viernes, 28 de marzo de 2014

DE OCCULTA PHILOSOPHIA (Daniel Villamediana, 2013)


DE OCCULTA PHILOSOPHIA (Daniel Villamediana, 2013)

 

“España no ha sido nunca precisamente un gran lugar de acogida o de reivindicación de cineastas patrios. Tampoco hay dinero para hacer cine. Y también es importante aprender cosas desde fuera y ver el país desde la distancia. España es un país muy pobre intelectualmente y esto se ve mejor desde fuera”, dice el director, otro de los jóvenes que han abandonado el país, no en vano la cultura es sinónimo de peste en España para nuestros gobernantes

 

Asentándose año tras año, el festival Atlántida permite, a los amantes del cine pequeño, íntimo, de las cosas cotidianas, alejado de estrellitas y papel couché, rescatar una cantidad de pequeñas grandes películas que, salvo en festivales determinados o en iniciativas de circuitos alternativos como la Cineteka de Madrid o el D,Autor de Barcelona, resultan invisibles. Durante casi un mes, y a través de la plataforma digital FILMIN, por precios bastante asequibles (un ejemplo, 20 películas a 20 €) uno puede disfrutar desde casa con la visión de un amplio catálogo cercano a los 40 títulos, premiado en festivales como Locarno, Sundance, Rotterdam, Sevilla, Gijón, BAFICI……… lo que ha dado en conocer como cine independiente.

 

Que viviendo en Valladolid nadie traiga el cine de los contados directores nacidos en la ciudad para que sus paisanos puedan comprobar que hay vida más allá de la Seminci (ni ésta trae el cine de los nuevos directores locales de largometrajes) creo que indica el grado de ceniciento panorama cultural que nos rodea. Ni Alberto Morais ha sido exhibido en Valladolid y qué vamos a decir de esta De occulta philosophia, tercera película de Daniel Villamediana tras las más que notables El brau blau y La vida sublime, películas que bordean la ficción y la realidad, o que transforman la ficción de tal manera que consiguen convencernos de que lo visto es así en la realidad. Ahora Villamediana ataca el género del documental sin coartadas, de manera directa, estamos ante una historia del arte con mayúsculas, del lutier al compositor y al intérprete, en un diálogo entre siglos que se nos queda pequeño ante la magnitud del contenido.


 

La inmediatez del arte en directo, lo que supone su consiguiente desaparición al segundo después de ser interpretado. Un sonido que es perfecto en su ejecución pero que dura lo que dura la vibración de la cuerda que lo emite. El intérprete absoluto de la obra es la música y sus intérpretes, no por nada, esa fugacidad de la música, amparada en músicas barrocas y renacentistas y en el interior de iglesias de la época provoca numerosos interrogantes. ¿Cómo se acercaba al arte el contemporáneo de Monteverdi en comparación a nosotros? ¿La popularización de la cultura implica que somos más cultos que nuestros antepasados o por el contrario, la democratización del arte conlleva más posibilidad de acceso pero menos conocimiento de lo que se escucha y del porqué?

 

La película empieza como, por ejemplo, empezaba “In might get loud”, si en el documental de David Guggenheim se empezaba con Jack White como lutier moderno inventándose una guitarra eléctrica, en De occulta philosophia empezamos con la labor minuciosa de un lutier del siglo XXI transformando la madera en sonido, creando lo que va a terminar siendo un clave que posteriormente utilizará uno de los músicos de la película. El documental va desgranando ensayos e interpretaciones de músicas antiguas, entendidas éstas no como pretéritas, sino como aquéllas respecto de las cuáles se perdieron los referentes interpretativos, y que obligan a estudiosos y músicos a buscar las raíces, las señales dejadas por el compositor o intérpretes de la época para adecuar lo máximo el sonido actual al que pudo obtenerse en el s.XVII. En esa búsqueda la música cuenta con el hándicap de su falta de memoria, de su volatilidad, frente a otras artes que cuentan con un soporte físico desde su origen, incluido el cine, la música, hasta el nacimiento de las grabaciones ha sido un arte destinado a desaparecer continuamente tras su interpretación, a lograr una perfección de segundos en el ánimo del oyente para dejar paso al siguiente conjunto de notas.


 

El hilo conductor de la película es el director y clavecinista del conjunto La Reverencia, Andrés Alberto Gómez, éste es quien habla con el creador de los instrumentos, con un musicólogo, con el propio director (un diálogo excepcional entre la música y el cine, entre el arte y la muerte, entre la relación cordial y asumida del hombre con la muerte en la antigüedad y la absoluta rebeldía presente que lleva al hombre a perpetuar la memoria de todo, incluida la música), afrontando el reto de cómo hacer perdurable aquello llamado a desaparecer inmediatamente como es la música.

 

La música barroca aparece en la película como reflejo del enfrentamiento del hombre con problemas universales o materiales trascendentes, frente a momentos artísticos donde prima el “yo” y la introspección, el barroco enfrenta al individuo con la universalidad, con su relación con entes o materias inasibles, con creencias religiosas, con la futilidad y escaso valor de la vida frente  a tantas vidas y tantos siglos venideros. La música puede ser fugaz, pero la vida también, si la música desaparece con la interpretación, por muy bella y perfecta que haya podido ser, la vida desaparece con uno mismo, de la misma manera silenciosa y abrumadoramente solitaria como desaparece la música. Pero esa trascendencia de la música viene también mitigada por la propia maestría de las imágenes, la belleza vocal de la cantante, la pieza donde el violín es el protagonista absoluto secundado por el conjunto, a manera de alabanza pseudomística, subido al púlpito, rodeado de frescos donde lo profano y lo sagrado se mezclan, la belleza de lo vivo con lo inexorable de la muerte a través de esqueletos y calaveras. No parece una pérdida de tiempo acercarse al pueblo del rodaje, Liétor, el mismo de “Amanece que no es poco”, esa película de culto del cine español, y apreciar no ya la acústica de su templo, sino esos asombrosos frescos que se ven en la película.

 

Primera incursión al cine español en el Atlántida, y la cosa no puede haber empezado mejor.