miércoles, 19 de febrero de 2014

LOST IN TRASLATION (Sofia Coppola, 2003)


LOST IN TRASLATION (Sofia Coppola, 2003)
 


 

¿Con cuántos Bill o Charlotte nos habremos cruzado en la vida? ¿Con cuántos nos hubiéramos tomado un Suntory en la penumbra de un hotel mientras la mente se dispersaba pensando en lo que es y lo que pudo ser? ¿Cuántas mujeres entrarían en nuestras habitaciones de hotel para pasar la noche en vela hablando o en silencio? ¿Alguien creería en la intimidad entre un hombre y una mujer sin sexo de por medio? Quedamos algunos románticos que todavía lo creemos, intimidad y atracción, cóctel peligroso y difícil de manejar, que produce enormes satisfacciones y tormentas con olas como tsunamis. La metáfora de la película es sencilla, dos personajes perdidos en un lugar ajeno a su mundo, que se dan cuenta de que, realmente, su mundo no está en ningún sitio, que sólo existen ataduras y ligazones acomodaticias, pero que la vida la han dejado aparcada en algún recodo del camino y no se han molestado en volver a recuperarla.
 






Bill está adentrándose en el camino de empezar a hacer balance, madurez a un paso del descalabro, éxito en el trabajo y en su cuenta corriente, padre de la familia modelo típica, pero con un fondo de mirada totalmente triste, melancólico en su presente y nostálgico de la juventud perdida o de la vida desaprovechada. Los neones de Tokio reciben su llegada en medio de una ensoñación, ¿es real algo de lo que hago o vivo o se trata de un simple caminar hacia delante sin rumbo deseado? Rumbo fijo si que hay, seguir consumiendo tiempo y perdiendo energías, levantarse cada mañana más derrotado que la noche anterior y tener que disimular que la vida es perfecta tal cuál aparenta.
 





Charlotte por su parte es joven, insultantemente joven, tanto como insegura. De la noche a la mañana ha decidido sacrificar su progreso personal por una relación que, a la vista salta, es incompatible. Incompatible incluso en los primeros estadios de su desarrollo, incompatible por caracteres, incompatible por los respectivos egoísmos de los integrantes de la pareja. Tan pronto y tan lejos, Charlotte mira por las ventanas de su habitación en el hotel Park Hyatt de Shinjuku en Tokio. Encerrada en vida por su propia inconsciencia, llena de insatisfacciones. Pasear por Ueno, por el Santuario Meiji o escaparse a Kyoto no es sino una forma de manifestar su soledad en espacios armoniosos, justo la armonía que falta en su vida.
 





Dos personas naufragando y con jet lag, en un país de cultura opuesta  a la occidental y con un bar en su última planta desde donde, los días despejados, puede verse la silueta del Fuji-san, donde una simple mirada sirve para establecer la complicidad del diferente en tierra extraña. Dos solitarios con mucho tiempo libre para pensar en si mismos y en cómo cambiar la dinámica de su autodestrucción. En ese fluir de miradas seductoras, de quienes saben que se pueden permitir licencias porque la distancia y el tiempo supondrán una barrera al cabo de pocos días, Bill y Charlotte deciden conocerse y, en el fondo, enamorarse sin palabras.
 




Almas gemelas que se reconocen en los bastidores de la derrota, que se reconocen en la angustia de cada uno de ellos, en las ausencias y banalidades de la vida cotidiana, donde, cuando adviertes que tu relación se va a pique, puedes recibir, a 12000 kilómetros de distancia un muestrario de tejidos para que decidas cómo decorar tu mansión de Los Ángeles, al mismo tiempo que tu cabeza discurre si vives una ilusión, una segunda oportunidad o un asidero al que agarrarte para volver a ganar confianza con alguien que te entiende.
 




Tiempo para la diversión y para el juego, para la intimidad y la desesperanza de los hechos imposibles, para la despedida emocionada y con una mezcla de amargura y de esperanza, no se sabe nunca lo que la vida dará de si, cuántas veces más te cruzarás con otra alma gemela en la vida, con qué parte de complicidad tendrás que conformarte para crear nuevas inseguridades e insatisfacciones, cuántos días más de tu vida coincidirás con esa persona encontrada en un momento de zozobra, que te supo sacar a flote y te dio fuerzas para conocerte y mejorarte, no sabes si volverás a tener la ocasión de decir lo que pensabas y nunca te atreviste o si todo fue un espejismo provocado por el whiski, la falta de sueño y la diferencia horaria.
 





Con esta película se logra la conjunción perfecta que la Coppola no ha sabido o no ha podido conseguir nunca más en su cine, imagen, historia, música, lugares, Bill Murray y Scarlett Johansson consiguen una de esas raras casualidades anuales donde todo fluye con equilibrio, nada sobra y nada falta. ¿Si Bill y Charlotte hubieran sido otros se habría conseguido tanta empatía con la historia? Siendo un actor eminentemente dotado para la comedia, o para la comedia andersoniana, calificativo que creo que se me entenderá mejor que el simple calificativo de cómico, tiene una facilidad innata para mostrar la tristeza interior con una simple mirada. Si uno asocia inmediatamente a Murray con películas como los cazafantasmas, gamberradas juveniles o días de la marmota, no se pueden olvidar sus papeles en las películas de Wes Anderson, o su papel en Broken flowers de Jim Jarmusch. De una limitada oferta de papeles, siempre similares, ha sabido conseguir cierta aureola de actor de culto que le ha permitido ampliar sus registros hasta convertirse en un referente actoral presente, caso distinto de nuestra Scarlett, gran promesa del cine blanco que ha quedado relegada al papel de niña-mujer mona, eterna seductora, mujer voluptuosa en películas de medio pelo y escaso interés. Algo que puede predicarse de la directora, quien con esta película parece que agotó su capacidad de inventar historias sugerentes, como si su talento viniera limitado a contar sólo aquello que ha vivido, pues refieren las crónicas que este Lost in traslation fue una terapia para superar la ruptura con Spike Jonze. Curiosamente en la última película de Jonze, Johansson “actúa” poniendo voz al sistema operativo del que se enamora J. Phoenix.
 

 


Bill y Scarlett en otro tiempo, en otro lugar, hubieran sido la “bomba”, la “pareja perfecta”, con broncas antológicas y reconciliaciones apoteósicas. En el tiempo y lugar que les tocó conocerse mucho de lo que les une les conducirá a la melancolía y a la nostalgia, dos sentimientos que, usados juntos parecen iguales pero no lo son, porque la melancolía la produce lo no conseguido o lo perdido y la nostalgia el recuerdo de lo que nos gustó o hemos idealizado con el paso del tiempo, sentimientos, por lo tanto, que pueden coexistir perfectamente. También podrían romper con todo, algunos, pocos, lo hacen aunque no será lo probable, lo más seguro es que seguirán “lost in traslation” durante mucho tiempo, como esas personas que pierden la conexión de un vuelo y se ven obligados a deambular horas y horas por el impersonal espacio de un aeropuerto.