domingo, 23 de marzo de 2014

ÁRBOLES (Colectivo Los Hijos, 2013)


ÁRBOLES (Los Hijos, 2013)
 
 


España en Fernando Poo, suena a irreal pensar que este país tiene un  pasado colonial reciente, y más irreal aún que ese pasado se extienda al África negra, justo donde termina el imperio en el que no se ponía el sol es donde menos se aprecia la mano del hombre blanco de la contrarreforma. Lengua y religión como único y magro legado.


 
Árboles no deja de ser un ensayo fílmico, el colectivo “Los hijos” no hace cine para la masa que busca entretenimiento, realiza sus artefactos para confrontar a sus espectadores y enfrentarlos a extrañas sensaciones, la de una búsqueda surrealista en “Los materiales”, o la de una memoria colectiva fílmica en este país con su obra rodada en las localizaciones de escenas emblemáticas de nuestro cine contemporáneo “Ya viene, aguanta, riégueme, mátame”.

 

“Árboles” comienza en silencio y en blanco y negro, una pareja dialoga sin que escuchemos, el fundido a negro nos traslada a un paisaje exuberante, de árboles infinitos, de aspecto tropical, de días sin sobresaltos climáticos, donde el contacto con la naturaleza es esencial para sentirse vivo y humano. En pequeñas escenas, los autores nos muestran la forma y manera de vida de los originarios habitantes de la isla, “convertidos” a lo largo de los siglos por la cultura oficial del invasor colonizador a una religión distinta a la propia, a un intento de civilización que parte del prejuicio contra el diferente.

 

En la mente del colonizador se encuentra su percepción de ser superior, no sólo por el choque cultural y la vida en la selva, o la carencia de comodidades apreciables, la simple condición de hombre blanco le coloca en una posición suprema frente al colonizado, a quien se trata con conmiseración, como un ser necesitado de guía y de dirección para poder progresar. Así los autores colocarán rótulos con textos oficiales, unos de finales del XVIII, otros de plena década de los años 1950, y así apreciaremos que poco evolucionó el pensamiento oficial respecto a la población nativa entre el siglo de las luces y la oscuridad franquista.

 

La cultura africana, netamente oral, se desenvuelve con naturalidad contando historias, leyendas, anécdotas. Es el cine y es la literatura que se comparte y evoluciona gracias a la transmisión, que se enriquece con versiones y añadidos, con la personalidad propia de quien cuenta la historia. Y en esas historias, por ejemplo la del sacerdote que a toda costa quiere instalarse con una comunidad indígena pero ésta aprovecha la noche para desaparecer con todo el poblado a cuestas, dejando al religioso solo en la jungla, o la historia de la nueva ciudad en la que los colonizadores quieren asentar a los trabajadores de la ciudad, mientras estos, poco a poco, desaparecen de la nueva ciudad y se llevan parte de las nuevas construcciones dejando la ciudad nueva como un ente fantasmal, es donde se demuestra que tan superiores o iguales son los nativos como los colonos, que si unos intentan desarraigar otros consiguen reafirmarse, y que el cazador termina siendo cazado.


 

La contraposición entre la vida natural y la vida urbana cierra la historia de manera magistral, el color de la jungla, la alegría de la gente, la despreocupación aparente por el mañana ya que lo importante es el aquí y el ahora, se transforma en el gris blanco y negro de una urbanización moderna en cualquier ciudad de España, en la falta de vida en comunidad, en paisajes de ladrillo y acero, encierros voluntarios en montañas de hormigón donde nos comportamos como presos voluntarios, entre cuatro paredes y sin contacto con nuestro entorno y nuestro origen. Un entorno en el que la gente es incapaz de comunicarse porque apenas son capaces de contar con un mínimo de coherencia el argumento de un libro infantil y de una película comercial. La incapacidad de comunicarse lastrada por el peso de los infortunios de la vida diaria, el agobio del final del mes o el trabajo que no llega. En un sitio los árboles son el bosque , en otro los árboles no dejan ver el bosque.


 

Javier Fernández Vázquez, Luis López Carrasco y Natalia Marín Sancho utilizan la imagen actual para enfrentar la memoria del pasado con el actual presente, donde han acabado unos tras la colonización y dónde se han colocado otros tras ser deslocalizados, esclavizados y sometidos al capital. Los espacios abiertos del África ecuatorial no serán más prósperos para sus ciudadanos que los pisos cerrados e inclusivos de la Europa colonizadora, al menos ellos han mantenido su tradición, para bien o para mal, mientras nosotros no sabemos qué es tradición, qué es propaganda y qué es atavismo inmutable, nuestras historias han desaparecido bajo el peso uniformador de referentes comunes para todos, televisión y cine a la cabeza, de ahí a convertirnos en seres mudos y ciegos un paso, la dignidad hace tiempo que se perdió.