miércoles, 26 de febrero de 2014

GEBO ET L,OMBRE (Manoel de Oliveira, 2012)


GEBO ET L,OMBRE (Manoel de Oliveira, 2012)

 
 
 

Cómo está el patio cuando el último de los mohicanos, de quien se dice que es el único director vivo que conoció el cine mudo y trabajó en él, no es objeto comercial en España ni sus películas se consiguen estrenar. No digo yo que sea un cine de masas el de Oliveira, ni mucho menos, pero tiene su público, y no escaso precisamente, no tan escaso como para que desde hace dos años su última película (su historia en Centro histórico no merece la pena ser considerada como película) permanezca inédita comercialmente en este erial cultural oficial que se llama, dicen , España.



 

Por si tuviera pocos alicientes el nombre del director, en el reparto de la película se reúnen tres nombres que harían palidecer a cualquier cinéfilo, Michael Lonsdale, Claudia Cardinale y Jeanne Moreau, acompañados por los habituales Leonor Silveira, Ricardo Trepa y Luis Miguel Cintra, rodada en francés y visualmente impecable con una fotografía de Renato Berta. Determinada crítica oficial y mayoritaria hace muy poco por la difusión de este tipo de cine, no hace falta dar nombres porque son de sobra conocidos, y que hacen profesión de fe de cuánto se aburren con el cine de Oliveira, de Kiarostami, de Panahi…………


 

Retoma Oliveira un drama teatral del s.XIX de Raul Brandao, y no oculta la formalidad teatral del desarrollo de los diálogos, las situaciones de los personajes, el escenario casi único e inamovible durante toda la película, los juegos de luces totalmente elocuentes y sugerentes. No es Oliveira persona que se destaque por sus riesgos formales, ni tampoco por su academicismo, pero en el presente caso, de clásico, se vuelve rompedor en sus formas con un desolador retrato de la pobreza, la dignidad y la vejez. Tres personajes arrasados por la pobreza, la edad, la pérdida de un hijo que no termina de volver a casa, y ante todo la dignidad de no haberse enriquecido mediante la especulación o la corrupción.


 

Gebo (Michael Lonsdale) vive con su mujer (Claudia Cardinale) y la esposa de su hijo (Leonor Silveira), padre y nuera mantienen a la madre en la interesada ignorancia sobre lo que le ha pasado al hijo ausente, Joao (Ricardo Trepa), ausente de la casa desde hace 8 años, ¿en la cárcel, huido, fugitivo? No lo sabemos, sólo sabemos que el hijo se ha convertido en una sombra, todo el mundo sabe que está en la ciudad o en sus alrededores, pero no termina de aparecer por la casa, ni padres ni esposa suponen un reclamo suficiente para que regrese. Sabiéndolo el padre y la esposa, ocultan la verdad a la madre, a quien mantienen en un interesado mundo ficticio que, al final, termina provocando frustración y reproche en la madre, acusando al padre y a la esposa de lo que le ha pasado al hijo, reprochando al marido la vida miserable que llevan, sin futuro, días monótonos, oscuros, grises como el cielo lleno de nubes y lluvia continua. También reprocha al marido que haya querido más a la nuera que al hijo.


 

Cuando regresa el hijo, que aparece una noche de manera sorpresiva, ya sabemos que mejor hubiera sido que se mantuviera al margen, al dolor de la incógnita va  a añadir el dolor que provoca el constatar que rechaza a su familia, que se avergüenza de ellos y de su manera de vivir, que no hay familia que vaya a coartar su libertad, porque hay muertes que mejoran vidas como la de su familia, revelando el propósito final de su aparición, robar al padre la recaudación de una sociedad que, por su trabajo de contable, guarda en la casa.


 

El epílogo es el último acto de sacrificio del padre, lo lógico, desengañado por la personalidad del hijo, hubiera sido denunciar a éste, revelar a la madre cuál es la verdadera naturaleza del hijo e intentar seguir adelante en el ocaso de sus vidas. Pero ante todo, prefiere salvar una inocencia preservada como la de la madre amante del hijo, inculpándose del robo de los 750 escudos. La película se inicia en un muelle, en la penumbra, un decorado que, de evidente, resulta subyugante y creíble, con el hijo en plano medio de perfil, caracterizado como un vividor, un perdulario, un buscavidas sin escrúpulos. Poco después unas manos que salen de la sombra atacan a un paseante. Al final la oscuridad de la habitación donde se desarrolla la acción se ve truncada por la luz del sol. Al acabar la película, cuando la policía abre la puerta de la casa, la luz del sol se proyecta sobre Michael Lonsdale, ha salido la luz, se ha liberado de una pesada carga asumiendo los errores del hijo. El enorme peso de la dignidad se convierte en una carga vital, se honrado y justo y caerá sobre ti el peso del fracaso social. Una historia del XIX de profunda actualidad, la codicia humana y la desvergüenza no son caracteres nuevos del género humano, lo lamentable es que no haya manera de atajar su proliferación. Impresionante Michael Lonsdale.