martes, 4 de febrero de 2014

BLADE RUNNER (Ridley Scott, 1982)


BLADE RUNNER (Ridley Scott, 1982)

 


Lástima que ella no pueda vivir, pero, ¿quién vive? 

¿Qué consigue que una película se transforme en mito? ¿Cómo se consigue hacer de una historia un clásico del cine casi desde su estreno? ¿Cómo se transforma una obra en referencia visual y estética para el futuro? Son preguntas que no tienen respuesta porque si así fuera estaría al alcance de cualquiera conseguirlo, y sin embargo son muy pocas las películas que perduran en el tiempo y se hacen imprescindibles en nuestra memoria, que llenan huecos en las conversaciones, que permiten soltar una frase que todo el mundo recuerda en mitad de una reunión de amigos. Y las habrá mucho mejores, mucho más rotundas, mucho más profundas, estéticamente impecables, técnicamente perfectas, pero no nos llegan igual que esas historias que conforman una especie de imaginario colectivo en el que la inmensa mayoría nos reconocemos.

 
 
 

Blade Runner se estrenó sin alharacas, aprovechando el éxito anterior de su director con otro clásico imperecedero, la teniente Ripley asediada por el Alien de la nave Nostromo, pero inmediatamente se convirtió en película de culto, no sólo para los amantes de la ciencia ficción, sino para los aficionados al cine y para la inmensa mayoría de la crítica cinematográfica. Analizados uno por uno los elementos que coinciden en esta película, 30 años después nadie daría un duro porque esa reunión de director y actores pudiera haber conseguido un clásico moderno.


 
 
 


Empecemos por la novela original, “¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?” de Philip K.Dick es todo menos una novela fácilmente transformable en cine, de hecho la historia de la novela no es la historia de la película, así, al menos, no correremos el riesgo de caer en la estúpida comparación que solemos hacer de ¿es mejor la película o el libro?, son dos cosas distintas incomparables por naturaleza, pero además en este caso la novela es el pretexto para idear la película pero no el argumento de la película. No obstante quien en 1980 leyera que se iba a hacer una película sobre la novela de Dick y conociera ésta se mostraría escéptico, cuando menos, sobre el resultado final.  

El director, Ridley Scott, en 1982 se podía pensar qué nueva gran película nos va a ofrecer tras “Los duelistas” y “Alien”, pero si ahora, en 2013, nos anunciaran que Ridley Scott prepara un rodaje sobre la novela de Dick no nos jugaríamos una  apuesta a que dicha película mereciera más atención que la de cualquier estreno palomitero de fin de semana en un centro comercial, quien te ha visto y quien te ve Ridley Scott desde tus inicios a tu resultado actual, cada vez más cerca de tu hermano Tony que del excelente creador de historias e imágenes que prometías en los primeros 80.

 
 
 


Los actores, Harrison Ford, actor taquillero, de limitado registro, que no sabe colocar una cara de sorpresa creíble en ninguna de sus películas, incluida ésta, que después de apariciones breves o puntuales en películas como American Graffiti, Apocalipsis Now, Zabriskie Pont, La conversación… se transformó en boom mediático y culto de fans tras sus papeles de Han Solo e Indiana Jones, porque ahí se encontraban las referencias del momento de este actor cuando fue escogido para interpretar al detective Deckard, y sin embargo su profunda voz en Blade Runner y su composición del personaje no afectan el desarrollo de la historia ni la desmerecen. Rutger Hauer, solvente actor holandés habitual de Verhoeven, otro director desaparecido en combate, y que en esta película alcanzó el clímax de su carrera y fue devorado por su alter ego en pantalla, diluyéndose poco a poco como el personaje que interpretaba en La leyenda del santo bebedor. Sean Young, Joanna Cassidy, Edward J.Olmos, Daryl Hannah, correctos en su carrera en sus concretos papeles habituales, pero de los que nadie esperaría composiciones inolvidables por separado.

