miércoles, 5 de febrero de 2014

TERRADOS (Demián Sabini, 2010)


TERRADOS (Demián Sabini)



En el 2010, cuando la crisis todavía quería ser una desaceleración, cuando el paro no iba a llegar a los cinco millones de ciudadanos, cuando pocos hablaban de estafa y muchos de burbuja financiera e inmobiliaria, rodar una película con la crisis como telón de fondo tiene su valor, sobre todo porque el paso del tiempo demuestra que cualquier previsión no pudo pensar en lo que se nos vendría encima en los cuatro años siguientes, no sólo como pérdida de riqueza (si es que alguna vez existió de verdad) sino como avance de la peor de las dictaduras, la del dinero, bajo el manto de cordero de un sistema que se dice estado social y de derecho.

 

Es mi problema haber pensado que esta película sería más hiriente, más incisiva, más premonitoria, pero se centra en los efectos de la crisis económica sobre la vida diaria de un grupo de treintañeros, en su vida personal, en su vida académica, en su vida profesional, porque cuando la miseria entra por la puerta, el amor salta por la ventana.

 
 

Visualmente muy conseguida, con ese espacio muerto que suponen las terrazas de Barcelona desde las que se pasa el día entre colegas, bebidas y sol, sin hacer nada más que pensar que aquello para lo que uno se ha preparado ni sirve ni nos gusta, asfixiado por lo correcto y por lo que hay que hacer para seguir siendo el hámster perfecto que da vueltas en la rueda hasta reventar, a ser posible antes de llegar a la edad de cobrar una pensión.




Pensar en una película perfecta es ilusorio, hay buenos momentos, el mejor, quizás, el discurso sobre la educación, hay detalles que reflejan el conformismo y abulia de esa generación que, tras haber tenido todo con muy poca dificultad y esfuerzo, de la noche a la mañana se han visto engrosando el paro, sobradamente preparados pero expulsados del sistema. Desde la inconsciencia social de quien ha considerado el año de paro como un año de vacaciones pagadas hasta el vacío que provoca dejar de consumir, entendido esto como el único objetivo que se nos ha propagado desde el punto de vista institucional como éxito en la vida. Hay otros aspectos menos conseguidos, algunos diálogos muy discursivos, algunas interpretaciones muy de vodevil, algún momento prescindible.


 

Por el camino se rompen relaciones, se utilizan las relaciones de poder en la pareja para achacar la inadaptación del otro, salen a flote resquemores y ausencias, y en ese caldo de cultivo donde solo sobreviven los tiburones, los lunes, los martes y todos los días se convierten en días al sol esperando el revulsivo suficiente para decidirte a cambiar de rumbo, porque el éxito no es el dinero, sino mirarse al espejo cada mañana y decir “no soy un hijo de puta y me gusta lo que hago”