lunes, 17 de febrero de 2014

LA CAZA (Thomas Vinterberg, 2012)


JAGTEN (LA CAZA, Thomas Vinterberg, 2012)

 

Para un defensor de los derechos humanos lo menos que puede esperar de un país moderno y avanzado es que sus ciudadanos, tras un periodo mínimo de formación académica, sepan lo que significa el principio de presunción de inocencia y que creen en él. Y ya sabemos, para nuestra desgracia, que no es así, que juristas de prestigio siguen hablando de conceptos de tan escasa credibilidad jurídica como la alarma social, o construcciones tan impresentables dichas por nuestros políticos como la de “demostraremos nuestra inocencia”. Si los representantes (esto es mucho decir) ciudadanos desconocen el contenido mínimo de un derecho fundamental como el de que nadie es culpable mientras no se demuestre lo contrario, y no respeta que sólo los tribunales deciden quién es culpable o no, no hay nada más que decir. El siglo de las luces pasó al lado de este país cavernario donde las sentencias se dictan en los voceríos de los programas del hígado, donde se confunde la responsabilidad política con la penal, donde líbrenos a cualquiera estar en el sitio equivocado el día equivocado porque la opinión pública nos despedazará sin posibilidad de defensa porque entonces no habrá noticia que vender.



 

La caza está dirigida por el creador danés que mejor película del movimiento Dogma realizó tras el invento de marketing inteligente de Lars von Trier, si, “Celebración”, título irónico de una familia modelo desnudada en el seno de una celebración de cumpleaños donde todos los fantasmas y crímenes del pasado van saliendo a la luz. Después de “Celebración” Thomas Vinterberg no consiguió alcanzar la misma cota creativa, era complicado, si no imposible, repetir tanta excelsitud fílmica de continuo. Pero en 2012 lo ha conseguido nuevamente, “Jagten” bebe de las fuentes clásicas del cine nórdico, de esas sociedades cerradas, aparentemente liberales y desinhibidas que encierran un alto contenido de represión sexual y religiosa.

 
Sociedades aparentemente idílicas en tanto se respeten las normas no escritas que imperan en la vida diaria de la comunidad, una aparente solidaridad vecinal dispuesta a saltar hecha añicos ante la más mínima contrariedad, imponiendo, con la violencia, un modelo de vida por encima de la individualidad y el libre desarrollo de cada cuál. Y esta sociedad cerrada se muestra más presente e inevitable cuanto más pequeña es la comunidad en la que se reside, y nada más pequeño que la localidad donde se desarrolla la historia, una comunidad donde todo el vecindario se reúne para la misa dominical o la misa del gallo, donde la mayoría de edad se celebra regalando la licencia de caza y una escopeta al nuevo proyecto de macho dominante de la manada futura.



 

En esta película el fuera de campo es tan inquietante como la historia que sabemos que es falsa. Desde el principio aventuramos que la vida de Lukas no es, ni ha sido fácil. Le vemos con demasiada formación aparente como para que su trabajo como vigilante de guardería sea su aspiración real en la vida, también advertimos que ha pasado por una mala experiencia matrimonial que ha dejado huellas profundas, heridas sin cerrar y demasiado dolor en el pasado. Dicen en la película que los niños no mienten, perdonen que me ría, los niños no suelen hacer otra cosa que mentir en su vida infantil, ya sea por el juego de la imaginación, por el ejercicio constante del juego y el deseo de vivir vidas ajenas y heroicas, los niños mienten, pero también mienten por maldad, porque la semilla del futuro adulto se encuentra ya en el niño, el que sea manipulador de mayor habrá despuntado de pequeño, el que se convierta en un hijo de puta seguro que ya anunciaba maneras en primaria. No, no me vengan con cuentos, los niños son crueles, otra cosa es que no sepan valorar el alcance de su maldad o de una mentira mal dicha en un momento dado, pero malos pueden ser un rato. Y la Klara de esta película lo es, lo es desde su posición infantil de enamorada despechada de Lukas y aprovechando haber visto unas fotos pornográficas exhibidas por su hermano y un amigo de éste. No sabe lo que es ni para lo que sirve un pene erecto, pero sabe describir lo que ha visto y acusar falsamente.


 
A partir de ese momento la bola de nieve irá engrandeciéndose, Lukas será apartado del trabajo, será directamente expulsado de la sociedad cerrada, perseguido y boicoteado, atacado en su dignidad y en su propia persona, y sólo un pequeño grupo de personas, su hijo, su hermano y algún resto de conocidos ajenos a esa localidad asfixiante seguirán convencidos de la inocencia de Lukas. Cuando Lukas resulte totalmente exculpado al demostrarse lo infundado de las acusaciones nada volverá a ser como antes, la semilla del odio, la sinrazón de la sospecha, el rechazo por el prejuicio mantenido seguirá latente. Como esos ciervos que, ajenos de su futuro, se desplazan libremente por el bosque, Lukas ha pasado a ser una nueva pieza a abatir. Le cabe huir o permanecer, pero en todo caso la huida significará aceptar la culpa ajena, y quedarse permanecer en un territorio de caza que puede terminar cobrándose la pieza.



 

El vigor del cine danés resulta sorprendente, es un país pequeño, embutido entre los grandes Alemania por el sur y Suecia por el norte, vendido como un país modélico, mito del estado del bienestar que también se despedaza, germen de un nazismo creciente que se observa por las calles de Copenhague, con un odio al extranjero contenido pero dispuesto a saltar en cuanto la situación económica se tuerza lo suficiente. Dinamarca debe a Lars von Trier, sin duda, la pujanza y distribución de sus obras por toda Europa, cineastas como Susanne Bier, Vinterberg, Nicolas Winding, Ole Cristensen exhiben regularmente sus películas en festivales y pantallas, y la productora Zentropa sabe cómo tocar la tecla oportuna para conseguirlo. Pero es que sus actores son capaces de desarrollar esas historias, normalmente íntimas, con una naturalidad y profundidad dignas de exaltación.

 
En esta película hay dos presencias poderosísimas, la de Thomas Bo Larsen y las del sobresaliente Madds Mikelsen, ambos, con su sola aparición son capaces de sostener cualquier narración fílmica que se precie, tanto el personaje de Thomas, el amigo padre de Klara, arrasado por la sospecha de la duda, perdido ante la imposibilidad de que la persona en la que más confía haya sido capaz de la felonía que se le imputa, como el Lukas de Madds Mikelsen, afable en su papel de guardador, convincente en las reuniones de amigos, sensual en su relación amorosa con la emigrante de la que se enamora, confuso y perdido ante el rechazo popular, valiente  y arriesgado defendiendo su inocencia, y por último, asustado e incrédulo ante la última escena, como un ciervo malherido, como un siete puntas con conciencia del peligro, sin harén de hembras que proteger y cuidar, con cuidarse a si mismo tendrá suficiente en una sociedad tan repugnante. La película tiene momentos excelentes de continuo, pero la escena de la misa de nochebuena merece por todas las demás, ser destacada sobremanera, nunca mejor lugar para poner a cada uno en su sitio que en plena celebración litúrgica calvinista. “Mírame, mírame a los ojos, ¿qué ves?” mientras golpeas al falso acusador. No perdérsela por nada del mundo.