Y con estos mimbres, que sueltos no augurarían nada perdurable, surge el mito, se rueda la historia y ésta se convierte en todo un referente en cualquier historia del cine moderno, y uno intenta encontrar la clave del éxito e indudablemente está en el conjunto que hace olvidar las limitaciones del protagonista oficial, protagonista oficial que es Harrison Ford, porque el verdadero catalizador de la historia es el replicante Nexus 6 unidad de combate Roy Batty (Rutger Hauer). Por él y gracias a él la historia cuenta con un poderoso trasfondo existencial que, siendo similar a los de Ford y Young (encarnan al detective Deckard y a Rachel) estos no consiguen transmitir, sólo que la intensidad de la historia de estos replicantes condenados a desaparecer rápidamente en la plenitud de su esplendor y gloria transciende al resto de personajes, de tal manera que todo lo que vemos en la película está impregnado del concepto de muerte y rebelión que Roy, Zhora, León y Pris van desgranando en imágenes, y un amor intenso por la vida, de la que están dispuestos a apurar hasta el último segundo, tanto en la muerte como en el amor.
 
 
 
 
 

El poderoso guión, repleto de frases memorables, viene acompañado de un concepto visual desconocido hasta entonces, ese espacio apocalíptico, esa permanente oscuridad o penumbra, la inexistencia de sol, las naves atravesando el espacio de ese Los Ángeles sobrenatural que ha quedado reducido a reservorio de humanos marginales, la permanente lluvia, conforma un añadido ineludible para conseguir que la película se haya transformado en lo que es, un absoluto referente de la ciencia ficción y, además, en el reflejo de lo que es un hombre enfrentado consigo mismo, resultado en el que tiene mucho que ver la labor de Douglas Trumbull y la música de Vangelis.


MATAR A DIOS. El argumento de la película resulta irrelevante a estas alturas, todo el mundo lo conoce, para algunos hay detalles claros desde el principio, desde la primera versión estrenada con ese plano “idílico” con Deckard y Rachel huyendo en un descapotable y en un día soleado. Son los temas que subyacen en la historia los que hacen relevante la película, matar a Dios o matar al padre, como se quiera, según las afinidades electivas de cada uno, es uno de ellos, y en el camino acabar con todos los santos o apóstoles que han ayudado a pergeñar el diseño defectuoso de la creación. Matar al creador y sus acólitos cuando estos han provocado un mundo hostil y sin esperanzas donde el hombre tiene que abandonar la tierra si quiere prosperar no deja de ser profético en la actualidad. Ese mundo exterior, esa invitación a emigrar que hace el poder de las corporaciones a los humanos para volver a ver el sol, no deja de ser un reflejo de nuestra actual situación socioeconómica, huir para no causar problemas internos bajo la propaganda de un mundo mejor, obviamente aquí y ahora no existe un comando de replicantes dispuestos a todo para mejorar su vida y acabar con los responsables de la catástrofe, en esto Blade Runner todavía no ha acertado, pero de aquí a 2019 en que se sitúa la acción no es descabellado pensar en brotes de violencia insatisfecha, en culpabilizaciones con nombres y apellidos, que si en la película van escalando desde la muerte de los que controlan a los esclavos del espacio a los diseñadores genéticos (entrañable J.F. Sebastian y sus autómatas) y de estos al ingeniero jefe, el todopoderoso Tyrell, masacrado por su perfecta criatura, por el ángel exterminador de vuelta a casa, como un ser transformado en pura rabia vengadora contra la injusticia de su creación con caducidad programada. Roy acaba con Tyrell como el revolucionario que acaba con el tirano, pues la perfección de la criatura no obedece a la mejora del mundo ni a mejorar la vida de los humanos, sino a mejorar el control sobre estos a través de perfectas máquinas militares o sexuales, esclavos sin sentimientos a las órdenes del tirano. Con lo que no contaba Tyrell es que, al hacerles lo más perfectos posibles, su capacidad de generar sentimientos propios les llevara a revelarse contra el creador, se hacen imprevisibles y vulnerables a la par que sus recuerdos se exponen y se transforman en emociones.
 
