sábado, 22 de febrero de 2014

LO QUE QUEDA DEL DIA (James Ivory, 1993)


LO QUE QUEDA DEL DÍA (James Ivory, 1993)



 

Desconozco si la psiquiatría o la psicología tiene catalogada la categoría de los autistas emocionales, el cine ha dado unos cuantos y no necesariamente sociópatas ni misántropos. Habrá tantos modelos como personas y personajes se quieran confundir o recrear. Así, a vuela pluma, me vienen a la mente este Sr. Stevens de “The remains of the day”, el Stephane de “Un corazón en invierno”, el Julio de “After”, incluso, de manera interesada e hipócrita el papel de Jean Louis Trintignant en “Ma nuit chez Maud”….. y la lista sería interminable a buen seguro, el cine de Visconti tiene buenos ejemplos, el de Losey, el de Kieslowski, el de Kaurismaki…… no es por tanto un género humano en vías de extinción. De tan común en el arte ha de suponerse que abunde en la realidad.


 

Hay autistas emocionales incapaces de decir lo que sienten, los hay incapaces de sentir nada, los hay que sienten pero sólo pueden expresarlo por escrito, los que sienten y lo cuentan a personas distintas de aquéllas a quienes tienen que decírselo, los que creen que nadie espera una palabra de ellos y los que convencidos de que son esperados sólo desean que la otra persona de el paso. Conozco ejemplos, no sólo cinematográficos, y este tipo de personas son potencialmente sufridores, depresivos, melancólicos, soñadores y románticos, en el orden que se quiera, también suelen ser enamoradizos y les encanta revivir historias de amor de los demás en las páginas de un libro, en la letra de una canción o en las imágenes de una película. Condenados entonces a vivir por la vida de otros, aumentando su frustración y su inseguridad, obligados por su naturaleza al fracaso personal. 



Mr. Stevens es el ejemplo recalcitrante de este tipo de personas, admirablemente interpretado por Anthony Hopkins en sus años de esplendor actoral, el mayordomo de Darlintong Hall al servicio de Lord Darlington en los duros años prebélicos de la década de los 30, cuando la bestia parda despertaba y extendía sus dominios más allá del territorio del Reich y buscaba apoyos diplomáticos para su campaña anexionista en los países occidentales. Lord Darlintong pertenecía a ese grupo de potentados británicos, unos enriquecidos por la industria y otros por su cuna, con su propio brazo violento creado por Mosley, procedente del laborismo británico, qué ironías. Darlington es uno de esos personajes convencido de la diferencia de clases, de la necesidad de que no todos seamos iguales y de defender la integridad racial de su propio país como ejemplo de primacía moral. En ese ambiente se desarrolla el núcleo básico de la película, pero la historia de intriga política y diplomática es la excusa para colocar en la misma el verdadero hilo conductor y definitorio de esta obra, la imposible relación entre Mr. Stevens y Mrs. Kenton, la ama de llaves.



 

Mrs. Kenton (otra gran interpretación, en este caso de Emma Thompson) tiene el corazón herido, es la persona opuesta a Mr. Stevens, la que arriesga para ganar o perder, pero no se queda con la duda del ¿y si?. Pese a su pasado que adivinamos torturado por amores fallidos, Mrs. Kenton no duda en ir acercando su persona a la de Mr. Stevens, y aunque nunca abandonen el trato de usted, no se toquen, aparenten demasiada profesionalidad en el trato diario, no tengo, ni tenemos creo, ninguna duda de que ambos se sienten atraídos el uno por el otro. En esa imposibilidad del mayordomo de contar lo que siente, de decir lo que se espera de él, de hacer lo que corresponde en el  momento adecuado, ambos salen perdiendo, uno por no arriesgarse y otra por arriesgarse y exponerse demasiado, viéndose obligada después a actuar por despecho para terminar de convertir su vida en una rutina monótona hasta el fin de los días pero lejos de persona tan autodestructiva como Mr. Stevens.


 

Hay una escena que vale, en ocasiones, por toda una película, la escena del cuarto de Mr. Stevens cuando la ama de llaves le lleva unas flores (ritual diario de amor no declarado) y le encuentra adormecido con un libro en las manos, y ella se empeña en conocer el título, colocando al mayordomo en una situación de incomodidad y alejamiento forzado, para terminar descubriendo que el hierático y aparentemente inconmovible mayordomo está leyendo una novela romántica, interpretando Mrs. Kenton que, realmente lo que ocurre es que el mayordomo es incapaz de vivir por si mismo y sólo puede hacerlo a través de las historias de los demás, el ejemplo clásico de autista emocional.



 

En el curso de las más de dos horas la historia “nobiliaria” actúa como relleno de empaque, para comprobar que nos encontramos ante un verdadero profesional dedicado 24 horas al día a conseguir la perfección en su trabajo, da lo mismo que muera el padre o su ama de llaves se derrumbe ante su indiferencia, finalizada la jornada de trabajo la vida no existe, cuando el día llega a su fin apenas si uno sirve para descansar, y seguramente sólo descansará el cuerpo, que no la mente, porque esa vida muerta y sin emociones supone un desgaste interior mucho más agotador que el de cualquier esfuerzo físico prolongado.



 

La película gira como un enorme flashback mientras el mayordomo sale en busca de la ama de llaves 20 años después del naufragio intentando reclutarla otra vez como ama de llaves para el nuevo Darlintong Hall, es un camino de vana esperanza para intentar, por una sola vez en su vida, recuperar a la persona por la que es consciente que ha sentido y siente emociones profundas, un intento dramático de recuperar lo que se perdió por su propia idiotez, cuando una sola palabra hubiera anclado definitivamente a Mrs. Kenton en Darlintong en vez de expulsarla en busca de una penúltima oportunidad de vida real.




 

Por poner peros diría que, siendo la película más redonda de Ivory, notablemente ayudado por la estupenda novela de Kazuo Isaguro del mismo titulo, , formando trío con Merchant  en la producción y con Ruth Prawer Jhabvala en el guión, con un diseño de producción ampuloso, música rimbombante y no precisamente diegética, perfeccionista como la figura del mayordomo, me resulta terminando cansina tanta perfección, tanto encuadre de fotografía de estudio. Al cine de Ivory se le terminan saltando las costuras de evidentes y es mejor el recuerdo que se tiene de él que el que se obtiene de nuevas revisiones. No obstante la pareja Stevens-Kenton perdura en el recuerdo como una de las más sólidas historias de no amor del cine reciente, ese plano en la noche, bajo la lluvia, pasados 20 años, con Emma Thompson llorando desde el autobús, de pie, y Stevens despidiéndose otra vez sin decir lo que siente, incorpora otra escena igualmente trascendente a la historia. En definitiva, Stevens es una persona destinada a vivir entre los muros de una mansión y cerrado entre cristales, a diferencia de la paloma de la última escena, él no tiene escapatoria y no podría vivir en libertad, necesita mantener sus prisiones interiores para sobrevivir.