y clichés que cansen a tus fieles.
 

 
 


Y me incluyo entre la legión de seguidores del cine de Wes Anderson, a sabiendas de que una declaración como ésta terminará, antes o después, volviéndose contra mi mismo porque nadie es capaz de entusiasmar eternamente con su obra, ni los genios más grandes del cine son capaces de mantenerse para siempre, o al menos los genios modernos. No se puede poner ni un pero a la película, aunque resulta que, para quien ha podido ver todo su cine a excepción de “Ladrón roba a ladrón”, empieza a resultar algo monótono enfrentarse siempre al mismo, o muy similar, producto, por muy bello, estético y bien contado que esté.
 

 
 


LA FIGURA DEL PADRE.

Hay quien sostiene que esta película de Anderson cambia el registro al ambientarse en un contexto histórico importante para el desarrollo de la acción y que, por primera vez, huye del entorno familiar. Nada más lejos de la realidad, ¿qué es sino la relación entre Mr. Gustave (exquisito Ralph Phiennes) y Mustapha Zero (sorprendente zangolotino interpretado por Tony Revolori)? Ni más ni menos que una historia de aprendizaje, no una simple historia de aprendizaje en el oficio de mayordomo mayor del Gran Hotel, sino una historia de aprendizaje en la fidelidad, en el amor, en el compromiso, en la camaradería entre el maduro y el joven, entre el maduro sin familia y el joven huérfano, en el fondo estamos ante una adopción implícita, aquí no hay padres e hijos que tengan que reencontrarse (Moonrise Kingdom, Royal Tennenbaums, Academia Rushmore, Viaje a Darjeeling, Life aquatic……) o padres en proceso de educación de sus hijos como Mr. Fox, estamos ante dos personas necesitadas de amistad y compañía que se comportan como padre e hijo unidos en la aventura.
 




STEFAN ZWEIG

Comenta Anderson en entrevistas que leyendo “Un mundo de ayer” (relato autobiográfico de un mundo en desaparición, cuya lectura es obligatoria para cualquier amante de la literatura o de la historia) le surgió la necesidad de hacer esta película y ambientarla basándose en la obra de Stefan Zweig, el gran intelectual del imperio austro-húngaro que pasó a ser austriaco tras el final de la primera guerra mundial y apátrida tras el ascenso al poder del nazismo en la Alemania nazi y con el temor del Aunschluss sobre su cabeza, autor que, refugiado en Brasil, en 1942 decidió suicidarse en la creencia de que era inevitable el triunfo de la bestia parda. Decía el director en una entrevista en “El Pais” “No intento que mis películas encajen en las modas ni en lo que se hace en un determinado momento. Esta nueva película, por ejemplo, es bastante violenta y me temo que no se parece a ninguna otra. Mi gran referente es el Hollywood de los años treinta hasta Lubitsch. Esa es mi gran referencia… Renoir también lo es, mucho. Y los libros de Stefan Zweig y sus memorias, más que ninguna otra película”, aunque a mi juicio, la influencia de Zweig es tangencial, la película puede ser un homenaje a este gran escritor, pero cuando se analiza el paralelismo entre una novela de Zweig y la película de Anderson el homenaje es  externo, de envoltorio, de circunstancias, pero no de fondo, la historia de la película ni tiene la hondura psicológica ni el trasfondo de fin de ciclo que puede tener una novela como Carta de una desconocida, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Novela de ajedrez, o La marcha Radeztky de Joseph Roth, o el ambiente de burguesía decadente de Sandor Marai, todos ellos hijos del imperio. La película se ambienta en el escenario de descanso, relax y “passer la vie” de la acomodada burguesía austro-húngara-alemana de entreguerras, cuando ese ambiente ya está azotado por la crisis económica, el fantasma del nazismo y la persecución al diferente, pero ese ambiente no es el trasfondo de la historia, sino el encaje historicista que se pretende a una aventura mucho más prosaica donde los personajes se mueven con independencia al mundo que les toca vivir, no están ajenos a los vaivenes históricos, pero tampoco los sienten salvo que abandonen el refugio del gran hotel.
 