 
 


¿QUÉ FUE DEL SEXTO NEXUS SEIS?

La película es tan redonda que hasta un dato como éste es fácilmente olvidable, cuando Gaff (Edward J Olmos) obliga a Deckard a dejar de comer en el puesto de comida china y acompañarle a comisaría, el Capitán Bryant le expone a Deckard que seis “pellejos” se han escapado de las colonias exteriores, se han apoderado de una nave con destino a la tierra y han masacrado a la tripulación y ocupantes, de esos seis, uno se “fríe” intentando entrar en la Tyrell Corporation, los otros cuatro son Roy, Pris, León y Zhora……. ¿qué fue del sexto? ¿es un error o hay que buscar entre el resto de personajes de la película? Lo más posible es que estemos ante un fallo de raccord, o de una broma o de un fallo entre tanta versión de la productora y del director que han circulado, la película no da ningún dato sobre la posibilidad de que Rachel fuera ese sexto Nexus 6, es presentada como un modelo experimental, no sabe que es un androide, mientras que los otros 4 sí lo saben, hasta el punto de que su regreso a la tierra está motivado por su obsesión por la muerte, y porque saben que su plazo de caducidad es mucho más corto que el de un ser humano, algo que Rachel desconoce hasta que es objeto del test Voight Kampff. Pero y si el director nos está preparando para lo que después resulta evidente, que replicantes hay muchos en la tierra, la diferencia es quién está autorizado y quién no a estar porque quien dice que Rachel no acaba de desembarcar con los otros cinco y ha sido reprogramada. No lo sabremos, podemos intuirlo o imaginarlo, como también pudiera ser Deckard el reprogramado. 
 
 

DECKARD EL REPLICANTE

 Desde la versión inicial, aquélla que tenía un tono más amable por la inclusión de un par de escenas de más y alguna de menos, para unos cuantos quedó claro que el detective Deckard era uno más de la cuadrilla de “pellejos” andantes por la ciudad de Los Angeles. Esa sería una explicación lógica para que Roy no acabe con él en la azotea del edificio Bradbury (otro chiste de los guionistas) o mucho antes en el juego de la presa y el cazador que el atleta de la muerte sigue con el detective desarmado. Roy no puede matar a uno de los suyos, aunque éste haya sido cruel con sus semejantes, quizás por miedo, “si no eres policía no eres nada” le dice el capitán al negarse a buscar a los nexus 6, quizás por faltarle la revelación de su verdadera identidad, lo que está claro es que Deckard sufre un impacto emocional cada vez que “retira” a uno de los replicantes, como el que sufre Rachel cuando ayuda matando a León, no es comprensible empatizar con la muerte de una máquina por muy perfecta que sea, salvo que te sientas identificado con ella por ser un semejante. Como los replicantes, Deckard tiene un puñado de fotos a su alcance que le recuerdan permanentemente su pasado, un pasado implantado, y así se convierte en alguien igual a León, que guarda sus fotografías en el cajón de su mugrienta habitación, o como Rachel, quien revelada su naturaleza tras no superar el test, se presenta en la casa de Deckard llevando unas fotos que demuestran su niñez, momento en que Deckard le cuenta uno de los recuerdos que Rachel tiene y que no ha contado a nadie nunca, prueba de que esos recuerdos son implantados. Del mismo modo Deckard también tiene sus sueños, un unicornio corriendo por un bosque, pero ese unicornio no pertenece a Deckard sino a la Tyrell Corp. y así se lo demostrará el detective Gaff dejando un unicornio de papiroflexia a la puerta de su apartamento para desvelarle, si alguna duda le quedara, que él también tiene una naturaleza finita y con caducidad porque no puede esperar vivir lo mismo que un hombre, pero como dice Gaff, ¿quién vive? Deckard es un replicante, y para escépticos basta con leer las entrevistas a Ridley Scott que revelan dicha naturaleza unos años después del estreno y cuando, no existiendo las redes sociales, la polémica entre los partidarios de que fuera un androide o un humano estaba servida.
 
