lunes, 24 de marzo de 2014

GRAND CENTRAL (Rebecca Zlotowski, 2013)


GRAND CENTRAL (Rebecca Zlotowski, 2013)



 

Cuando las costuras de una película son tan visibles como las cicatrices que deja un transplante de corazón hay elementos que no funcionan en el conjunto, elementos o el conjunto entero. No basta reunir un grupo de actores que pueden llegar a ser excelentes para rellenar una historia, sobre todo si la historia es ínfima y pretende ser trascendente basándose en una mera anécdota.



 

Que se estrene esta película en España no sería de extrañar, el tirón de Léa Seydoux (por cierto, como no cuide un poco las películas que escoja, el efecto Adele se va a difuminar y sólo va  a ser utilizada como referente erótico mientras el cuerpo aguante), el rostro conocido de Tahar Rahim (el aprendiz de jefe mafioso de “Un profeta”, el machista antropológico de “Perder la razón”) y la exquisita presencia siempre de Olivier Gourmet (por todas, sus intervenciones con los hermanos Dardenne) son argumentos para vender la película, otra cosa es la historia, el fondo y la inexistente forma, o el nulo riesgo a la hora de contar unos sucesos que se adivinan desde el principio.




 

Hay algo de “yogur caducado” en esta película, todo suena a visto ya, desde la similitud de la entrada de los empleados de la central nuclear con los preparativos de un viaje espacial, como si fueran astronautas de medio pelo, adivinas la historia de atracción, sexo y celos que surgirá prácticamente de la nada, ves venir la sucesión de accidentes con la radiación, imaginas, y no te equivocas, que hay un trasfondo de ahorro de costes y de formación en algo tan serio como el mantenimiento de una central nuclear, supones un pasado violento y peligroso en el protagonista, apartado de su familia sin que se nos explique nada sobre él, salvo que desaparece de su residencia dejando familia y novia. Todo fluye como se presupone y nada evoluciona hacia lugares en que el espectador se vea obligado a intentar comprender o a intentar adivinar. Todo es tan evidente como rutinario y aburrido.




 

Que la directora pretende, en un par de planos, aportar un lado preciosista a su imagen no está mal, si lo que hace es calcar el estilo Malick con el consabido campo de altas hierbas, cámara nerviosa al hombro fotografiando a la pareja por detrás mientras estos giran su rostro hacia el otro, o incluso si introducimos un plano de la Seydoux con caballos de fondo, el propósito carece de sentido y queda fuera de lugar.




 

No hace falta ensañarse con los protagonistas, malviven en casas prefabricadas sin intimidad, ganan una miseria para el riesgo que corren, se venden por necesidad a sabiendas de los problemas de salud que pueden correr, carecen de horizontes vitales y adoptan una posición de auténticos kamikazes, la vida pierde su valor rápidamente, pero de ahí a presentarlos huérfanos de dignidad ya me parece hasta ofensivo, ya no es que estemos ante un personaje sin posibilidad de salida, sino ante toda una agrupación de personas sometidas y humilladas a diario, demasiada falta de ilusión para tan poco contenido visual y de guión.