lunes, 10 de febrero de 2014

NEBRASKA (Alexander Payne, 2013)


NEBRASKA (Alexander Payne, 2013)

Para L.


 

Como esas películas que fluyen dulcemente, en las que parece que todo es comedia pero no estamos sino ante un camuflaje que oculta la realidad, porque no haces sino ir descubriendo lo patético de la existencia humana y lo solos que podemos estar en cualquier momento, sin verlo venir, por sorpresa, a traición, por accidente, por enfermedad, en un plis plas, en un mensaje, en una llamada, en una visita, todo se te puede derrumbar, o lo que es peor, haberse derrumbado sin tener conocimiento de cuándo ni porqué.  El viaje de Woody y su hijo David no es más que el viaje de dos perdedores destinados a encontrarse y a reconocerse como padre e hijo tras una vida dándose la espalda.



 

Este viaje homérico (cómo no, es un cliché, pero viene bien a cuento) saliendo de casa para regresar a casa, implica un ajuste de cuentas, con el pasado y con el presente. No hay mayor perdedor que Woody, anciano, alcohólico, con problemas de memoria, obsesionado con un premio recibido por correo diciéndole que ha ganado un millón de dólares y ha de desplazarse hasta Lincoln, Nebraska, para cobrarlo. Pero David, su hijo, tampoco es un afortunado “self made man”, dependiente en una tienda, recién dejado por su novia por falta de compromiso, sometido al carácter de su madre (una espléndida June Squibb), con pasados problemas con la bebida, preocupado por la deriva mental de su padre y un sentimiento de culpa por no poder atender mejor su situación.


 

Pero todas esas anécdotas con toque de humor están empañadas con un toque de nostalgia y melancolía de tiempos pasados, cuando Woody tiene que hacer parada y fonda en su localidad natal ante los percances sufridos durante el viaje, el relato se convierte en una reunión de la familia de Woody, la cercana por ayudar al padre y esposo tras un percance, otros porque, al olor del dinero se disponen a ajustar cuentas pasadas y a reclamar parte del premio, con independencia de que éste exista o no, porque el éxito tiene muchos padres y el fracaso sólo uno.



 

Los golpes nostálgicos actúan como cargas de profundidad, poco a poco van asentándose en la narración y van pesando tanto como los años a Woody, te van dificultando el paso y el caminar, te obcecan en un objetivo al que no quieres renunciar porque es la última posibilidad de dejar un futuro acomodado a unos hijos, una de las dos últimas cosas que quiere hacer el viejo Woody. Los viejos amores que nunca terminan de olvidarse, las infidelidades que pudieron costar un matrimonio, el mal genio de la esposa que guarda un intenso amor por ese hombre convertido en un guiñapo, la complicidad de los hijos para rescatar un viejo compresor que un viejo amigo no devolvió, aunque sea a costa de equivocarse y poder provocar un conflicto familiar y social en el apacible y mortecino Billings.


 

Y la familia, la familia como vampiro dispuesto a dejarte sin aliento, a utilizar torticeramente el pasado sabiendo que Woody ya no tiene memoria para defenderse, unida como una jauría dispuesta a repartirse el botín, pero tan obscenamente que sólo provoca rechazo y huida, huida hacia el último acto de reivindicación, con un hijo dispuesto a entrar en el juego del padre concediéndole los dos deseos que quiere y por los que se ha empeñado en viajar dos días, sólo, y no es poco, para que sirva de regodeo ante el resto de viejos vecinos. Después todo seguirá igual, uno profundizando en la demencia, otro volviendo a su apartamento vacío, la madre a seguir voceando y faltando al respeto al marido porque ya es lo suficientemente vieja como para decir lo que le da la gana y no disimular sus enfados.



 

Payne continúa fiel a su estilo, sus viajes ya son historia del cine reciente, el sr. Schmidt de “A propósito….”, el de “Entre copas”, incluso el de “Los descendientes”, aunque éste fuera más interior que externo, pero también existía. Aquí el viaje vuelve a ser compartido, vuelve a revelar cajones cerrados por el tiempo que se van abriendo para sorpresa o disgusto, pero permiten conocer lo que realmente ha sido Woody, una persona que vivió, pero que en sus últimos años canjeó una felicidad impuesta por el olvido del alcohol y su propia decadencia. El blanco y negro ayuda a la melancolía, y no es un blanco y negro esteticista ni limpio, obviamente los paisajes quedan oscurecidos por el no uso del color, pero es que a Woody ya no le podemos pedir ni recuerdos ni emociones, cuanto más gris sea lo que ve más armónico con su futuro se va a confundir.



 

Viendo Nebraska reconoces la historia de David Lynch con su “Una historia verdadera”, es imposible no recordarla ni establecer los paralelismos, una en solitario y con base en la tozudez, otra compartida pero igualmente tozuda, sólo que en esta Nebraska advertimos las miradas, las miradas perdidas de Woody y las insistentes miradas de su hijo intentando desentrañar la maraña mental de ese padre, o intentando reconocerse en ese hombre, al que, de alguna manera, tendrá que terminar pareciéndose por el curso del tiempo y el juego de la genética. Y en la ambientación y en esos personajes del profundo EEUU reconocemos a esos tipos tan retratados por las historias de los Coen, personajes cerca del border line, alienados y pasivos, consumiendo su vida sin ningún interés ni aliciente más que el de despellejar a familiares y conocidos.


 

No es mala referencia situar esta película de Payne entre Lynch y los Coen, cada uno tendrá sus gustos, manierista, complicado, perturbador uno, clásico, profundo, estético los otros, aparentemente simple, sencillo, fácil de seguir el de Payne, pero profundamente humano, profundamente cercano y profundamente doloroso, como la vida, capaz de hacerte pasar de la ilusión al llanto con un simple mensaje, tan desasosegante como circular dirección Lincoln sabiendo que detrás dejas los restos del naufragio, nada mejor que cerrar la película en una carretera desierta a la salida de Billings, has ganado una batalla, pero, decididamente, has perdido la guerra y no va  a haber segundas oportunidades.