 
 
 


UN MUNDO DE ESCLAVOS

“Es duro vivir con miedo, en eso consiste ser esclavo” El miedo del replicante es saber que su vida es escasa, unos pocos años, el miedo del detective es que puede ser “retirado” si deja de perseguir replicantes huidos a la tierra, porque en este mundo del 2019 a la ejecución se le llamaba retiro. El miedo de los habitantes humanos es el de no tener esperanza, no tener futuro, ser reclamados para las colonias exteriores, donde las corporaciones les emplearán como mano de obra, probablemente barata, dejando el planeta tierra como un almacén de desechos, desde los habitantes con mutaciones genéticas a los desheredados, convirtiéndose en refugio de los desplazados, y así comprobamos que la población que vemos de Los Ángeles es mayoritariamente asiática, y no porque ocurra parte de la acción en una copia californiana de Chinatown. “Enjoy Coca Cola” funciona como un mantra repetitivo a lo largo de la película, probablemente por financiar el rodaje, pero subliminalmente puede entenderse como el triunfo definitivo del poder económico sobre el ciudadano, la nueva religión del siglo XXI, y de ese modo Tyrell vive en la nueva pirámide inexpugnable, en la cima cuya cúspide no supera nadie ni nada, lo oficial y lo público se mantiene a su servicio si lo necesita, pero obviamente es el poder de la ciudad, no necesita rendir cuentas ni nadie se las pide, sólo hay algo que se le escapa, el control de la muerte, “la muerte está fuera de mi jurisdicción” le dice a Roy antes de ser “retirado”, y si no tiene poder sobre la muerte, a los ojos de los replicantes es inservible y puede ser eliminado, matar al padre es la venganza al desafío de aquél con su creación, pues no controlando la muerte, en definitiva, se iguala a sus creaciones y no merece vivir más que éstas.
 
 
 
 
 


PUNTO Y FINAL

Una azotea, una persona desastrada recostada en una chimenea, abierta de piernas, jadeante, entregada, mirando con incredulidad a quien le acaba de salvar de una caída mortal. De pies, con una paloma blanca agarrada en el puño, un impresionante cuerpo atlético mira al atemorizado detective desde su superioridad, y en ese momento se coloca a la misma altura de Deckard sentándose en el suelo y lanza su mensaje definitivo, el mensaje de quien se sabe afortunado por haber visto cosas que ningún humano podrá imaginar ni ver, superior en todo a los hombres menos en esperanza de vida, pero como le dice previamente durante la persecución, vivir no es estar vivo, Deckard tiene que aprender a seguir vivo porque quien vive con miedo no vive. Los 4 años de vida de Roy han sido más plenos y más satisfactorios que todos aquellos de los humanos que permanecen en el sombrío mundo tenebroso en permanente tormenta. Por eso, en el último momento, en ese balance final, Roy sonríe, feliz, con su vida plena y enseña a Deckard el camino de su futuro, vivir sin miedo para poder vivir. Esta última secuencia de poco más de un minuto ha pasado a la antología del cine, ese ser que sabe que muere, que vuelve a decir “es tiempo de morir”, que se apaga literalmente, como un aparato que pierde su batería y no hay repuesto, cuya voz pierde fuerza y sincronía mientras el agua discurre por su blanco pelo, de la misma manera que Hal 9000 rogaba a David que no le desconectara en 2001, pero aquí Roy no ruega nada ni a nadie, sabe que su tiempo ha pasado y que la luz que brilla el doble dura la mitad.