EL ELOGIO DE LA SIMETRÍA

La estética de Anderson se mantiene, planos con simetría perfecta donde todo encaja, donde nada parece haber quedado al azar, donde los personajes no son dueños de la escena sino parte integrante del decorado y tienen que ajustar a la perfección en el reparto de espacios y no desentonar cromáticamente con el resto de la ambientación. La geometría en los planos de Anderson no puede ser variable ni caprichosa, lo mismo un faro que una ventana, un trineo que un teleférico, todo tiene su sentido y todo tiene que dar armonía a la imagen resultante. Se advierte el enorme trabajo añadido que ha de suponer una creación de tal calibre, adaptar la paleta de colores para que no haya estridencias, poner alegría en los personajes que saben vivirla y oscuridad y miedo a aquellos otros para quienes no hay más color que el del miedo u odio que desprenden (así el propio hotel y sus empleados mantienen un neutro color malva o morado, a medio camino entre la alegría y el duelo, los huéspedes aportan, como el propio hotel, una paleta de colores cálidos y pastel, y los personajes que han de dominar el mundo a partir de esa década de los 30 siembran de oscuridad sus intervenciones y sus presencias, como Adrian Brody, William Defoe o los soldados reconvertidos en aprendices de SS). En ese juego de imágenes, de colorido, de memoria de un mundo perdido, no desentona el uso del “stop motion”, la utilización de maquetas como ascensores, muñecos en la distancia, trenes o teleféricos, persecuciones en trineo evidentemente animadas, es un mundo antiguo que ya no existe y que ha desaparecido, hay que reinventarlo a base de memoria, y la memoria no puede ser la digitalización del recuerdo. No faltarán los planos frontales de los personajes, con mirada perdida, como mirando con miedo al futuro, sin respuestas, ni los personales travelling laterales tan propios de Anderson siguiendo a los personajes y que demuestran el absoluto dominio del entorno que tiene nuestro conserje jefe del hotel.
 




¿EUROPA ERA ESTO?

Estamos ante un mundo perdido, una Europa cultivada y avanzada, capaz de crear a pensadores y artistas como Zweig, Roth, Schnitzler, Mann, Schiele, Klimt, Freud, Hoffman, Hoffmanstal, Strauss y tantos otros, que, al mismo tiempo, crea un monstruo totalitario, genocida, exterminador, xenófobo en sus entrañas, un monstruo que es capaz de deleitarse con los últimos cuatro lieder de Richard Strauss mientras gasea y extermina a un grupo racial o a un opositor político. La nostalgia de un mundo pasado como la Europa de los 30 ha de ponerse en entredicho, no todo tiempo pasado fue mejor ni todo tiempo por venir horrible, aunque lo parezca. El microcosmos del hotel no indaga fuera del mundo de las trastiendas, no hay mas nobleza que la encarnada por Tilda Swinton, no hay más encanto ni trato “charmant” que el que proporciona Gustave H a sus amantes, como un gigoló aprovechado, porque como dice en sus primeras lecciones a Zero, “cuando eres joven todo es solomillo, con la edad prefieres las carnes maduras, tienen más sabor”, el resto de personajes se mueven o en las plantas inferiores del servicio del hotel y su mantenimiento, o entre profesiones destinadas a suministrar confort a los residentes, no hay vida más allá del hotel ni sabemos qué pasa en el interior de las habitaciones. Sólo cuando la historia sale del hotel advertimos un mundo en cambio, un mundo peligroso, un mundo donde quien tiene un arma ostenta el poder, incluso por encima de jerarquías.
 





