lunes, 3 de marzo de 2014

CHAIKA (Miguel Ángel Jiménez, 2012)


CHAIKA (Miguel Ángel Jiménez, 2012)
 



 
(en exhibición en filmin.es)
Coproducción hispano-rusa-georgiana, con el área espacial de Baikonur como telón de fondo, “Chaika” es mi segunda aproximación al cine espectacular de Miguel Ángel Jiménez, cine que vive y bebe del protagonismo de la estética de la derrota, del existencialismo en medio de la nada absoluta, aunque sea una nada tan imponente como las estepas del Caúcaso. Estamos ante un recorrido entre presente y pasado para contarnos la historia de una madre, de una persona arrasada por la insatisfacción y por la búsqueda eterna de una mejora personal que, cuanto más se huye, más lejos se encuentra.
 



Es un viaje de ida y vuelta sin final, Ulises pasa a ser Aysha, la joven prostituta de origen musulmán enrolada en un barco como desahogo de tripulación y pasaje en una travesía que no sabemos dónde ha empezado pero que concluye en Vladivostok, lugar donde la mujer abandona el buque junto con Asilbek, el marino perdedor, el manso de la manada, a la vez oveja negra de la familia, que regresa a su casa con Aysha y un bebé que no es suyo, de hecho nada es suyo, ni mujer, ni niño, ni casa, ni familia. El niño es Tursyn, el personaje que nos cuenta la historia de su madre, una vez adulto y cuando regresa al pueblo perdido de Kazajstán donde su abuelo agoniza y donde vive el padre que no es su padre. 

Estamos en una tierra de frontera, sin reglas oficiales, donde manda la tradición y cada familia actúa bajo el mandato del patriarca, que puede ser la madre, o a su muerte, el hijo mayor. Donde nada se respeta si no cumple con la tradición y donde la compañera de tu hermano puede ser violada porque no es más que una puta. Estamos en una región donde las madres hacen beber vodka a sus niños para combatir la radiación procedente de los satélites que periódicamente caen en la estepa y que, al mismo tiempo, proporcionan dinero a los habitantes. Lo que mata a la fauna, alimenta al hombre.
 



Chaika es un portento visual, kilómetros de llanura helada surcada por un tractor que arrastra los restos de un satélite o de un depósito de combustible de nave espacial, cielos estrellados de repente surcados por lo que parecen misiles explotando en alguno de los conflictos del Caúcaso, asustando a los extraños y alegrando a los nativos, porque no son misiles, son los restos vendibles como chatarra de las naves espaciales que regresan a la tierra. Tan impactante como un progresivo desplazamiento frontal de la cámara que regresa hacia una puerta alejándose del rostro lloros de Hojanías, el hermano mayor, dentro de un establo y rodeado por las vacas. Tétrico como el ambiente de burdel barato en el interior del buque, como una ciudad si ley donde se juega, se bebe, se folla y no se sabe si se trabaja, pero que a las dos prostitutas les sirve de negocio fácil al no tener competencia y no tener que hacer la calle.
 

Y visualmente es una delicia, transporta por momentos a la iconografía de Kaurismaki, a esos espacios urbanos posteriores a una hecatombe, a la herrumbre y desamparo de los desheredados, y tiene la poesía visual de los exteriores del cine turco, del Guney o del Bilge Ceylan, y el juego de luces y sombras, de espacios en penumbra, de iluminaciones laterales cercanas a la mística eclesiástica, de proyecciones cónicas propias de cualquier ojiva medieval en una iglesia gótica, recordando a lo mejor de las imágenes de un Bela Tarr, aunque en esta ocasión en color y no en blanco y negro. Existencialismo en estado puro, luego fracaso y depresión por partes iguales.
 



Trenes que circulan morosamente, con rumbo desconocido, semivacíos, dejando pedazos de historia en su recorrido, observados por habitantes anclados a la vía con oficios inútiles, vigilando estaciones sin pasajeros, arreglando vías por las que pasa un tren diario, viviendo alrededor de la estación orbital de Baikonur, viendo despegar cohetes que llevan a ninguna parte pero soñando con despegar de ese estéril panorama, como Aysha, “Chaika”, aquélla que llegaría donde quisiera llegar según su madre, como Valentina Tereskhova, otra “Chaika”, la primera mujer que orbitó en el espacio en la carrera entre la URSS y los USA. Porque la película se mueve en un espacio intemporal, iniciado con imágenes de archivo de la heroína del régimen y del pueblo, como referente de lo que la mujer podía conseguir en la URSS, y se supone que se desarrolla unos 30 años después, en los extertores del viejo mundo que reverdece ahora con el imperialismo ruso. Grandeza en los regímenes, miseria en las gentes, del esplendor del objetivo aeroespacial pasamos a la sordidez de la prostitución viajera, una cosa son los deseos y otra las realidades.
 



Tursyn es otro naúfrago más, discapacitado físico como otros lo son mentales en esta dura propuesta vital, Tursyn regresa a su infancia buscando el recuerdo de una madre, recogiendo historias de unos y otros para recomponer una imagen perdida en el tiempo, pero al final quedará la imagen de una mujer vestida de novia subida a un tren y abandonando la estepa, y un viejo siberiano afincado en la estepa kazaja, arrasado por el vodka y cuyo horizonte son las vías que sigue revisando a diario, poco bagaje para cerrar una vida y mucha oscuridad en el recuerdo.