EL PODER DEL TIEMPO

Anderson utiliza algo que ya ha realizado en otras ocasiones, la narración sobre la narración, pero ahora se reinventa para hacer que en la década de los 90 un personaje cuente lo que le contó otro en la década de los 60 respecto a unos hechos ocurridos en la convulsa república de Zubrowka, así Tony Revolori pasará a ser Murray Abraham, el narrador Tom Wilkinson se transformará en Jude Law. De esta manera, como el detective Reth Cohle de “True detective”, el tiempo y el espacio se comprimen, mientras muchos creemos, la mayoría, que vivimos en una esfera donde nada se repite, la realidad de Anderson se transforma en un círculo, algo plano, donde nuestra memoria limitada no recuerda sus vidas pasadas y se obliga a repetirlas creyendo que son nuevas, porque incluso se atreve, el director, ha amagar con un cuarto círculo, el de la lectora que se sumerge en el mundo de Zweig tras colgar las llaves de una casa de un busto, recordando a aquellos judíos que se negaban a renunciar a sus orígenes y a sus raíces, dejando las llaves de sus domicilios en lugares visibles, como anuncio de una pretendida vuelta o retorno, por más que éste sea imposible a la vista del desenlace de muchas de las razzias, progromos, exterminios…. que la historia ha repetido, salvo que esas personas que colgaban sus llaves, en el fondo, creyeran en la historia circular y no esférica, y supieran que, aun sin ser conscientes cuando llegue, todo se repetirá.
 





LA AVENTURA AL PODER

Y Anderson no renuncia a transformar lo serio en un juego, en una aventura que recuerda a una mezcla del Cetro de Ottokar en la inexistente Sildavia tintiniana, el mozo de hotel, el joven Zero ( ¿estudios? Cero, ¿experiencia? Cero, ¿familia? Cero) aporta un aire intrépido y aventurero dentro de esas expresiones pasmadas e inertes de tantos primeros planos frontales tan frecuentes en el cine de Anderson. El crimen, la herencia, el falso testamento, el verdadero testamento, la falsa acusación, la idiotez del sistema judicial y policial fácilmente manipulable con falsas pruebas, la codicia, la huida, la persecución, la eliminación de testigos, el chantaje, la solidaridad entre criminales y fueras de la ley……todo ayuda a crear una atmósfera de comedia con fondo trágico, la del trepa que aparenta romanticismo y enamoramiento por un cuadro, que, en el fondo, quiere para venderlo y vivir sin trabajar (aspiración loable y envidiable, por cierto), pero que, en dos momentos puntuales demostrará heroísmo y valentía ante la injusticia evidente. Gustave H tiende a desaparecer y huir, salvo que considere especialmente relevante la infamia como para darse media vuelta, pese a ser un caradura y un embaucador, su carácter prosaico tiene un límite, aquel que determina pasar de ser un caradura a un cobarde y un traidor con sus amigos. 


 


 

SECUNDARIOS EN PLANTILLA

Harvey Keitel, Bill Murray, Owen Wilson, William Defoe, Adrian Brody, Jason Schwartzman……un mundo de hombres plegado al jefe, ávidos de aparecer en cualquier plano por irrelevante que sea el papel, obviamente muchos de los papeles que encarnan esta trouppe de actores andersoniana podía ser encarnado por cualquier actor que necesitara más el cheque al final del rodaje, pero, como toque personal, Anderson necesita esas grapas que unen piezas del puzzle y que al espectador le van confortando como si necesitara saber que la familia permanece unida, aunque se vea poco y hable menos. Como esa hermandad de las llaves cruzadas, estos actores son la hermandad de Anderson, la que acude a su llamada para hacer reconocible el producto final, esa hermandad a la que a uno le gustaría formar parte, aun en el elenco de botones porque advierte rodajes entre amigos, simbiosis absoluta entre actores y director, porque las hermandades es lo que tienen, que aunque sufran el vaivén del tiempo siempre suele haber un pasado común que aporta el pegamento necesario para seguir adelante. Si el pasado no se renueva corremos el riesgo de quedarnos anclados y convertir el rito en costumbre, y nada hay peor para el arte que la costumbre. He disfrutado enormemente la película, su ironía, su comedia, su tragedia, su melancolía, su dolor….como seguidor de Anderson no me ha sorprendido nada de lo visto (salvo la genial interpretación de Phiennes), estamos en el ámbito de la hermandad y todos nos conocemos, si no se asumen más riesgos para el futuro podría ocurrirle al director lo que a esta vieja Europa de los 30… que la añoremos pero no la deseemos. Ojalá no sea así porque tengo pocos directores en cartera a los que acudir sin reparos cuando se estrena algo de ellos.